Las botas y los votos

Mientras la imagen de Temer sigue deteriorándose por las denuncias de corrupción y sus políticas de ajuste, reaparecieron miembros del Ejército sugiriendo una intervención militar como salida a la crisis. Jair Bolsonaro, nueva apuesta de la ultraderecha.


Juntos. El presidente Temer, acompañado de funcionarios, saluda a jefes y oficiales de la Marina en una ceremonia militar en Brasilia. (SA/AFP/Dachary)

Después de pasar años de silencio en los cuarteles, los militares brasileños decidieron volver a meter las botas en el barro de la política. Y lo hicieron a fondo. «O las instituciones solucionan el problema político o tendremos que imponer eso», dijo el general Antônio Hamilton Mourão, secretario de Finanzas del Ejército. Con «eso» se refería a una intervención militar. La sola idea de un golpe de Estado agravó la delicada situación del país y del gobierno de Michel Temer, que entre las denuncias de corrupción y las medidas de ajuste logró hacerse de un triste récord: es el presidente con peor imagen de la historia brasileña.
Las declaraciones del general Mourão se hicieron públicas a fines de setiembre y despertaron repudio, pero también encontraron respaldo en el silencio cómplice de colegas y funcionarios. Temer, que como presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas tiene el poder para desplazar a oficiales y suboficiales, se quitó el problema de encima y dejó esa potestad en manos del Ejército. Sin embargo, la fuerza no aplicó siquiera una sanción contra Mourão porque no registró «ningún ilícito». El ministro de Defensa, Raul Jungmann, también evitó la polémica y habló de «un clima de absoluta tranquilidad» dentro de las FF.AA.
Aunque huela a naftalina, la frase de Mourão no sorprende. Ya a principios de este año, el jefe del Ejército, Eduardo Vilas Boas, había dicho que Brasil estaba «a la deriva» y que había perdido el «sentido de proyecto». A diferencia de Mourão, Vilas Boas no se animó a hablar de golpe de Estado. Pero fue la primera vez en décadas que un jefe militar se atrevió a opinar públicamente sobre la situación política del país. En otra época de la historia latinoamericana –cuando las FF.AA. aparecían para imponer su poderío ante cada situación de inestabilidad– habría sido un claro anuncio de intervención.
El interrogante es si las palabras de los jefes del Ejército fueron apenas unas declaraciones desafortunadas –de aquellas que proliferan en los momentos de crisis– o si realmente están dadas las condiciones para que los militares brasileños den un golpe de Estado. Consultado por Acción, el politólogo Ricardo Romero, director del Observatorio sobre Política Latinoamericana, sostuvo que, aunque las FF.AA. aparecen como «una de las instituciones menos desprestigiadas en comparación con otras» y son «un actor de la escena política», la posibilidad de un golpe «es muy remota debido al marco internacional y local actual».
El sociólogo Ariel Goldstein, autor del libro Prensa tradicional y liderazgos populares en Brasil, fue más cauto. Según su mirada, aunque la eventual intervención de los militares «no parece ser una alternativa sólida, el escenario es imprevisible». Y agregó: «Brasil transita una crisis muy fuerte, la más profunda desde 1985. Por eso, nada está dicho. La intención de voto que posee un candidato como Jair Bolsonaro, de predicamento de extrema derecha, es un dato que también debería alarmar».
Bolsonaro es un exmilitar, admirador de Carlos Alberto Brilhante Ustra, uno de los torturadores de la dictadura brasileña. Por ese motivo, no resulta raro que haya sido uno de los pocos que reivindicó las palabras del general Mourão. «Fue una manifestación de libertad de expresión», dijo.  Hoy es uno de los candidatos que más se le acerca en números a Lula da Silva, de cara a las elecciones de 2018.  Además de reivindicar la dictadura militar, este outsider de la política ya anunció que, en caso de asumir como presidente, pondría un militar a cargo de la educación del país y entregaría la Amazonia a los Estados Unidos.

Combo preocupante
Todo ocurre poco después de que Temer celebre su primer año de gobierno. Aunque poco hubo para festejar: la consultora Ibope indicó en setiembre que tiene tan solo un 3% de aprobación. Por si fuera poco, el 77% de los consultados tiene una imagen «mala o pésima» de quien fuera vice y verdugo, a la vez, de Dilma Rousseff.
¿Cómo se explica semejante descontento popular? Para Romero, como Temer «no tiene aspiraciones políticas de representación», avanzó hacia una «restauración neoliberal y neoconservadora» con «medidas impopulares y con fuerte impacto social» que horadaron su imagen. Allí aparecen, por ejemplo, un plan de privatizaciones a mansalva y la reforma laboral que se convirtió en modelo para los gobiernos de derecha de la región. Por otro lado, la desocupación en Brasil llega hoy al 13,3%.
A eso se suman las denuncias por corrupción que llueven sobre la cabeza del presidente brasileño. «Temer, que llegó al gobierno amparado en las acusaciones contra Rousseff, no ha dado ninguna muestra de cambio, más bien lo contrario. Restaura privilegios oligárquicos y se rodea de una clase política corrupta. Eso afectó su ya baja credibilidad. Además, pretende recortar protecciones estatales consolidadas desde 1930. Es evidente que todo esto genera rechazo», sostuvo Goldstein.
El combo brasileño es preocupante. A la inestabilidad política propia de un gobierno nacido tras un golpe institucional, se suma una crisis social que se palpa en el aumento de la desigualdad y el avasallamiento de los derechos conquistados. En ese contexto, la reaparición de los militares en las tapas de los diarios y en los noticieros centrales no es una buena señal. Menos en un mundo que, al menos en el plano de la política internacional, no deja de dar sorpresas.