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Mensaje en una botella

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La actividad registró una importante mejora en sus niveles de producción y exportación, pero aún se encuentra lejos del boom de los 90. El objetivo es integrar a todas las cooperativas.

 

Vendimia. En el país existen cerca de 25.000 viñedos con un tamaño promedio por finca inferior a las 20 hectáreas. (Eduardo Dolengiewich)

De la misa a la mesa es protagonista. La historia de la vitivinicultura en el país se remonta a la época de la colonización. La región productiva en el país se extiende por más de 2.400 kilómetros a lo largo de la Cordillera de los Andes, en una diversidad de territorios o terroirs que permiten producir vinos emblemáticos como el malbec, y también una variedad autóctona exclusiva en materia de blancos como el torrontés. La industria se caracteriza por contar con miles de productores pequeños que demandan mucha mano de obra. «La automatización es aún baja en esta industria», señalan desde la Secretaría de Relaciones Económicas de la Cancillería. Su auge fue determinante en el desarrollo de actividades que inciden en las economías regionales, como el turismo, la gastronomía y la hotelería.
La última década será recordada por sus importantes inversiones, cambio de estilo y variedades y por un reconocimiento general sobre la buena calidad de los vinos, en particular del malbec, varietal insignia del país. El año pasado se cerró el ejercicio con ventas al exterior por 21,5 millones de cajas (650 millones de dólares).
El objetivo del sector es alcanzar en un lustro un incremento en los volúmenes producidos y exportados, con una mayor asociación de las cooperativas vitivinícolas mendocinas, según lo expresado por el plan estratégico de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR). Esta corporación está integrada por 12 entidades empresariales de segundo y tercer grado, gobiernos de las principales provincias productoras –Mendoza y San Juan– y dos organismos nacionales: el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). En ese rumbo están las 32 cooperativas integradas en la Asociación de Cooperativas Vitivinícolas (Acovi) más la emblemática Fecovita, la Federación de Cooperativas Vitivinícolas Argentinas, una entidad de segundo grado que asocia a 29 cooperativas, integradas por más de 5.000 productores y elaboradores vitivinícolas en el país, que trabajan cerca de 30.000 hectáreas de viñedos. La continuadora de bodegas Giol es la mayor cooperativa vitivinícola del país, que cuenta en el mercado interno con centros comerciales y de distribución propios en las principales ciudades de Argentina.

 

Al pan, pan
La superficie cultivada en el país alcanza las 223.034 hectáreas, un 2,8% de la superficie mundial. Existen cerca de 25.000 viñedos y el tamaño promedio por finca es inferior a 10 hectáreas. El incremento de hectáreas fue importante durante estos años, pero todavía está lejos de las más de 300.000 hectáreas que el país detentaba décadas atrás.
Argentina es un gran consumidor de vinos, ocupa el séptimo lugar en el mundo. En lo que hace a la producción, se ubica en el quinto puesto, detrás de Italia, Francia, España y Estados Unidos. En los últimos diez años, Argentina se incorporó a los países exportadores, en el undécimo lugar, con productos de excelente calidad. El mercado vitivinícola argentino es el noveno más grande del mundo y constituye un fuerte dinamizador de la actividad, que muestra una creciente tendencia a la sofisticación del público que se inclina cada vez más a segmentos premium y al vino de color. También se verifica un aumento de preferencias hacia vinos espumosos, gasificados, frizantes y cócteles, aunque todavía con volúmenes poco importantes. El 55,2% de las ventas de vinos al exterior es fraccionado, representando los vinos a granel el 44,8% restante. Si bien existen más de 1.000 bodegas en el país, el actual contexto favorece a las bodegas grandes, aumentando la concentración. Del total, unas 300 exportan con continuidad, pero las 30 más grandes representan cerca del 70% de las exportaciones. Los principales mercados para los vinos argentinos son Rusia, Estados Unidos, Paraguay, Reino Unido, Canadá y Brasil. Los vinos espumosos son comercializados a Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y Estados Unidos, entre otros países, de acuerdo con datos del Ministerio de Agricultura.
Durante estos últimos diez años, las inversiones, tanto de origen local como extranjero, acompañaron el fuerte crecimiento de las exportaciones, que quintuplicaron las cifras de inicios del siglo XXI. A partir de 2011, la tendencia cambió, y la industria entró en una fase negativa, ya que los bajos precios internacionales erosionaron la rentabilidad del mercado exportador.
«Hoy la vitivinicultura argentina posee un componente de gran peso a su favor que es la integración. Un sector económico de nuestro país tan heterogéneo como es el vitivinícola llega a los comienzos del nuevo milenio organizado en torno al Plan Estratégico Vitivinícola Argentina 2020», señala un informe de COVIAR-INV. Los objetivos del programa se centran en posicionar los vinos varietales argentinos en los mercados del Norte, desarrollar el mercado latinoamericano y reimpulsar el doméstico y apoyar el desarrollo de pequeños productores de uva para integrarlos rentablemente en el negocio vitivinícola. Por último, en la búsqueda de nuevas experiencias y de viajes con valor agregado, el turismo del vino se presenta como una alternativa válida en Argentina para maridar la belleza del paisaje con los vinos y la gastronomía de cada región.

Cristian Carrillo