Mentime que me gusta

En el fértil terreno de las redes sociales y en los medios de comunicación, las noticias falsas circulan al ritmo de las necesidades políticas y económicas de los dueños de los datos y los recursos. Los casos de Trump y Bolsonaro. Una amenaza al sistema democrático y su ya deteriorada transparencia.


2017. «Noticias falsas, presidente falso»: una de las consignas de la gran marcha de mujeres realizada un día después de la asunción de Trump. (Susan Pease/Alamy Stock Photo)

Noticias falsas, fake news, posverdad, desinformación, trols, bots… una nueva prole de palabras novedosas intenta hacer pie sobre un terreno fangoso y con numerosas consecuencias. El término fake news –noticias falsas– fue popularizado por el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien acusó a algunos medios tradicionales de realizar una cobertura negativa de su campaña; estos mismos medios, paradójicamente, lo señalan como fuente inagotable de engaños y datos falsos que impiden un diálogo racional. Una asesora presidencial, frente a una mentira evidente de un colega, llegó a hablar de «hechos alternativos». En 2016, el diccionario de Oxford eligió «posverdad» (post-truth) como palabra del año.
En el resto del mundo las cosas no andan mucho mejor y las mentiras florecen en el fértil terreno de las redes sociales agrietando el sistema democrático. Pero, ¿es tan fácil determinar qué es una noticia falsa? Siendo muy rigurosos, la «verdad» es un tema epistemológico complicado y sin soluciones definitivas,     ni siquiera para la ciencia. Entonces, ¿da lo mismo cualquier cosa? ¿Existen los hechos?

Una larga historia
Las mentiras seguramente nacieron al mismo tiempo que la posibilidad de comunicar. Las historias orales de los trovadores medievales mutaban en cada eslabón. Saber si la Atlántida o China realmente existían era una tarea imposible. Más recientemente, gracias a la profesionalización del periodismo, surgieron medios capaces de ofrecer alguna garantía gracias a la responsabilidad editorial y métodos aceptados. Así pudieron construir consensos más o menos estables acerca de qué es la realidad.
Sin embargo, el sistema dista de ser infalible: los poderosos comprendieron hace tiempo que la verdad es lo que cree la mayoría y que haciendo foco en algún aspecto se distrae sobre otros. Ejemplos hay miles, pero la tapa de la revista Gente, en 1982, con el titular «Estamos ganando» es solo un botón de muestra en una historia plagada de vergüenzas, por no mencionar la famosa tapa de Clarín que tituló «La crisis causó dos nuevas muertes» luego de que la Policía Bonaerense ejecutara a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en 2002. Aun así, estos medios apuestan (algo de) su prestigio en cada tapa.
Por otro lado, el buen periodismo es caro de hacer, lleva tiempo y muchas veces no es rentable: en la actualidad, las redes sociales se comen una creciente porción de la torta publicitaria que antes alimentaba a los medios locales y la cantidad de periodistas disminuye en las redacciones de todo el mundo. A su vez, el nuevo modelo de negocios digital no depende tanto de la calidad de una investigación como de la cantidad de clics generados, que se traducen en dinero por publicidad. Así es como proliferan los titulares del tipo «Mirá la increíble declaración de…», que estimulan la curiosidad para fomentar un clic, pero difícilmente lleven a información valiosa.


(Victor de Schwanberg/Science Photo Library)

