Las alas del deseo

Se definen como personas que no sienten atracción sexual e intentan diferenciarse de quienes practican el celibato. Hay activistas que defienden los derechos de esta curiosa minoría porque, según dicen, son objeto de burlas y discriminación.


(Pablo Blasberg)
 

Patricia es profesora, artesana y activista asexual. La última faceta la desarrolla dentro de un grupo que brinda apoyo a otras personas e información a medios de prensa. «Por ahora nos movemos más en lo virtual. Aún nos falta visibilidad en lo real», reconoce. No es pereza. Mucho menos, desinterés. Es intolerancia en los demás. «Cuando nos abrimos con gente que no conocemos o damos notas, padecemos el rechazo social: burlas, incomprensión y discriminación».
También es habitual que los profesionales de la salud la «patologicen», asegura. Su orientación, intentan convencerla en los consultorios, es algo a tratar o remediar. «Los que fuimos sometidos a la patologización médica –remarca– nunca hemos hallado respuestas o soluciones».
Un asexual es alguien que no experimenta atracción sexual hacia otros. A diferencia del celibato o la abstinencia, que son comportamientos, es decir, decisiones que la gente toma, la asexualidad es considerada una orientación, como la heterosexualidad, la homosexualidad o la bisexualidad. Por eso, algunos prefieren definirlo como el «cuarto sexo». «Lo que un asexual no experimenta es atracción sexual por otra persona, pero hay asexuales con deseo sexual y ese deseo se lo vincula a la búsqueda de la autosatisfacción. En la comunidad el deseo sexual varía de asexual en asexual», explica Patricia.
Quienes se definen como asexuales pueden agruparse en dos grandes categorías: los que sienten atracción romántica pero no sexual y los que no sienten ninguna de las dos. Dentro de los primeros se reconocen tres variantes: «heterorrománticos», que pueden sentir una atracción amorosa hacia personas de otro sexo; «homorrománticos», cuando la atracción romántica es hacia personas del mismo sexo, y «birrománticos», aquellos que se sienten atraídos por personas de uno u otro sexo .
«En mi caso –continua Patricia– soy asexual arromántica. Lo fui descubriendo desde la adolescencia. Al ser poco visible y poco frecuente, para la gente no es fácil entender lo que sos o lo que no experimentás. Así que tuve una búsqueda grande de lo que me pasaba hasta que di con la etiqueta. Me la facilitó un psicólogo, ya que no presento ningún problema de índole sexual».
De acuerdo con las estadísticas de Yo También Soy Asexual Argentina (YTSAA), el grupo de activismo dedicado a visibilizar esa orientación, alrededor del 1% de la población mundial pertenece a la categoría asexual (la misma proporción se replica en nuestro país). La edad promedio del autorreconocimiento es a los 18 años y más del 60% son mujeres.
Los asexuales deben aclarar todo el tiempo que lo suyo no es una moda ni que están pasando por una «etapa de desamor». También deben contestar preguntas sobre si se masturban o están en contra de tener hijos. Estas cuestiones, dicen, les hacen sentir que, para los demás, son una «anormalidad». «Yo soy indiferente al sexo, pero podría tenerlo si mi pareja lo desea, aunque dentro del colectivo podés encontrar gran variedad de posiciones. Nosotros no estamos incapacitados para sentir, amar o mantener una pareja sana. Solo vivimos una sexualidad diversa», cuenta Patricia.

Fijación narcisista
Una mirada desde el psicoanálisis se permite polemizar con estos principios. Si la libido, es decir, la energía sexual, se desarrolla desde una primera etapa que se caracteriza por el autoerotismo –la etapa del «chupeteo infantil»–, que luego se convierte en narcisismo o amor a uno mismo, desde este punto de vista, los asexuales se habrían estancado en estas fases y no habrían desarrollado la capacidad de enamorarse de lo diferente.
«La tolerancia social y el microscopio psicoanalítico son dos cosas distintas. Los asexuales pueden decir que son el “cuarto sexo”, pero desde la mirada profunda del psicoanálisis ellos encarnan detenciones del desarrollo libidinal en la etapa más temprana», asegura Andrés Rascovsky, médico psicoanalista y expresidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Para el especialista, «el sujeto (asexual) no evoluciona porque pudo haber habido conflictos muy tempranos en el vínculo materno-infantil, pueden ser hijos no deseados, haber tenido una madre ausente o indiferente o algún otro tipo de trastorno con el primer objeto de deseo, que es la madre».

Estigmatizados
«Me empecé a nombrar asexual el año pasado. Recién pude conocer esta palabra hace poco tiempo. Antes de encontrarla sentía que yo no encajaba, pero no sabía bien por qué. Pensaba que debía tener alguna enfermedad, que algo estaba mal conmigo. Con respecto a les demás, no tenía intimidad sexual con nadie, no era algo que yo buscara. Solo lo hice con una persona para sentirme “normal”».
Florencia tiene 30 años, es estudiante y nunca estuvo en pareja. En general, explica, solo «blanquea» su condición asexual ante personas que cree que la van a aceptar. «No es una orientación sexual muy visibilizada, cuando se lo cuento a alguien le tengo que dar una explicación muy larga. En general, pensar en contárselo a alguien ya me estresa bastante. Siento que no tengo energía para además explicarle a la persona qué es la asexualidad y enfrentarme a sus prejuicios. Aunque sea alguien con buenas intenciones, no puedo lidiar con que esa persona se vaya a entristecer por mí porque crea que la asexualidad es algo negativo».
Florencia describe que nunca sintió atracción sexual hacia otro, pero reconoce que alguien le puede parecer lindo, aunque solo signifique eso. «No me impulsa interactuar con esa persona. A lo sumo le sacaría una foto, pero no por eso me surge el interés de hablar o buscar tener sexo con alguien. También he sentido un tipo de atracción como de amistad, al conocer a una persona que me parece muy interesante y querer ser su amiga. Y en muy pocos casos he sentido otro tipo de atracción, que es cuando digo que me gusta alguien, pero nunca de forma sexual».
El binarismo de género, que asigna a hombres y mujeres los comportamientos masculinos y femeninos esperables, estigmatiza –como a cualquier otra minoría– a los asexuales. Lo recurrente es decirle al varón asexual que es homosexual pero no se anima a admitirlo mientras que a las mujeres asexuales suele asignárseles el mote de «frígidas».
«Creo que hay –concluye Florencia– una imposición social de que tener sexo siempre es algo bueno en sí mismo. Hay una exigencia de tener determinadas prácticas sexuales desde una determinada edad, con una determinada regularidad y con determinadas personas. Cuando hablo con personas alosexuales (lo opuesto a asexuales, es decir, personas que experimentan atracción sexual hacia otros) muchas veces me terminan hablando sobre la presión que sienten para cumplir con esta normativa. Entonces, más que decir que el sexo está sobrevalorado o que se exagera su importancia, diría que el problema es que haya una estandarización. Hay que aceptar que para una persona el sexo puede tener mayor o menor importancia en distintos momentos de su vida, o puede ser que no lo tenga nunca. Lo bueno sería que cada cual tuviera la libertad para ser y expresarse y respetar al resto también como es».