Libros de amor y de guerra

(Foto: Archivo Acción)

Una historia personal suele comenzar con un suceso que anticipa y condensa el recorrido posterior. En el caso de José Luis Mangieri (1924-2004), ese episodio de iniciación ocurrió en la adolescencia cuando descubrió unos libros de Raúl González Tuñón y supo que la poesía «era la exaltación de la belleza a través de la palabra», una forma «que trabajaba con los sentimientos, lo mejor de los seres humanos».
Nació en un conventillo de Parque Patricios y creció entre obreros socialistas y anarquistas. El barrio y la infancia moldearon los rasgos distintivos de su personalidad: la solidaridad, el humor, el impulso de poner «la generosidad por encima de la rivalidad, el entusiasmo por la literatura sin importar quién la haya escrito», dijo Ricardo Piglia, actualizaba «la tradición de los compañeros, de los camaradas». La poesía y la militancia fueron una práctica indisociable en su experiencia.
Hizo sus primeros trabajos como editor en el Instituto Argentino-Ruso, fue corrector y periodista en Crítica, Democracia y El Popular y terminó de formarse en Eudeba. «La mejor facultad para un buen editor es la imprenta», decía. En su caso, el aprendizaje comenzó a desplegarse en 1962, cuando fundó Editorial Horizonte, más tarde rebautizada La rosa blindada, por el libro de Tuñón sobre la insurrección de los mineros de Asturias y se prolongó con la revista del mismo nombre, que llegó a tirar 10.000 ejemplares y fue un hito cultural y político de los 60.
«La rosa blindada era diferente a los otros grupos literarios porque éramos un grupo que, además de interesarse en la literatura y el arte, teníamos una militancia política y sindical muy activa», recordaría más tarde. Estuvo preso cuatro veces, sufrió clausuras, allanamientos y la pérdida de tiradas completas de libros en operativos policiales. En uno de tantos procedimientos, durante la dictadura de Roberto Levingston, le saquearon la biblioteca completa. Su hija Andrea contaba que cuando los represores se fueron Mangieri sacó un libro que tenía en su maletín y lo colocó en un estante. «Vamos a insistir», dijo.
Hipotecó su casa para editar Interrupciones, de Juan Gelman. Era el empaquetador y el distribuidor de sus libros, el que hablaba con los autores y el que iba a la imprenta, y llevaba toda su empresa en el maletín con el que recorría la avenida Corrientes y donde podía atesorar originales de Ernesto Guevara, Ho Chi Minh, Bertold Brecht, Karl Marx y de muchos poetas. Sobre el fin de la última dictadura, creó una nueva editorial, Libros de tierra firme, que tuvo un rol fundamental en rehacer la trama cultural desarticulada por la represión, al reeditar a Joaquín Giannuzzi, Leónidas Lamborghini y Alberto Szpunberg, entre otros autores, y promover a una nueva generación de poetas. «Siento un gran apego por el libro; entre otras razones, porque sigo pensando que es un excelente instrumento para el cambio», explicaba. Publicó más de 800 títulos de poesía, narrativa, teatro y ensayo.