Las manos del monte

Tener un medio de vida y conservar una tradición ancestral: esos fueron los objetivos de las mujeres qom del Impenetrable chaqueño que conformaron una cooperativa para elaborar y comercializar artesanías hechas con hoja de palma.

Saberes en movimiento. Los canastos de palma son el producto más solicitado. (Ariel Mendieta)

En los 40.000 kilómetros cuadrados de monte que abarca El Impenetrable chaqueño aparece en un rincón del mapa, al este de la provincia, la comunidad qom de Fortín Lavalle. En ese paraje, de unos 700 habitantes, donde la tierra siempre está reseca y la vegetación enverdece el paisaje, un grupo de mujeres fundó la cooperativa Qomlashepi Onataxanaxaipi, que en lengua originaria significa mujeres indígenas trabajadoras. Su principal tarea es la confección de artículos de cestería: canastos y artesanías realizadas en hojas de palma a las que denominan lagaxarai. La historia cuenta que un día se juntaron tres mujeres debajo de un árbol y se pusieron a trabajar. A los pocos días ya eran más de diez y se reunieron en la casa de adobe y techo de paja de una de ellas para estar más frescas. Los hombres no les decían nada, pero las miraban con desconfianza y para sus adentros pensaban que ellas nunca podrían hacer dinero con esa tarea. La iniciativa empezó a cobrar forma en 2013, cuando ellas se dieron cuenta de que allí existía una salida laboral.
Hasta ese momento, realizaban estas artesanías en sus casas y las vendían o trocaban de forma particular. Al formar la cooperativa, comenzaron a compartir la coordinación de la producción, el control de calidad y la comercialización, que fueron aprendiendo con capacitaciones brindadas por otras cooperativas, la Fundación Gran Chaco y dependencias provinciales. En la actualidad son 27 las mujeres que todas las mañanas se reúnen en un salón que pudieron levantar con mucho esfuerzo, gracias al apoyo de la fundación Norte Grande, pero al que aún le faltan ventanas y puertas más seguras para evitar robos. Allí las mujeres concurren con sus niños a los que cuidan mientras trabajan. Una de las ventajas de este espacio es que es el único sitio de la comunidad en el que cuentan con conexión a Internet satelital, lo que facilita la comunicación y la alfabetización digital para ellas y sus hijos. «En este tiempo aprendimos a juntarnos con otras mujeres y a trabajar todas juntas. En la cooperativa podemos hablar nuestras cosas, discutir ideas, pensar objetivos», dice Analía Rodríguez, artesana y socia fundadora.

Paso por paso
Se levantan antes de que amanezca para comenzar con las tareas del día. Primero comparten unos mates y enseguida ponen manos a la obra, porque después de las 11 el sol pega tan fuerte que es imposible trabajar. Lo primero que se hace es recolectar las hojas de palma. Las mujeres van en grupos de cuatro o cinco al monte y en silencio, murmurando cada tanto alguna palabra en qom, juntan las hojas verdes que se caen. En el salón, clasifican las hojas según su tamaño y calidad. Las mejores son las que se van a secar y destinar a las uniones de los canastos. «El secado se hace cuando está lindo el tiempo, cuando hay viento fuerte del norte también seca más rápido las hojas», explica Rodríguez. En los casos en que requieren colores para sus artesanías, utilizan fibras naturales de las plantas del monte nativo. En esa paleta de matices trabajan con una gama de 31 plantas tintóreas diferentes.
Las artesanías están realizadas con los conocimientos ancestrales que fueron transmitidos a través de los siglos, especialmente entre las mujeres de la comunidad. Así mantienen vivo un legado histórico que, hasta no hace muchos años atrás, corría el riesgo de perderse, porque las mujeres más jóvenes no le encontraban utilidad a este tipo de tareas.  Las dificultades aparecen a la hora de comercializar lo que producen. Rodríguez cuenta que para ello tienen el apoyo de la Fundación Gran Chaco y la Secretaría de Turismo provincial, que venden sus artesanías y promocionan su trabajo. También dice que «a veces llegan contingentes con turistas a los que invitamos a caminar por el monte y juntar con ellos las hojas de palma así les mostramos nuestra tarea y les enseñamos cómo es nuestro hábitat».
A la hora de repartir ganancias la ecuación es «la que más hace más gana y cuando hay encargos grandes, también se divide». La cooperativista sostiene que lo que más venden «son canastos de compra que la gente usa para ir a la playa, los canastos chiquitos que sirven para poner anillos, relojes y los centros de mesa».  Con esta tarea las mujeres qom mantienen viva su cultura y ponen en valor un legado histórico que continúa transmitiéndose a las nuevas generaciones.

U. R.