Punta del iceberg

Las dos últimas revueltas populares que estallaron en América del Sur tuvieron como eje el aumento de la tarifa del transporte público. En Ecuador, el presidente Lenín Moreno decretó la quita de los subsidios a los combustibles que impactó directamente en el alza del transporte y en Chile aumentaron el precio del boleto del metro, fundamental para el traslado de la población en la capital del país. En ambos casos, las protestas comenzaron por algo muy puntual, pero se convirtieron en incontrolables dado que las demandas excedieron largamente el tema de las tarifas. Hay algo interesante en el hecho de que el incremento del precio del transporte público provoque indignación y reclamos. En muchos casos quienes gobiernan ni siquiera han utilizado estos medios ni saben lo que es viajar en malas condiciones. Respecto de Chile, este país ya conoció dos grandes revueltas, en 1949 y 1957, también focalizadas en el aumento del transporte: hubo violencia en las calles y quema de los servicios que utiliza la misma gente, como ahora en Santiago, la capital, en la que se incendiaron estaciones de metro. Cuando se desata la furia popular, el descontrol puede arrasar con todo lo que encuentra a su paso como ha quedado demostrado en numerosas ocasiones y en distintos países. Incluso con aquello que se está defendiendo. Claro que desde los estratos de poder se hace hincapié en lo que se destroza y no en las causas que llevaron a la furia.
El transporte público es esencial para la vida cotidiana de las grandes mayorías y su falla es uno de los elementos que causa mayor perturbación personal y social. En realidad, es la punta del iceberg del descontento que es mucho más profundo y que, en el caso del Chile, cuestiona un modelo vendido como «exitoso» durante algunas décadas.