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Masculinidad siglo XXI

Aunque los varones hoy cambien pañales y dediquen más tiempo a sus hijos, persisten los estereotipos machistas. Miradas sobre los mandatos, la violencia, los patrones culturales y los nuevos roles.

 

Vínculos. Pese a la creciente valorización de los varones del tiempo compartido con los hijos, hay grandes brechas respecto de la dedicación femenina al cuidado de los niños. (Facundo Nívolo)

La peor cosa del mundo es que un hombre no sepa cómo actuar», dice uno de los personajes de Jorge Amado, en su novela Gabriela, clavo y canela (1958). A esta frase, reflejo de la sociedad patriarcal en que el escritor brasileño y tantos otros hombres se criaron, se podrían agregar otras, como «Los chicos no lloran» o «Aquí quien lleva los pantalones soy yo».
En París, una muestra titulada Chercher le garçon (Buscar al chico), del Museo de Arte Contemporáneo MAC/VAL, reunió el trabajo de un centenar de artistas varones que, a través de fotografías, pinturas, esculturas, instalaciones y videos, reflexionan sobre la masculinidad en estos tiempos y cuestionan atributos tradicionales asociados a lo que significa ser hombre: eficacia, autoridad, heroísmo, afán de conquista y fuerza. Pero ¿qué define lo masculino? ¿Qué hace que un hombre sea hombre?
Aunque los primeros estudios sobre masculinidad se plantearon en los años 50, en los Estados Unidos, a nivel mundial ha sido en los últimos 30 que se ha profundizado en aspectos como la construcción de identidad y género masculinos, como consecuencia de los cambios políticos y sociales que impulsó el feminismo. En la Argentina, en tanto, libros como La nueva sexualidad del varón, de León Roberto Gindín, datan de los años 80.
En 1949, la brillante pensadora Simone de Beauvoir entendió el feminismo como una construcción cultural y escribió en El segundo sexo: «No se nace mujer, se llega a serlo». Años después, en Final de cuentas, uno de sus libros autobiográficos, agregó un complemento: «No se nace hombre, se llega a serlo. Tampoco la virilidad está dada de origen». Basado en sus observaciones etnográficas, otro francés, el antropólogo Maurice Godelier, daba, hace unas décadas, una definición de masculinidad de este tipo: «Para ser masculino, un hombre debe estar dispuesto a luchar e infligir dolor, pero también a sufrir y soportar dolor. Él busca aventuras y pruebas de su coraje y lleva las cicatrices de sus aventuras orgullosamente. Tiene que aceptar el peligro libre y voluntariamente o, si no, no es un hombre. Una mujer sangra en la menstruación y en el parto. Un hombre sangra en la guerra, en los rituales y en los trabajos peligrosos que él asume para que las mujeres puedan criar a sus hijos en un ambiente seguro. El dominio social masculino debe ser visto como fruto del sacrificio de un hombre que busca el poder, la riqueza y el éxito no para sí mismo, sino para otros. La hombría es un honor, pero, a menudo, es un honor mortal».
Actualmente, el concepto de ser hombre ha variado. Algunos dicen que es no ser mujer. La escritora y filósofa feminista Elisabeth Badinter sostiene que los hombres afirman de tres maneras su identidad masculina: «Mostrándose a sí mismos y a los otros que no son mujeres, que no son bebés y que no son homosexuales». Otros afirman que esta identidad se define como «lo que los hombres dicen y hacen para ser hombres, y no solo como lo que los hombres dicen y hacen». Y otros, que «la masculinidad se construye sobre los valores de una heterosexualidad hegemónica (fundada en el machismo y en la superioridad de un género por sobre el otro) que derivaría en actitudes como la homofobia».
Según Eleonor Faur, socióloga e investigadora del Centro de Investigaciones Sociales (IDES/CONICET), «las masculinidades contemporáneas se construyen a partir de ciertos atributos que, seguramente, difieren menos de lo que suponemos respecto del pasado. Rasgos como la productividad, la iniciativa, la asunción de riesgos y sus derivaciones relacionadas con la supuesta valentía y hasta con la práctica de violencia, conviven con la (presunta) racionalidad y el solapamiento de emociones consideradas “propias” de lo masculino», enumera. «Son características que continúan permeando los discursos cotidianos y se reponen una y otra vez en la crianza de los niños varones».
En pleno siglo XXI, todavía los chicos son incentivados a no mostrar emociones o signos de debilidad, y se habla de «hacerse hombre», lo cual refuerza la idea de que la masculinidad requiere de una demostración. A pesar de lo anterior, para Faur comienzan a aparecer «puntos de fuga». «Básicamente, dos: uno vinculado con una creciente valorización del vínculo afectivo y del tiempo compartido con hijos e hijas. Aun cuando los resultados de encuestas de uso del tiempo muestran abismales brechas entre la dedicación masculina y femenina al cuidado infantil, la tendencia a una mayor cercanía vincular de los varones con sus hijos es evidente. El segundo referido a la diversidad de formas de vivir la sexualidad y la progresiva visibilidad que ahora tienen la homosexualidad y la identidad transgénero».

