Las bombas de Obama

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El mismo presidente que llegó a la Casa Blanca con la promesa de revertir la política belicista de su antecesor George Bush, anunció una nueva ofensiva militar con ataques aéreos en Siria e Irak.

 

Conflicto. El mandatario estadounidense informó por cadena nacional su decisión de avanzar contra los yihadistas en el marco de una «campaña contra el terrorismo». (Loeb/AFP/Dachary)

Estados Unidos está en guerra con Estado Islámico (EI) del mismo modo que lo está contra Al Qaeda». Con esas palabras, el vocero de la Casa Blanca, Josh Earnest, confirmó que su país volverá a involucrarse directamente en un conflicto armado en Oriente Medio y dejó en evidencia, una vez más, las contradicciones en política exterior de su jefe, Barack Obama. Es que el primer presidente negro de la historia estadounidense llegó al poder prometiendo que acabaría con las guerras heredadas de la era Bush, pero no sólo sigue luchando contra viejos enemigos, sino que además genera nuevos. Toda una paradoja para un líder que hace apenas un lustro recibió el Premio Nobel de la Paz.
El debate sobre las posturas de Obama frente a la guerra reflotó en junio pasado, cuando el mandatario anunció el envío de 300 asesores militares a Irak para ayudar al ejército de ese país a contener el avance de la organización radical yihadista EI, que en poco tiempo logró adueñarse de varias ciudades y proclamó un califato islámico a fuerza de violencia y decapitaciones. Hasta ese momento el mandatario se había negado a poner en marcha una nueva incursión militar. «Las fuerzas estadounidenses no volverán al combate», sentenció, mientras su secretario de Estado, John Kerry, abogaba por soluciones diplomáticas al conflicto y llamaba a formar un gobierno de unidad en Irak.
La estrategia dio un giro de 180 grados el 10 de setiembre, en la víspera del 13º aniversario del atentado que derrumbó las Torres Gemelas y mientras el 71% de los estadounidenses se mostraba, según los principales diarios del país, a favor de iniciar una ofensiva contra EI. En cadena nacional, Obama abandonó cualquier opción dialoguista y prometió librar una «campaña contra el terrorismo» con ataques aéreos a los yihadistas. La Casa Blanca se convirtió, de ese modo, en la cabeza de una «amplia coalición» que perseguirá al EI para «destruirlo».
La nueva aventura bélica no se desarrollará sólo en Irak, donde el presidente retiró las últimas tropas estadounidenses en 2011, tras la guerra que su predecesor, George W. Bush, inició en 2003. La ofensiva también se desplegará en un conflictivo territorio al que Estados Unidos había querido atacar unilateralmente el año pasado: Siria. Un plan que se vio frustrado por la oposición de la comunidad internacional.
Ahora, Obama pretende bombardear objetivos específicos e incluso armar y  entrenar a los rebeldes, que no sólo se enfrentarían al gobierno del presidente Bashar al Assad, sino también a EI. Todo eso en un lugar conmocionado por la guerra, que ya acumula, en los últimos tres años y medio de conflicto, más de 200.000 muertos. A diferencia de experiencias pasadas, la Casa Blanca dijo que no planea enviar tropas a la zona de combate. Eso deberán hacerlo aquellos países aliados que integren la llamada coalición internacional. Sin embargo, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Martin Dempsey, reconoció: «Si llegamos a un punto en el que creo que nuestros asesores deben acompañar a las tropas iraquíes en ataques contra blancos específicos, se lo recomendaré al presidente».

 

Promesas vanas
Lo curioso es que Obama, el mismo presidente que ahora se puso al frente de una nueva guerra, desde 2002 y hasta los primeros tiempos de su mandato se presentó como uno de los referentes internacionales del antibelicismo. De hecho, fue uno de los más acérrimos opositores a las «guerras tontas» impulsadas por Bush. Una de ellas fue la mencionada guerra de Irak, basada en falsos datos de inteligencia sobre la presunta existencia de armas de destrucción masiva que, finalmente, nunca aparecieron. «Yo no sólo quiero terminar la guerra de Irak. Quiero acabar con la mentalidad que nos llevó a la guerra», dijo en la campaña electoral de 2008. «Eso es a lo que me opongo: a una guerra estúpida, a una guerra basada no en la razón, sino en la pasión. No en principios, sino en la política», reforzaba el entonces senador de Illinois.
Apenas arribó al Salón Oval de la Casa Blanca, Obama sostuvo su discurso y prometió poner fin a una «década de guerras», abrir una etapa basada en el multilateralismo y resolver los conflictos a través de la diplomacia. Pero inmediatamente surgieron algunos cuestionamientos. La designación como secretaria de Estado a Hillary Clinton –quien apoyó la incursión en Irak de 2003– y la decisión de sostener al general Robert Gates –jefe de la CIA en la era Bush– como secretario de Defensa fueron duramente criticadas por sectores del oficialismo. Eso no impidió que Obama fuera galardonado en diciembre de 2009 con el Premio Nobel de la Paz por su «extraordinario esfuerzo en fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos» y, en particular, por su «visión de un mundo sin armas nucleares». El año pasado, después de anunciar sus intenciones de intervenir militarmente en Siria y ante la pregunta de una periodista sueca, el mandatario tuvo que reconocer: «Cuando gané el Premio Nobel dejé en claro que no lo merecía». Luego se defendió y dijo que fue «elegido para acabar guerras, no para iniciarlas, por eso tengo una reputación bien ganada de examinar muy en serio cualquier acción militar».

