Peligro atómico

A cinco décadas de la firma, las potencias continúan cumpliendo el acuerdo con ensayos de nuevos armamentos letales. La ofensiva de Estados Unidos en su disputa con China y Rusia y el desafío de Corea del Norte, Israel, Pakistán e India.

Poder. Prueba de la armada estadounidense con el lanzamiento del misil Trident II, frente a la costa de San Diego, en febrero de este año. (Thomas Gooley)

La carrera armamentística nuclear no tiene quien la frene. De muestra basta un botón, que es rojo. Mientras se cumple medio siglo de la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear (en inglés, TNP), Estados Unidos comunicó su flamante ojiva nuclear W76-2, un armamento capaz de ser lanzado desde un submarino; Rusia sumó un arma intercontinental con una velocidad del sonido que supera las conocidas hasta ahora; China presentó en un desfile un misil atómico con capacidad para impactar en un blanco preciso en Washington en solo 30 minutos y sin desviarse. El TNP comprometía a las potencias con desarrollo nuclear por aquella época (Estados Unidos, la entonces Unión Soviética, China, Gran Bretaña y Francia) a que propiciaran el desarme, usaran el desarrollo recién descubierto para fines pacíficos y aseguraran que las bombas de Hiroshima y Nagasaki no se expandieran por el mundo. No funcionó. Ni ese tratado ni otros firmados posteriormente.
En el momento de suscribir el pacto se tuvo en cuenta a aquellos países que habían realizado pruebas nucleares hasta 1967. Son, curiosamente o no, los cinco miembros con silla permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Actualmente, otras cuatro naciones poseen un arsenal atómico: India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. El TNP tenía fecha de vencimiento en 1995, pero más de 160 Estados decidieron prorrogarlo indefinidamente. Corea del Norte se retiró del compromiso en 2003 y un año después varios miembros de la OTAN, con el apoyo de Brasil, Sudáfrica y Suecia, exigieron que no se dilataran más los objetivos suscritos. Se encontraron con la negativa de tres de las superpotencias (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia). Si de violaciones a los compromisos se trata, en Washington se llevan el primer premio: pese a que el TNP lo prohíbe expresamente, la Casa Blanca tiene desplegado un arsenal nuclear fuera de su territorio, con unas 200 ojivas en Bélgica, Holanda, Alemania, Italia y Turquía.
Para la efeméride no hubo disenso. Aquellos cinco que suscribieron al acuerdo en 1970 manifestaron en un documento conjunto que «50 años después celebramos las inconmensurables contribuciones que este histórico tratado ha hecho a la seguridad y prosperidad de las naciones y pueblos del mundo; reafirmamos nuestro compromiso con el TNP en todos sus aspectos». El último relevamiento del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) dio cuenta de 13.865 armas nucleares en el mundo, en manos de nueve Gobiernos. El director del programa de desarme del SIPRI, Shannon Kile, evaluó que «las perspectivas de una reducción negociada y continuada de las fuerzas nucleares rusas y estadounidenses son cada vez más improbables». Peor diagnóstico formuló la responsable de desarme de las Naciones Unidas, Izumi Nakamitzu. La funcionaria aseguró que la relación entre los países con armas nucleares está fracturada y que «la competencia entre las superpotencias está a la orden del día».

Escenario tripartito
Si lo que queda del TNP es, en sus términos principales, letra muerta, en nada contribuyó la salida de Estados Unidos de otro acuerdo, el que regulaba la eliminación de misiles de medio y corto alcance.
Firmado en 1987 por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, el tratado INF expiró en agosto del año pasado por decisión unilateral de Donald Trump. El presidente norteamericano acusó a Moscú de no cumplir con lo pautado, Moscú negó incumplimientos y el portazo en el Salón Oval resonó en todo el mundo. La única regulación al material bélico con uranio enriquecido la sostiene otro tratado, el Start III. Acordado en 2010, se obliga a Rusia y Estados Unidos a reducir y limitar el número de armas estratégicas ofensivas, tanto desplegadas como sin desplegar. El Start III finaliza en 2021 y ninguno de los que lo sostuvieron muestra intenciones de prorrogarlo.
Sobre la mesa del opaco recuerdo de la firma del TNP, Trump lanzó otra iniciativa: propuso a Rusia y a China un sistema de control trilateral de arsenal nuclear. «El futuro éxito del TNP no está garantizado», dijo. Desde Pekin se bajaron rápidamente del convite. Zhao Lijiang, vocero de la Cancillería china, admitió que su país es una potencia nuclear, pero aclaró que «mantiene sus fuerzas a nivel mínimo, para garantizar la seguridad nacional; nuestro arsenal no tiene ni comparación con Estados Unidos y Rusia». Sin dar señales de coincidencias en lo inmediato, Vladimir Putin sostuvo que su gobierno no tiene intención de iniciar un conflicto bélico con ninguna nación del mundo. «Lo que haremos es crear condiciones para que a nadie se le pase por la mente lanzar una guerra contranosotros», sostuvo. En un escenario tripartito, miran de reojo otros actores. Nadie los convoca todavía a un encuentro, pero India, Corea del Norte, Pakistán e Israel están en condiciones de participar. Incluso Irán, que había sido objeto de otro pacto, el Plan Conjunto de Acción Comprehensiva, firmado en 2015. Se buscaba que Teherán no extendiera su desarrollo de energía nuclear a las armas. Trump abandonó el grupo el año pasado, y todo volvió a foja cero.