El otro gran cambio es que las redes sociales han remplazado a diarios y noticieros como forma de enterarse de las novedades: si bien el periodismo sigue siendo un importante productor de noticias, su circulación se juega en las redes sociales, cuyo primer objetivo es mantener a los usuarios frente a la pantalla para mostrar más publicidades y hacer más dinero; la calidad informativa se torna secundaria. Además, si alguien paga por hacer circular un posteo o publicidad, la red lo hace y el algoritmo lo distribuye para satisfacer al cliente sin importar si se trata de una mentira.
Estos factores (y otros) facilitaron a las redes sociales amplificar exponencialmente problemas que ya existían. Facebook, con más de 2.000 millones de usuarios, delega en sus algoritmos la decisión de qué mostrarnos para mantenernos enganchados mirando publicidad. Las consecuencias son numerosas.
En primer lugar, a la mayoría (¿a todos?) le gusta confirmar lo que ya pensaba y tiende a rechazar la información que enfrenta sus prejuicios. Como las redes sociales no están para desafiarnos, sino para mantenernos cómodos frente a la pantalla, generan la sensación de que todos piensan como nosotros.
En segundo lugar, desde afuera de las redes se manipulan los algoritmos para difundir mensajes propios. Así es como grupos relativamente pequeños de comunicación, por medio de cuentas falsas, trols y bots, pueden acceder a millones de personas sin contar con un medio propio. Elaboran mensajes, los testean, seleccionan al que más respuestas logra y lo amplifican para que se reproduzca en el ecosistema virtual. Si además se cuenta con un conocimiento detallado sobre las personas gracias a los datos que comparten, las posibilidades de diseñar mensajes más convincentes se incrementan. Eso fue lo que hizo la empresa británica Cambridge Analytica gracias a información obtenida de Facebook acerca de millones de personas.
En un contexto de posverdad, en el que cualquiera puede decir cualquier cosa, quien cuenta con recursos y datos puede empujar a una persona a comprar algo, votar un candidato o, como ocurrió en Myanmar, incentivar un ataque religioso.

Y el calefón
¿Da todo lo mismo, entonces? ¿Se debe aceptar que las vacunas no protegen de enfermedades como un simple «hecho alternativo»? Alcanza con rodearse de gente que piense igual para convencerse de una realidad. Además, cualquier búsqueda en internet nos llevará al menos a un sitio que ratifique lo que ya pensábamos. Alcanza con rodearse de gente que crea en la Tierra plana para que confirmemos nuestras sospechas. Peor aún: quienes discuten contra las teorías más delirantes les dan una entidad que antes no tenían.
Un ejemplo: en junio de 2016, un sitio de sátiras publicó que el papa Francisco apoyaba la candidatura de Donald Trump. Intencionalmente o no, miles replicaron la noticia y la versión se instaló como verdad. Inútiles fueron los intentos por desmentirla de numerosos sitios y medios: como la mayoría de las personas se informa por las redes sociales, cuyos algoritmos buscan mantener a los usuarios en su zona de confort, nunca les llegó la desmentida. Si para ellos era bueno que el papa apoyara a Trump, ¿qué ganaban las redes sociales con incomodarlos?
El riesgo de dejar a una empresa privada decidir sobre qué circula como verdadero es enorme y el tema comenzó a preocupar, finalmente, a todo el sistema político. A principios de 2018, Mark Zuckerberg fue cuestionado en el Congreso de los Estados Unidos acerca de la injerencia rusa, los bots y trols, las cuentas truchas, el control de la red social sobre el mercado publicitario, las noticias falsas, la invasión a la privacidad, las regulaciones necesarias y más; todos fenómenos relacionados en una trama tan compleja que resulta muy difícil de evaluar y, más aún, de regular (ver «Hay un vértigo…»).


Carta de triunfo. La campaña de Jair Bolsonaro en Brasil se basó en la distribución sistemática de mensajes falsos por WhatsApp. (Fernando Bizerra/EFE)

La incidencia de la campaña de Cambridge Analytica en el plebiscito por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea conmocionó a la clase política de ese país. En julio de 2018, el Parlamento británico publicó un extenso reporte sobre «Desinformación y noticias falsas» en el que expone la enorme dificultad para definir y acotar el fenómeno, un requisito para cualquier intento de regulación. Allí repasa lo que se sabe y cómo se ha globalizado. Por ejemplo, entre sus páginas da cuenta de que el comité redactor del reporte accedió a información confidencial de la empresa sobre una «campaña anti-Kirchner en la Argentina» y la existencia de «una guerra informativa». Amnistía Internacional también publicó un informe describiendo los métodos de campañas orquestadas por medio de trols y bots en nuestro país. Ya pocos dudan de la existencia de usinas generadoras de confusión en las redes sociales (o troll centers) que, para otros, son solo la continuación del marketing por otros medios.

