Paisajes de privilegio

Mientras proyectos inmobiliarios y turísticos transforman a las ciudades y sus suburbios, el territorio se vuelve, cada vez más, un mapa de la desigualdad social. Casos paradigmáticos, como el de Tigre, son analizados por geógrafos, antropólogos y urbanistas.

Ilustración: Pablo Blasberg

Tigre es una de las localidades de la provincia de Buenos Aires que recibe mayor cantidad de turistas. Su amplia y publicitada oferta recreativa cuenta con un puerto de frutos, restaurantes de todo tipo, un tren turístico, un casino, un teatro y hasta un parque de diversiones. A pocas cuadras de todos estos atractivos se encuentra el barrio El garrote, una villa a la que se accede por una calle de tierra, donde viven alrededor de 800 familias sin agua potable ni cloacas. «Ninguno de nosotros puede pagar estos paseos. Aquí vivimos otra realidad», asegura una vecina de la villa en el documental El Tigre que nos ocultan. El testimonio permite entender hasta qué punto la desigualdad socioespacial, los modos en los que las diferencias sociales se manifiestan en el espacio urbano, afecta a los ciudadanos de menores ingresos. Y este proceso de segregación, propio de las ciudades neoliberales, fue analizado en las jornadas [In]justicias espaciales en Argentina: conflictos, experiencias, territorios, organizada de manera conjunta por grupos de investigación de distintas universidades en el Centro Cultural de la Cooperación.
El caso del Tigre, considerado paradigmático del proceso de urbanización neoliberal, fue abordado por Diego Ríos, geógrafo e investigador del CONICET. Antes de la década del 70, los bañados y sectores inundables de ese partido bonaerense se encontraban en una suerte de vacancia y marcaban la frontera para el avance de las construcciones. Pero luego, estas comienzan a ser áreas disputadas por los extremos socioeconómicos. Por un lado, los habitantes de los asentamientos y, por el otro, los desarrolladores inmobiliarios. Ya en 1991 había dos urbanizaciones cerradas que ocupaban unas 200 hectáreas y 14 barrios informales se establecían en 114 hectáreas. En 2009 se contaban 49 urbanizaciones cerradas en unas 4.000 hectáreas y 21 asentamientos ocupaban 220 hectáreas. «Se trata de una distribución de la tierra desigual porque los desarrolladores claramente fueron apropiándose de esas extensiones de una manera más contundente –explicó Ríos–. En los últimos tiempos, estos grupos dominantes han podido construir imaginarios, relatos, proyectos y modelos como justificación de los procesos de transformación urbana que querían desarrollar en esas áreas inundables. Con la implementación del neoliberalismo, esas tierras se van a priorizar para el predominio de los countries, en desmedro de los sectores populares».
Organizadas por el Programa Espacios, Políticas y Sociedades de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), el Núcleo de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de San Martín y del Instituto Gino Germani, Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento y el departamento de Cooperativismo del Centro Cultural de la Cooperación, las charlas giraron en torno a temas como los paisajes de privilegio y de marginalidad y la conflictividad que surge a partir del acceso desigual a la ciudad.
Hortensia Castro, geógrafa y especialista en Políticas Ambientales y Territoriales, aseguró que se trata de pensar el paisaje como la cara del territorio que resulta de una transformación colectiva de la naturaleza; como la proyección cultural de una sociedad sobre un espacio determinado, construido en un marco complejo y cambiante de relaciones de poder. «Hay planteos que hacen foco en la producción material y simbólica de paisajes de privilegio. Es decir, de entornos y escenarios exclusivos y excluyentes a través de proyectos inmobiliarios, patrimoniales y turísticos desarrollados por ciertos sectores hegemónicos. Desde allí se aborda al paisaje como la imposición de una mirada, como representaciones e imaginarios que naturalizan ciertas valoraciones estéticas y éticas y desvalorizan otras».
El tercer sector, el de las organizaciones sociales, estuvo representado por Liberpueblo, que, entre otras acciones, intervino en las audiencias públicas que se realizaron para medir el impacto social y ambiental de los megaemprendimientos inmobiliarios de Tigre Colony Park y Venice –ubicado al lado de la villa El Garrote–. Cabe recordar que parte de la construcción de Venice ocupa el predio donde funcionaban los astilleros Astarsa, donde, durante la última dictadura cívico-militar, desaparecieron once trabajadores navales. Por este motivo, organismos de derechos humanos piden que el lugar se conserve como un Espacio para la Memoria. Ambas obras se encuentran provisoriamente suspendidas por disposición de la Justicia. «Todo da vueltas alrededor del problema de la tierra. Ese es el mal endémico del desarrollo de la Argentina. Además, acá se está negando la historia de Astarsa y la historia de lo que es el barrio vecino, que está en condiciones precarias. Marca que hay dos países y dos procesos por los cuales se va a desarrollar lo popular o la élite», afirmó Miguel Ranieri, de Liberpueblo.

Pasto verde, pasto seco
A poco más de 100 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires se encuentra San Antonio de Areco. Esta localidad, declarada Capital Nacional de la Tradición en 2015, es uno de los destinos más buscados a la hora de las escapadas de fin de semana y valorada como un ejemplo del patrimonio histórico y turístico. La arqueóloga Cecilia Pérez Winter explicó que allí también se conforman paisajes desiguales porque hay elementos que son valorados o jerarquizados por sobre otros. «El centro histórico es un lugar de privilegio para quienes viven allí y para los turistas, dejando de lado a los ciudadanos que viven fuera de ese casco. En Areco todos pagan los mismos impuestos pero no todos están beneficiados ni acceden a los mismos recursos ni servicios. Se trata de que haya un poco de equidad en la distribución de las inversiones». En tal sentido, la patrimonialización genera un cierto consenso entre los habitantes pero no dirime las tensiones.
Unos, paisajes de privilegio, desiguales, que producen discontinuidades visuales, sociales, culturales y económicas; otros, paisajes de marginalidad, de resistencia. «Conocer los imaginarios geográficos de los grupos dominantes permite estimular la imaginación para pensar paisajes más justos y vivibles. Y esto será de gran utilidad en las disputas por la apropiación y los destinos de las tierras», concluyó Ríos.