Los desafíos de un moderado en Irán

La llegada de Donald Trump al Salón Oval pone en riesgo los acuerdos nucleares alcanzados por el país persa en 2015 con Occidente. Luces y sombras de un pueblo milenario que apostó por una política de apertura en un contexto regional hostil.

Apoyo juvenil. El presidente es un clérigo que logró ser reelecto y aspira a dejar atrás los aspectos más conservadores de la sociedad. (Mehri/ AFP/Dachary)

Hassan Rohani logró ser elegido presidente de Irán hasta 2020. Con un contundente triunfo en las urnas, el veterano líder reimpuso su proyecto de apertura y prometió continuar con las reformas para ampliar derechos y libertades en un país gobernado con mano de hierro. Sin embargo, de cara al futuro también tendrá otros importantes desafíos: hacer frente a la delicada situación económica, contribuir a la estabilidad regional y manejar con sutileza la siempre tensa relación con Estados Unidos (EE.UU.).
Rohani recibió el 57% de los votos frente al 38% de su rival, el nacionalista conservador Ebrahim Raisi, en las elecciones celebradas en mayo. La amplia diferencia fue un verdadero espaldarazo para su gestión, iniciada en 2013 y caracterizada no solo por el aperturismo sino también por el progresivo acercamiento a Occidente. «Mi gobierno va a hacer todo lo posible para fomentar la confianza entre Irán y el resto de los países del mundo», aseguró el presidente poco después de obtener el triunfo.
Efectivamente, desde su llegada al poder, este clérigo de 68 años dejó de lado el discurso extremista de sus antecesores y adoptó una postura moderada que, hasta el momento, le viene dando rédito político. Lejos quedaron las provocaciones del expresidente Mahmud Adhmadineyad. Ahora, por el contrario, aflora el discurso conciliador y dialoguista basado en el respeto, la tolerancia y la diversidad. Para Occidente, sin embargo, los avances en materia de derechos humanos son demasiado lentos. El último informe anual de Amnistía Internacional no difiere demasiado de los elaborados en años anteriores e incluye denuncias por el uso de la «tortura como práctica habitual», la realización de «cientos de ejecuciones» públicas y la existencia de graves restricciones al «derecho a la libertad de expresión, de asociación, de reunión pacífica y de creencias».
Durante la campaña previa a las elecciones, el discurso de Rohani también hizo foco en la recuperación económica. Todas las esperanzas estaban depositadas en el histórico acuerdo nuclear de 2015 con las potencias del G5+1 (EE.UU., Francia, Reino Unido, China, Rusia y Alemania). Tras la firma, Irán se comprometió a limitar su programa nuclear –para despejar las dudas respecto de la posibilidad de fabricar bombas atómicas– a cambio de que Occidente levante las sanciones que afectaban a su economía y que impedían la llegada de inversiones extranjeras, según decían los principales asesores del gobierno de Rohani.
Pero las cosas, al menos a nivel interno, no cambiaron mucho. A pesar de que el país tiene la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo a nivel mundial, los lujosos shoppings y los autos de alta gama que deambulan por el centro de Teherán contrastan con altos niveles de desocupación, que rondan el 12,5% a nivel general pero que suben al 27% entre los más jóvenes, de acuerdo con cifras oficiales.

Riqueza y desempleo
«La promesa de que el acuerdo nuclear traería crecimiento económico y reducción del de-
sempleo no se ha cumplido. El principal desafío que debe afrontar Rohani es crear trabajo», afirmó, en diálogo con Acción, el analista internacional Eduardo Vior. Otro académico, el geopolitólogo Damián Jacubovich, también consideró que el «enderezamiento de la economía» debe ser uno de los objetivos más inmediatos en este segundo mandato. Ambos especialistas coincidieron en que, para lograr eso, Rohani deberá combatir los altos niveles de corrupción y el poder que aún conservan los ayatolás, autoridades máximas del país que limitan al presidente en todo lo referido a cuestiones de Estado. «O sea que para triunfar
–apuntó Vior–, Rohani necesitaría una reforma constitucional que reduzca el poder de los ayatolás y le dé más poder a los laicos. Eso es también lo que demanda gran parte de la población urbana, especialmente la capitalina, pero es muy difícil que lo alcance en el corto plazo». En el plano internacional, el panorama también resulta complejo. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con EE.UU. –que estaban congeladas desde 1979, año de la Revolución Islámica– fue el producto de una política exterior concreta de Barack Obama, que veía a su par iraní como un interlocutor legítimo. Ahora, con Donald Trump, todo se volvió impredecible. En mayo pasado, por ejemplo, el magnate neoyorquino pidió aislar a Irán debido a que «financia armas y entrena a terroristas», en referencia a Estado Islámico. Frente a Trump estaba Salmán bin Abdulazzis al-Saud, rey de Arabia Saudita e histórico socio de Washington. Tan aliado de EE.UU. como enemigo de la república islámica.
«Yo creo que podemos hablar del fin de una efímera luna de miel entre Irán y EE.UU. Queda claro que Trump ha elegido sus dos aliados principales en la región: Israel y Arabia Saudita. Dos países con un enemigo en común, que es Irán. Las relaciones entre Irán y EE.UU. se anuncian geopolíticamente complicadas. En ese marco, uno de los desafíos más importantes de Rohani será mantenerse a flote, geopolíticamente hablando, luego de que su país fuera declarado por Trump como perteneciente al eje del mal», señaló Jacubovich. Vior, por su parte, consideró que la relación bilateral dependerá de cómo se resuelva la lucha por el poder en EE.UU. «Si Trump –explicó– se sobrepone a los cuestionamientos por sus relaciones con Rusia y logra alcanzar una “coexistencia pacífica”, deberá hallar también un modo de compatibilizar sus estrechos vínculos personales con el premier israelí, Benjamin Netanyahu, con un acuerdo de convivencia con Irán. Si, por el contrario, debe ceder a la tradicional línea antirusa del establishment de Washington, se agudizará su confrontación con la república islámica».
Lo que ocurra entre Irán y EE.UU. será clave para la estabilidad mundial, pero en particular de Oriente Medio. Tal como sostiene Jacubovich, el rol de la república islámica en esa zona caliente es fundamental debido a su «liderazgo y ascendente al frente de las distintas corrientes chiítas de Siria, Yemen e Irak», donde afloran los conflictos armados. Para Vior, será importante lo que suceda en el triángulo de relaciones entre EE.UU., Rusia e Irán, ya que la alianza entre estos dos últimos países «se convirtió en el principal factor de estabilización de los Estados nacionales de la región y en el mayor freno a la conspiración israelí-saudita para fragmentar la zona en pequeños Estados sectarios».