Por la paz. Activistas protestaron en el Senado contra la iniciativa militar. (Somodelavilla/Gina/AFP/Dachary)

Lo cierto es que los conflictos militares se reproducen día a día y Estados Unidos es uno de los principales responsables de esa situación de violencia generalizada. En nombre de la paz, la libertad y la seguridad, Obama no dudó en multiplicar las operaciones con aviones no tripulados –los llamados drones– en Asia Central y la Península Arábiga. En 2009 reforzó la presencia militar en Afganistán y pospuso hasta 2016 la retirada de tropas. Dos años más tarde aprobó los ataques aéreos en Libia contra el gobierno de Muammar Khadafi, para los que utilizó unos 1.100 millones de dólares, según las cifras del Pentágono. Y hace sólo unas semanas aportó 225 millones para que el premier israelí Benjamin Netanyahu utilice sus escudos antimisiles, mientras miles de víctimas civiles morían en los bombardeos contra la Franja de Gaza.
Las cifras de Amnistía Internacional (AI) son otra muestra de que la Casa Blanca es una usina de conflictos. Según el organismo, Estados Unidos suministra armas a más de 170 países y tiene un criterio desigual a la hora de determinar a quién provee dicha mercancía. Aunque Obama restringió las transferencias a los países sometidos a embargos de armas por la ONU, continúa suministrando a otros como Sri Lanka, Baréin, Yemen y a la dictadura egipcia, es donde según AI «existe un riesgo sustancial de que (las armas) puedan emplearse para cometer violaciones graves de derechos humanos».
Diversas organizaciones internacionales denunciaron el financiamiento clandestino estadounidense de grupos armados que operan en Oriente Medio y África, donde existen jugosos negocios por la explotación de los recursos naturales. Irak, por ejemplo, tiene la segunda reserva de petróleo más importante a nivel mundial, con 112.000 millones de barriles, detrás de Arabia Saudita. En el último año, el país obtuvo casi 100.000 millones de dólares por exportaciones de petróleo y unos 300.000 millones en proyectos de inversión a mediano y largo plazo. Pareciera que, como dijo Henry Kissinger, «el petróleo es demasiado importante para dejárselo a los árabes».

 

Negocios sucios
Al fin y al cabo, el factor económico es el que explica todas estas incursiones, acuñadas por presidentes demócratas y republicanos sin distinción. Al control de los recursos naturales se suma el fenomenal negocio del complejo industrial militar: Estados Unidos acapara el 30% de las exportaciones mundiales de armas y se posiciona como el mayor comerciante del globo. Las principales empresas del rubro se encuentran en su territorio. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) menciona a Lockheed Martin, que vendió armas en 2011 por 36.270 millones de dólares; Boeing, por 31.830 millones; y General Dynamics, por 23.760 millones. La lista podría ser mucho más larga: de las 100 grandes compañías que comercian armas, 78 están en Estados Unidos y Europa. Todas juntas, ganaron 410.000 millones de dólares en 2011, el último año auditado.
En esa telaraña de negocios y ejercicios imperiales se diluye el aura de prestigio que rodeó a Obama en su impactante ascenso. Uno de los apoyos más notables que supo conseguir entre los círculos progresistas estadounidenses fue, sin duda, el del documentalista Michael Moore, que en 2009 escribía: «Somos testigos no únicamente de un candidato, sino de un profundo movimiento de masas por un cambio. No lo digo por demeritar a este hombre excepcional. Pero lo que ocurre es más grande que él a estas alturas, y eso es bueno para el país. El Estados Unidos de los consorcios no va a entregar las riendas de nuestro gobierno sólo porque nosotros lo digamos. El presidente Obama va a necesitar una nación de millones que lo apoyen». Es el mismo Michael Moore que ahora acaba de proclamar, casi como un epitafio: «Sólo serás recordado como el primer presidente negro. No está mal, pero eso es todo».

Manuel Alfieri

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