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Fue testigo de los hechos más relevantes del siglo XX como camarógrafo del mítico noticiero «Sucesos argentinos», donde trabajó desde 1938. Una historia de vida que es también la historia del país.

 

Lancha colectiva. Pouchulu vive en una isla del Tigre, sobre el arroyo Espera.

La casa donde vive Pedro Pouchulu está en una de las islas del arroyo Espera, a una hora en lancha de la Estación Fluvial de Tigre. Es una construcción de dos plantas que se levanta al final de un caminito de lajas rodeado por matorrales floridos de azaleas, camelias, rosas y glicinas. Al llegar al muelle que Pedro mismo lijó y barnizó, se ve un retoño de jacarandá. Cuando el lanchero amarra dice: «¡Ah, vienen a ver al señor del cine!». Pedro es un hombre delgado, movedizo y jovial a pesar de sus 93 años. Camarógrafo de Sucesos argentinos desde 1938 hasta inicios de los años 60, en que se convirtió en su gerente comercial, fue uno de los pilares secretos del compliado de noticias pionero del periodismo audiovisual argentino, y ahí siguió trabajando hasta 1972, cuando el publicista y director general Antonio Ángel Díaz decidió cerrar, vender parte de los negativos y dejarlo en manos de los empleados, que lo mantuvieron funcionando como cooperativa de trabajo hasta 1978. «Cerró porque no podía luchar contra la televisión», explica Pedro.

 

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Pouchulu era un chico de campo que no había ido a la escuela pero sabía leer gracias a sus hermanas, y que podía además acertarle a una perdiz en vuelo con un revólver; cuando Díaz lo conoció quedó fascinado por su potencial y, con cariño de padre, se lo llevó a vivir a Buenos Aires y lo empleó, primero como cadete de confianza, después como operador y cronista viajero. «Hasta ese momento Díaz era publicista y tenía su agencia con un socio, Zublin», cuenta Pouchulu hoy en la galería de la casa, y entra a buscar sus apuntes; dos carpetas de cartón con algunas hojas rayadas escritas a mano y otras pasadas en máquina de escribir mecánica.
«El 10 de mayo de 1938 lanzó la revista Cine Argentino y desde el primer número le dedicó el 80% de su contenido a lo nacional, al revés de lo que se acostumbraba. El éxito fue inmenso…». Eso propició en Díaz la idea de hacer un noticiario cinematográfico como los que se proyectaban en Europa y se recibían en Buenos Aires: el italiano Luce, el alemán U.F.A. y el francés Pathé Gaumont. «La denominción noticiario en lugar de la de noticiero fue toda una cuestión, al punto de que se hizo una consulta en la Real Academia Española. A Díaz se le ocurrió ponerle “sucesos” porque ya la imagen misma era un suceso», recuerda Pouchulu. «Y a los quince días ya estaba en la calle. Díaz era un tipo de acción».
La primera edición fue el 28 de agosto de ese año en el cine Porteño y en la primera entrega se perfiló su estilo, institucional y nacional. «Había un editorial sobre la riqueza del territorio y especialmente de la Pampa húmeda pero también una nota sobre cuatro bloques de cemento del obelisco que se habían caído a las seis de la mañana en la entonces Avenida 9 de Julio Norte», recuerda Pouchulu. En poco tiempo Sucesos era reproducido en 1.100 salas de todo el pais y terminó desplazando los cortos de noticias que venían de Europa hasta convertirse en el primer noticiario cinematográfico semanal y sonoro de America Latina.
Sentado junto a decenas de latas de película y a un par de viejas moviolas, Pedro evoca: «Los temas eran siempre instituciones, lugares donde la gente no puede entrar, acontecimientos. Cada entrega era de un minuto salvo historias especiales; bien usado el tiempo, es muchísimo lo que se puede decir».
En el primer piso de su casa hay banderines de cada uno de los destinos geográficos en los que estuvo, recortes periodísticos enmarcados y una foto en la que se lo ve con el pelo negro corto, un bigotito negro, una campera de lana y pasamontañas; tiene las manos desnudas para maniobrar la cámara sobre un trípode en medio de la nieve antártica. «El frío era tan bravo que a veces ni se podia filmar. Otras veces hacía un calor increíble, y estábamos en camiseta…», dice y se acuerda de sus grandes viajes: los ocho meses alrededor del mundo a bordo del buque escuela La Argentina, aquel primer vuelo al Polo Sur en un cuatrimotor de la Marina con las alas cubiertas de nieve, aquel en un tren  por entre los abismos de la cordillera para capturar las patéticas imágenes del terremoto de San Juan…
Pouchulu entrenó su ojo de cineasta intuitivo para ver y hacer ver la realidad contando microhistorias cuyo estilo con los años se convirtió, salvando las distancias, en la base de los informes de la televisión y del documentalismo. «Pedro no solo filmaba, ideaba la película; y editaba en el momento», comenta su hijo Patricio quien con su hermana, Patricia, lo alienta a que termine de escribir un libro de memorias. Pedro muestra una ajada foto en blanco y negro que lleva en la billetera; es Carmen Isabel, su esposa hoy fallecida, «dibujante, librepensadora, progresista y su columna emocional durante toda la vida», como dice Patricio. «Cuando mamá murió terminó de decidirse a escribir su libro», completa, y Patricia agrega: «Nos gustaría que fuera un libro con fotos y con un CD con sus notas filmadas; no un libro de anécdotas sino un documento que genere simpatía, sentimientos, que meta de lleno al lector en un pedazo de la historia argentina».

—Texto y foto: Alejandro Margulis

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