Muchachos del Abasto

Comenzaron haciendo changas a cambio de propinas y hoy suman 250 asociados que, además de prestar servicios en los puestos de frutas y verduras, tienen acceso a educación, controles de salud y capacitación en oficios. Vínculos con el IMFC.


Sinergia. Cabrera, Collatto y Tissera, junto a los carros que fabrica la cooperativa.

La historia de esta cooperativa empezó a gestarse en el año 2000, cuando muchísimas personas entraban al mercado a realizar changas. Entonces apareció la ordenanza municipal que establecía que ningún trabajador podía hacer este trabajo si no era empleado de un puesto o asociado a una cooperativa». En el playón de carros de la sede, Miguel Ángel Cabrera,  presidente de la Cooperativa de Trabajo El Abasto, de la ciudad de Córdoba, cuenta que la ordenanza «dio un empujón enorme a unos diez “loquitos”, que empezamos a movernos y logramos en 2004 que nos habilitaran la matrícula como cooperativa de changarines».
Hoy son 250 los changarines que ya no trabajan por propinas. «Primero tuvimos que capacitarnos. Nos dejaron asistir como oyentes a la Tecnicatura de Administración Cooperativa y Mutuales en el Colegio Universitario Manuel Belgrano», rememora Orlando Collatto, tesorero. «Logramos el carnet para la identificación, regularización y seguro de trabajo y otra cosa muy importante para el desarrollo de la cooperativa fue la creación del Fondo Cooperativo Solidario, donde cada trabajador aporta un pequeño monto por día, a modo de alquiler del carro, y obtiene boleta, ropa y ese monto queda como seguro de accidente o enfermedad o para otorgar créditos a los compañeros con necesidades grandes», agrega.

Otro horizonte
Con el tiempo, los trabajadores aprendieron sobre cooperativismo, sistemas económicos y también a hacer proyectos para acceder a subsidios y microcréditos. El primer crédito obtenido, con asistencia de IFICOTRA y la Filial Córdoba del IMFC, fue de 7.000 pesos, con los que entonces compraron una computadora y 10 carros. Después vinieron otros subsidios de la provincia y adquirieron más carros. «Pero se nos ocurrió empezar a fabricarlos nosotros y fue muy bueno porque ya tenemos en uso 150, pusimos una escuela de capacitación en herrería, soldadura y ya no paramos», cuenta Cabrera. «Nos dimos cuenta de que en la educación estaba la clave y la meta para perdurar. ¿Sabe qué es lo que más nos costó?, hacerle entender a los changarines que no hay que acostumbrarse a la pobreza, que el cambio es posible; por ejemplo acá antes de la cooperativa había muy pocos que sabían leer y escribir, solo se manejaban por el color de las boletas. Entonces trajimos el programa de alfabetización cubano “Yo sí puedo”, y después logramos traer un secundario. Ya tenemos egresados», dice Cabrera, y cuenta que él mismo fue uno de los que, en 2016, terminó la escuela. En paralelo, los asociados impulsaron en la cooperativa el control de vacunación y de enfermedades crónicas.
«Ahora firmamos convenios con los puesteros del Abasto y cada seis meses tenemos paritarias; estamos incorporando mujeres trabajadoras y queremos también abarcar a los “cuidacoches”. Trasladaremos nuestro modelo a un nuevo mercado de Abasto que se abrirá en la ciudad de Villa Allende», dice el tesorero.
Pablo Tissera, jefe de la filial Córdoba, presente en la visita, concluye: «El programa de microcrédito que lleva adelante el IMFC nos dio la oportunidad de conocer a muchas cooperativas de trabajo, pero sin lugar a dudas, El Abasto es una de esas instituciones solidarias que tiene una hermosa singularidad, nos ha permitido aprender que ante contextos internacionales, nacionales, provinciales y municipales adversos, se puede generar trabajo cooperativo».