Nuevos tiempos. Los jóvenes enfrentan el desafío de superar prejuicios machistas. (Corbis)

Virginia Martínez Verdier, psicóloga, sexóloga y directora del sitio educativo de sexualidad sexuar.com.ar, opina que la masculinidad es algo que cambia constantemente. «Hay muchos varones que están cómodos con las nuevas formas de masculinidad y se permiten incorporar las emociones y la sensibilidad, y otros que están más apegados a los valores tradicionales. En este nuevo modelo, hay hombres que no saben qué es ser varón: si ser macho o ser sensible (sensible asociado con débil)».
Los reality shows y los estadios figuran entre los contados espacios en que los hombres se emocionan abiertamente. «En nuestro país, en la tribuna se abrazan, algo que no ocurre en países como Noruega, por ejemplo. Hay una sensibilidad permitida y prohibida. Muchos hinchas se definen por la violencia, como las barras bravas, donde las masculinidades están basadas en que el verdadero hombre es aquel que se pelea, y se matan entre ellos y a otros. Pero hay otras formas de ser hincha: cantar y ser fiel al equipo. Hay que cambiar estas nociones, para desarrollar una alternativa a la violencia», afirma José Garriga, doctor en Antropología, investigador del Conicet y docente de la Unsam, que ha dedicado un par de libros a la violencia en el fútbol.

 

Discurso y dominación
En el plano sexual, el hombre se enfrenta a exigencias como la de dar la nota alta en la cama. «Tiene que ser buen amante; mostrar su potencia sexual, frente a su mujer y a los otros, es lo que lo define. Si no, se le crea un conflicto: es ser poco hombre», señala Martínez Verdier, quien atiende a pacientes de 20 a 60 años con problemas sexuales o con dificultades para acercarse o para intimar afectivamente. «A los jóvenes les falta un golpe de horno. Deshacerse de mandatos machistas. Hay hombres que creen que les tienen que gustar todas. Que se les tiene que parar. No se atreven a decir “no, no me gusta”. En consulta aprenden a reconocer sus emociones, a darse cuenta de lo que sienten, algo que es muy natural en las mujeres, pero que ellos no aprendieron desde niños».
En una entrevista con el suplemento ADN Cultura, el escritor Michel Houellebecq declaraba: «En Occidente, la palabra masculina desapareció. Lo que los varones piensan, en el fondo de sí mismos, nadie más lo sabe. Una hipótesis horrible, pero verosímil, es que no han cambiado; solo han aceptado cerrar la boca. Y ese discurso masculino no ha sido reemplazado por nada; el varón no habla más. La mujer sí habla. Habla mucho… El punto de vista masculino ha desaparecido y, por lo tanto, es desconocido. Por eso digo que es una hipótesis verosímil que el varón estaría dispuesto, si se presentara el caso, a una vuelta inmediata al patriarcado». Garriga lo refuta: «No creo que el varón esté callado, porque la dominación, que está presente todo el tiempo, también es una forma de hablar, y sigue hablando. Está en las leyes. ¿Y quién dicta que hay tantos cupos para senadoras, diputadas, concejalas? Creo que más bien hay una no aceptación de la equidad del feminismo. La violencia de género es un exponente del machismo, un ejemplo de violencia real, pero ¿la dominación diaria no es violencia?», analiza el especialista.
¿Cuáles son los rasgos de la masculinidad tradicional que aún persisten o se resisten a cambiar? «Se pueden mencionar varios –responde Faur–. Entre ellos, el hecho de desatender la participación en los cuidados familiares como una corresponsabilidad, atribuyendo a las mujeres una supuesta superioridad en este aspecto; y el sostenimiento de las posiciones de liderazgo de forma masiva en las manos de los hombres. La masculinidad no se construye de forma aislada, sino como parte de las relaciones sociales de género y, de tal modo, la posición de los varones en niveles de jerarquía reproduce y acentúa las características tradicionales que sostienen relaciones sociales desiguales». Como muestra: si bien, de acuerdo con el último censo nacional, 250.000 hombres viven, crían y educan solos a sus hijos, según una encuesta de la Universidad de Belgrano realizada en 2010, en la Ciudad de Buenos Aires, el 55% de los varones entrevistados dijo que prefiere un jefe hombre y el 38% de las consultadas también eligió esta opción.
Un aspecto cuya persistencia resulta «alarmante», en palabras de Faur, se relaciona con la ideología ultra machista que «considera a las mujeres como “propiedad” de los varones y que se encuentra en la base de los actos de violencia que estos ejercen en contra de sus parejas o exparejas. Si bien este rasgo no atraviesa a la totalidad de los hombres contemporáneos, está lejos de constituir un hecho atípico o aislado. Es así que, en la Argentina, cada 30 horas una mujer muere asesinada por su compañero», subraya.
Como los patrones culturales son aprendidos, un documento de ONU Mujeres Argentina titulado Modelo para armar. Nuevos desafíos de las masculinidades juveniles (2012) alerta sobre el tema de la violencia y la masculinidad, y cita datos de la Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación que indican que, entre 2005 y 2009, más de 3.000 muertes correspondientes a varones argentinos, de 15 a 24 años, se produjeron por causas externas (accidentes de tráfico o de otro tipo, homicidios, suicidios). «Los motivos de los suicidios suelen ser profundas depresiones que provienen de no cumplir con el modelo del hombre ganador, potente, proveedor y protector, entre otras razones: la incapacidad de resolver situaciones, deudas económicas, angustias emocionales no manifestadas, episodios de infidelidad, fracasos laborales, entre otros», señala la publicación del organismo internacional. «Situaciones urgentes como estas dan cuenta de los costos y de los efectos negativos que el modelo de masculinidad hegemónica tiene para los hombres y para la sociedad toda», concluye.
Según los especialistas, el hecho de que los hombres ahora cambien pañales y vayan al pediatra, o sea, adopten nuevos roles, a largo plazo, modificará la idea tradicional de la masculinidad. Iniciativas culturales que buscan derribar estereotipos, como la muestra parisina Chercher le garçon, al igual que el surgimiento de colectivos masculinos por la igualdad, brindan esperanzas sobre un tema que atañe tanto a los varones como a las mujeres. Y que clama por un cambio.

Francia Fernández