Las armas de Bukele

El 9 de febrero sucedió un hecho político muy extraño en El Salvador. El presidente Nayib Bukele, de 38 años, irrumpió en la Asamblea Legislativa rodeado de militares armados, se sentó en la silla del presidente de la Asamblea y se puso a rezar.  Luego se levantó y se fue. Bukele llegó al poder hace un año cuando destronó al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, la guerrilla que gobernó durante diez años y en cuyo nombre se había presentado para ganar la alcaldía de la capital en 2015. Su juventud y su forma de relacionarse con la población a través de las redes sociales le permitieron construir la imagen de una persona diferente de todas aquellas que gobernaron el país durante décadas. Al poco tiempo de asumir, se acercó a los Estados Unidos con el gesto que hoy espera la Casa Blanca de cualquier mandatario latinoamericano: que no reconozca al Gobierno del presidente Nicolás Maduro y se incline por el autoproclamado presidente Juan Guaidó. Días después de que Bukele pidiera la salida a los diplomáticos venezolanos, el secretario de Estado, de EE.UU., Mike Pompeo, lo felicitó vía twitter.
La irrupción en la Asamblea dejó estupefacto al mundo político en un país que todavía no ha logrado cicatrizar las heridas de dictaduras y golpes de Estado, y más aún su llamado a una insurrección, ya que Bukele no tiene ni siquiera un diputado y aspira a barrer con la vieja clase política en las elecciones de 2021. El argumento del mandatario es que El Salvador es un país muy violento con altas tasas de homicidio y que quiere dejar como legado haber reducido la cantidad de crímenes en el país. Su aparición en la Asamblea con militares armados y su crítica a la «clase política» fortalece el discurso «antipolítica» enarbolado por varios representantes de las derechas latinoamericanas. Las alarmas sonaron muy fuertes. Pero Bukele siente que todo lo puede.