La salud del futuro

Medicina, inteligencia artificial y mercado se conjugan en un novedoso campo conocido como «e-health», con aplicaciones que prometen controlar y curar todo tipo de enfermedades. Límites de un modelo que podría profundizar brechas sociales y económicas.

Tablets. En 2016, 500 millones de usuarios instalaron apps relacionadas con el tema. (Juan Moyano/Alamy Stock Photo)

Qué podrían tener en común un teléfono, una estadística epidemiológica, la genética, las finanzas, la burocracia y los grupos sociales? Antes de la revolución digital, probablemente nada; ahora, todos esos elementos y muchos más pueden ser reducidos al lenguaje común de los bits y de la información, y procesados mediante el mismo sistema de inteligencia artificial. Aunque signifiquen cosas muy diferentes para cada uno, o incluso algunas representen cuestiones de vida o muerte, como pasa cuando se habla de la salud, desde el punto de vista de un sistema computacional todos son solo datos.
Las tecnologías de la información son la niña mimada de la nueva economía, y en este sentido, la salud también está en la mira como un campo fértil para el mundo de los negocios. Hoy se habla de e-health y de m-health («salud electrónica» o «salud móvil») para designar a toda una nueva gama de aplicaciones para smartphones y tablets que van desde la recepción de tips diarios sobre salud cardiovascular hasta plataformas interactivas donde el paciente diabético puede monitorear su nivel de glucosa o, como lo planea Apple, donde el usuario de un iPhone podrá compartir online datos de su ADN con investigadores que estén buscando la cura para alguna rara enfermedad. Muchas de estas aplicaciones son técnicamente sencillas y se utilizan desde hace unos años; lo realmente nuevo son las posibilidades que parece brindarle al desarrollo de la e-health el big data, que es como se designa a la capacidad de los sistemas computacionales actuales de manejar enormes volúmenes de datos mediante inteligencia artificial y programas de autoaprendizaje.
De acuerdo con la consultora internacional Research2Guidance, 500 millones de usuarios de celulares y tablets ya se habían bajado alguna app relacionada con el cuidado de la salud en 2016 y, para 2018, se espera que sean 1.700 millones. Y a caballo de ese optimismo tecnológico, cuyas razones por fuera del mundo de los negocios aparecen poco claras, pero del que nadie parece querer quedar afuera, ya se prevé un nuevo modelo de medicina del futuro –predictiva, preventiva, personalizada y también participativa, porque cada ciudadano irá suministrándole sus propios datos al sistema a lo largo de su vida– en la que no solo será posible tener en una pantalla un diagnóstico «en tiempo real» apenas ingresemos un nuevo dato en el sistema, sino, además, predecir, mediante el cruce de información genética, clínica y hasta de la actividad de cada usuario en las redes sociales, de qué podría enfermarse cada uno y qué podría hacer (si es que es posible) para evitarlo. ¿Cómo sería posible (y para quiénes, además) esa suerte de promesa del «riesgo cero» o «salud perfecta»? Aunque a muchos les suene a ciencia ficción, la batalla entre defensores y detractores de este supuesto nuevo paradigma de la salud en el mundo digital está a la orden del día.
Los impulsores de esta nueva tendencia aseguran que la informatización total de la salud abrirá las puertas de una nueva medicina holística, capaz de hacerse cargo del paciente como un todo. De esa manera, podría quedar saldada una vieja deuda achacada a la medicina actual, en la que la burocracia y la atomización en diferentes especialidades sin contacto entre sí parecen convertir a la persona en un simple agregado de problemas que se tratan cada cual por separado. Este es el sentido en que se trabaja en el programa Digital Patient Roadmap u «hoja de ruta del paciente digital», recientemente lanzado a nivel gubernamental por la Unión Europea.
¿Cómo funcionaría? Configurando un «avatar» de cada persona, un «otro yo virtual» constituido por un conjunto de información que define a cada individuo con más exactitud que el propio ADN, porque además de su código genético personal, incluiría su historia clínica completa, sus antecedentes familiares, los factores de riesgo sumados por su medioambiente y su estilo de vida y cualquier otro dato actualizado que les permita a los sistemas de inteligencia artificial definir quién es exactamente ese paciente en ese momento de su vida. Incluso su actividad en las redes sociales.
¿Para qué? Para que esos sistemas inteligentes, mediante programas específicos a los que la persona y sus médicos podrán tener diferentes niveles de acceso a través de una computadora o de un celular, puedan analizar y entrecruzar esa información con toda la estadística disponible sobre cómo se origina cada enfermedad, cuáles son los factores de riesgo genéticos, ambientales y sociales para cada una, cuáles son las medidas más eficaces para evitar esos riesgos y cuáles son las estrategias terapéuticas más adecuadas para la combinación específica de parámetros que «representa» a cada persona, a ese «otro yo virtual». Lo que para un médico sería una tarea inabordable podría ser resuelto por la inteligencia artificial en solo décimas de segundo.

Lo personal y lo público
De movida, y sin llegar a considerar siquiera la viabilidad práctica de un sistema de salud concebido de esa manera –el Digital Patient Roadmap es solo un proyecto piloto a nivel de investigación científica–, parece fácil predecir que se requeriría por lo menos de un altísimo nivel de inclusión social (y que además se refleje en los sistemas de recolección de datos) para poder garantizar mínimamente el acceso de la mayoría de la población. De lo contrario, la informatización de los sistemas de salud (una tendencia que sí parece inexorable) podría conducir hacia un efecto adverso muy evidente: una profundización de la brecha social entre los «incluidos» y los que no cuentan con cobertura social y que probablemente «no existan» para el sistema.
Aún sin llegar a entrar en ese tipo de cuestiones, tres autores europeos –Henrik Vogt, Bjorn Hofmann y Linn Getz– realizaron en 2016, en la revista Medical Health Care and Philosophy, una revisión profundamente crítica de este nuevo modelo emergente, en el que las recomendaciones médicas, aseguran, ya no estarán basadas en las medidas más eficaces para cuidar la salud de la población general o de grupos determinados, sino que apuntarán a un criterio estrictamente individualista.
Esta promesa de «salud perfecta», argumentan, «no se ciñe al holismo tal como este se entiende en lo que se ha llamado medicina humanística, como una corriente de pensamiento y práctica médica con foco en la función, la experiencia subjetiva y los valores del paciente como persona, y que está frecuentemente asociada con una tendencia antimedicalización»: por el contrario, el nuevo es un holismo netamente tecnocientífico que promueve la medicalización total (no solo de la salud, sino de la vida misma) y la ilusión del «control total» como razón de vivir.
¿Será factible? ¿Debe privilegiarse ese objetivo por encima del logro de mejores niveles de salud para todos? El mercado ya está dando respuestas, aunque en la Argentina la informatización de las historias clínicas es un hecho apenas incipiente y se perfila arduo. Seguramente hay más respuestas posibles.