Milagro en tierra lusitana

Con la llegada al gobierno del socialista Antonio Costa mediante una alianza de izquierda, comenzaron a desecharse políticas de austeridad: bajaron la desocupación y el déficit, y aumentó la actividad económica. Hasta el FMI felicita por el resultado.

Camino. Antonio Costa logró cambiar lo que parecía un destino de pobreza y exclusión para la mayoría de la sociedad portuguesa. (De Melo Moreira/AFP/Dachary)

No fueron las devotas plegarias a la Virgen de Fátima ni los rezos paganos a Cristiano Ronaldo: Mario Centeno, un ministro de Finanzas socialista recibido en la Universidad de Harvard, materializó lo que el Viejo Mundo llama «el milagro portugués». Se destaca lo ocurrido en la geografía lusa no solo por los logros que se manifiestan en la mayoría de sus indicadores. Más que por el camino elegido, se elogia la ruta desechada; la receta que, bajo el eufemismo de la austeridad, la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional aplican a los socios más pobres de la región como salida única e inexorable.
«Primero sé libre; después pide la libertad», aconsejaba en uno de sus versos el poeta mayor de Portugal, Fernando Pessoa. Le hizo caso Antonio Costa, primer ministro, también socialista, que al asumir en diciembre de 2015 se deshizo del yugo del ajuste. Aseguraba entonces que «es necesario invertir la política realizada hasta ahora para obtener otros resultados, el ajuste no ha generado riqueza». Se refería al período 2011-2014, donde se siguieron a rajatabla las órdenes externas a cambio de 78.000 millones de euros para pagar deuda. El rescate solo sació –en parte– el apetito de los organismos internacionales de crédito, pero dejó un Producto Bruto Interno con resultado negativo y la desocupación por encima del 15%.
En dos años el desempleo en Portugal (datos a noviembre) descendió al 8,6%, dos décimas por debajo del promedio de la zona euro y con mejores índices que España (16,7%) e Italia (11,1%). El crecimiento de la actividad económica es del 3%; su déficit es del 1,4%, el menor de los últimos 43 años. Las exportaciones a miembros de la UE subieron un 10%; a los no comunitarios, un 20%. Los valores macro se fueron desarrollando a la par de medidas de alto impacto social. Todavía por debajo del promedio continental, el salario mínimo subirá un 25% en los próximos cuatro años tras recuperar su poder adquisitivo. Se restauró el gasto público, ubicando al país entre los 14 que destinan más presupuesto al área de la salud. Garantizaron la entrega gratuita de libros de texto a los alumnos de escuela primaria y se ampliaron las becas a universitarios.
Tal cual prometió en su plataforma electoral, Costa tomó decisiones de sello ideológico. Se recuperó la jornada laboral de 35 horas semanales para los empleados del Estado. Se suspendieron las privatizaciones de la línea aérea de bandera TAP y del transporte de colectivos y subterráneo. Llevó el IVA al 13% (estaba en 23%), extendió la tarifa social para los servicios básicos, creó un impuesto a las viviendas de más de 500.000 euros y elevó del 7% al 9% el impuesto a las empresas que tengan beneficios anuales por encima de los 35 millones de euros.

Premio europeo
El diagrama que ejecutó el gobierno lleva la firma de Mario Centeno. La UE acaba de premiarlo con la dirección del Eurogrupo, el organismo que coordina y supervisa el rumbo económico de los países que tienen su moneda en común. Centeno regresa a Bruselas donde en 2015, confiesa, «me habían mirado como si fuera el demonio». El funcionario no oculta su intención de «escribir un nuevo guion para la zona euro»; había calificado ya al libreto del FMI como errado, parcial e incompleto. Ahora se compromete a defender lo que supo construir, pues «la principal evidencia que dejan las crisis es que las reformas necesitan tiempo y que las medidas de aliento a la demanda son fundamentales para que su aplicación surta efecto».
«Es la política, estúpido», parece rubricar Costa, alterando –y con fundamentos– la cita que Bill Clinton le enrostrara a George W. Bush en la campaña de 1992. Es que el primer ministro le dio a Centeno un sustento de poder real, basado en una compleja y generosa estrategia de alianzas. Para que su gobierno contara con base legislativa, el Partido Socialista (86 bancas) sumó al Bloque de Izquierda (19), al Partido Comunista (15) y al Partido Ecologista Verde (2). Reúne así mayoría, contra los 108 que suma –también con alianzas– la oposición conservadora de Pedro Passos Coelho, del Partido Social Demócrata (PSD), el anterior primer ministro. Es clave la armónica relación, aun con sobresaltos, entre Costa y Marcelo Rebelo de Sousa, el presidente de la nación, miembro del PSD.
«Portugal consiguió un progreso encomiable en afrontar los riesgos de corto plazo que se cernían sobre la economía». El piropo salió de la boca del FMI, que no suele derrochar esa clase de elogios a quienes abandonan la ortodoxia. Pero algunas señales de alarma hacen que la fiesta en Lisboa no sea completa. La deuda pública configura el 130% del PBI, unos 232.000 millones de euros. Aunque esos bonos han salido de la calificación BB+ (para el mundo de las finanzas, papeles basura) el gobierno de Costa sabe que debe mantener a raya el humor de los mercados locales y extranjeros. Cierta endeblez en el sistema bancario obliga a no bajar la guardia con las cuentas. El socialismo en Portugal sabe que se avecinan nuevos desafíos pero no teme enfrentarlos: ya demostró que tiene con qué.