Líderes tóxicos

No es casualidad que el concepto de «líder tóxico» provenga de la administración de empresas y de allí haya saltado a las Fuerzas Armadas. Según parece, la que acuñó el término fue Marcia Whikler, de la Universidad de Rutgers, en una publicación de 1996. En 2012, el ejército de Estados Unidos tomó el guante y alertó sobre las consecuencias funestas de una mala conducción en un texto de 132 páginas, ADP 6-22 Army Leadership and the Profession (Liderazgo y profesión en el Ejército). Para 2019 suavizó un poco la cosa y de tóxico pasó a «contraproducente», aunque las características continuaron siendo las mismas.
Un líder tóxico se destaca porque no escucha, es insensible a la crítica, se aprovecha de los demás para alcanzar sus objetivos, tiene poca empatía, es arrogante, exagera sus logros, pone sus intereses sobre el conjunto y no tiene el menor interés en el bienestar de sus subalternos.
Si alguien tuviera que definir a dos líderes mundiales que venían mostrando estas «virtudes», nadie dudaría en poner en primer lugar a un empresario, como Donald Trump, y a un exmilitar, como Jair Bolsonaro. Por si hiciera falta alguna demostración de su toxicidad, la pandemia de coronavirus los terminó de mostrar en todo su esplendor.
Baste sino recordar las primeras reacciones de Trump ante la amenaza del COVID-19. Lo caratuló como una simple gripe. Bolsonaro habló de «gripezinha». Ambos mandatarios terminaron enfrentados con los gobernadores estaduales, en naciones donde el federalismo es más fuerte que en la Argentina, ese conflicto puso sobre el tapete dos formas de enfrentar la pandemia. O seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud o recostarse en motivos económicos fríamente eficientistas.
El resultado no podía ser más desolador. La cifra de contagiados y de muertos creció de manera alarmante y los cadáveres, literalmente, se fueron apilando en fosas comunes. Lo más grave fue el abierto enfrentamiento y hasta el desafío del dúo Trump-Bolsonaro a los protocolos científicos.
No es anecdótico que ambos gobiernos hagan gala del negacionismo del cambio climático. Ni que el inquilino de la Casa Blanca invitara a tomar nuestra popular lavandina como remedio contra el coronavirus. De allí a atarse a la salvación de la hidroxicloroquina hubo un paso. Las bondades de este medicamento utilizado contra la malaria, y defendido por el médico francés Didier Raoult –quien dice haber encontrado resultados positivos en pacientes en grave estado–, generaron una controversia en una publicación científica de prestigio como The Lancet y el fármaco no fue autorizado para este uso por la OMS. Es otro «santo remedio» que también quiere imponer Bolsonaro y por el que forzó el despido de dos ministros de Salud, médicos para más datos.
Pero esta sordera insensible a la crítica, esta arrogancia y poca empatía con el conjunto de la población y el desinterés por el bienestar general, también resultan en un producto exportable.
Ese conservadurismo extremo que se viene extendiendo en el mundo, y que peligrosamente atenta contra el futuro de la democracia y de la humanidad toda, es cada vez más visible en Europa. Al crecimiento del «lepenismo» en Francia, se le suma el neonazismo en Alemania, la Liga del Norte en Italia y ahora descuella el neofranquismo de Vox, en España.
Los ataques contra el Gobierno de coalición de centroizquierda (PSOE-Unidas Podemos) han sido feroces. Si bien Pedro Sánchez es presidente desde hace dos años, cada muerto por el coronavirus se lo endilgaron a esta alianza que asumió en enero pasado. También le cargan cada puesto de trabajo perdido por la pandemia, mientras se oponen al ingreso universal aprobado para paliar esa situación. «Palos porque bogas, palos porque no bogas», dicen en la península.