Solución tecno
Facebook se considera una empresa tecnológica, sin aceptar responsabilidades y costos editoriales para no afectar su modelo de negocios basado en los contenidos que suben sus miembros. Por eso ideó un sistema automático para que los usuarios señalen noticias falsas y desarrolló un algoritmo que detecta ciertos patrones comunes entre ellas. Para llevar adelante un testeo consciente se asoció con organizaciones de «chequeadores de datos» (fact-checkers, en inglés), que por medio de una metodología transparente evalúan qué es verdad y qué no.
En la Argentina, la elegida fue chequeado.com, una ONG con ocho años de antigüedad y la única del país que está certificada por la International Fact Checking Network. El convenio saltó a la fama luego de que el sitio Primereando las noticias sacara una nota titulada «El FMI exige liquidar el ANSES y vender las acciones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad». Chequeado determinó que la noticia era falsa porque, si bien el contenido de la nota era correcto, la palabra «exigir» no aparecía en el acuerdo; allí decía «sugerencia». A partir de esta calificación, todos los que habían compartido la noticia vieron una etiqueta que la señalaba como falsa y Facebook redujo su circulación. El caso fue descripto por muchos como censura, afectó la credibilidad de Chequeado y mostró el poder exagerado que tiene Facebook para silenciar voces. Además, no alcanzarían miles de chequeadores para evaluar millones de mensajes. Delegar la detección de mentiras en un algoritmo es por demás peligroso. ¿Dónde termina el cuidado de la verdad y comienza la censura lisa y llana?
Las soluciones no aparecen y las redes sociales siguen adelante bajo la presión de los inversores. Algunos plantean tirar el problema a la escuela para que forme ciudadanos críticos, como ocurre con tantas otras cuestiones que la sociedad en su conjunto no sabe cómo resolver.

Mentirinhas não têm fim
Durante las elecciones recientes del Brasil, Twitter y Facebook decidieron demostrar que se tomaban en serio las críticas recibidas; dieron de baja cuentas y limitaron la circulación de los mensajes más dañinos. ¿Problema resuelto? No: los promotores de noticias falsas simplemente innovaron mudándose a WhatsApp (que también pertenece a Facebook Inc.). El sistema de mensajería privado resulta muy difícil de monitorear y, más aún, de moderar. Así fue que los agentes de campaña armaron grupos e invitaron a sus militantes a armar otros entre sus conocidos para hacer circular todo tipo de mensajes en una red imparable.


Protesta. Imágenes de Mark Zuckerberg contra la filtración de datos de usuarios de Facebook. (Stephanie Lecocq/EFE)

Comparado con medios masivos desprestigiados y redes sociales cuestionadas, WhatsApp parece transparente: al fin y al cabo, se supone que un conocido, familiar o amigo no le mentiría a uno. Gracias a esta (infundada) confianza personal proliferó una campaña apoyada en mentiras tan groseras como que el candidato del PT, Fernando Haddad, promovía las relaciones sexuales entre padres e hijos o que cuando fue alcalde de San Pablo entregó «mamaderas fálicas» entre los niños para promover la homosexualidad. Luego de la victoria de Jair Bolsonaro en primera vuelta se supo que tuvo el apoyo de Steve Bannon, conocido asesor de Donald Trump en Estados Unidos.
Por supuesto, el poder de estos mensajes no es total. Si tuvieron efecto significativo, se debió en alguna medida al caldo de cultivo producido en los últimos años, cuando los medios demonizaron al PT sistemáticamente y convencieron a una parte de la población de que eran capaces de cualquier cosa. Luego de la destitución de Dilma Rousseff, el gobierno quedó en manos de Michel Temer, quien dilapidó el prestigio que pudiera conservar su partido de centroderecha. Frente a dos alternativas que parecían pésimas, la población, impotente y frustrada, optó por un candidato dispuesto a patear el tablero y que, como un topo, casi sin apariciones en la TV, aprovechó las comunicaciones en red para plantearse como alternativa superadora.

Todos pierden
Cualquier discusión social racional requiere de consensos mínimos acerca de qué es verdad y qué no, además de un diálogo activo entre quienes piensan distinto. El diálogo nunca fue perfecto, pero ahora está aún más complicado por el exceso de información y su flujo segmentado. Por lo pronto, es una buena noticia que haya preocupación creciente por el fenómeno y un cuestionamiento al poder de empresas privadas transnacionales para determinar cómo circula uno de los insumos más vitales para la vida democrática: la información. Poco a poco la sociedad aprende que existen campañas y, tal vez, acepte que todos somos manipulables. Así, es posible, irán surgiendo herramientas para no ahogarnos en el mar de información excesiva, confusa y muchas veces malintencionada, que circula por la red.