Rescate a Italia

Más allá de la asistencia de la Unión Europea, el Gobierno se enfrenta a una delicada situación económica, agravada por los efectos de la pandemia. Movimientos en la ultraderecha con la situación judicial de Matteo Salvini en el centro de la escena.


Senado. Salvini, con barbijo pese a su negativa a usarlo, durante la sesión en la que por mayoría se decidió juzgarlo por el caso de la ong Open Arms. (Andreas Solaro/AFP)

De entre todos sus vecinos, la de Italia es la crisis económica que más preocupa a propios y extraños en Europa. Los datos de la caída son tan contundentes como la asistencia que la propia Unión Europea (UE) decidió entregar al país, la más grande de todo el plan de rescate continental. La pandemia, que había castigado con crueldad, brinda un escueto descanso que no permite desatenciones. Por eso las autoridades extendieron el estado de emergencia hasta mediados de octubre. La catástrofe sanitaria y la contundencia de sus números no hicieron mella entre los que, como en otras partes del planeta, insisten en que el COVID-19 es un invento y un arma para avanzar sobre las libertades individuales. La tensión política sacude a la coalición de gobierno y uno de sus referentes, Matteo Salvini, afronta cargos por el delito de secuestro luego de impedir el auxilio de inmigrantes a bordo del barco Open Arms en 2019, cuando era ministro del Interior.
«Aun de forma contenida y circunscrita territorialmente, el virus todavía no ha agotado sus efectos; la situación internacional sigue siendo preocupante y lo que sucede en las naciones cercanas a nosotros requiere una cuidadosa vigilancia», expresó Giuseppe Conte, sucesor de Salvini. El propio Salvini, al frente de la Liga Norte, rechazó de plano la extensión de la emergencia dado que, según dijo, carece de fundamentos científicos y jurídicos. También manifestó su oposición a la iniciativa otra expresión de la ultraderecha, los Hermanos de Italia. Su líder, Giorgia Meloni, sostuvo que la medida solo busca «consolidar al Gobierno en el poder». En la discusión parlamentaria también se opuso el sector conservador, representado por Forza Italia, de Silvio Berlusconi.
El Gobierno tuvo su mayor señal de respaldo fronteras afuera. Recibió de Bruselas fondos por 208.000 millones de euros. Se trata de casi un tercio de la cifra global que la UE decidió entregar a sus miembros en problemas. A la operación financiera se la compara con el Plan Marshall, que permitió a las economías europeas recuperarse tras la Segunda Guerra Mundial. De la partida que llegó a Roma, 84.000 millones no deberán ser devueltos. Conte se comprometió a disponer de esos ingresos para objetivos bien definidos: aumento de puestos de trabajo, refuerzo en planes de asistencia social, incremento de recursos para la salud pública. «En el momento histórico que estamos viviendo no hay lugar para políticas neoliberales; la mayoría de los países del mundo emiten, toman deuda y aumentan el déficit fiscal», argumentó Ricardo Merlo, subsecretario de Relaciones Exteriores.
Hasta ahora, la administración nacional destinó unos 55.000 millones de euros en ayuda social y sustento productivo para ciudadanos y empresas. Pero el Producto Bruto Interno italiano caerá, al menos, un 14,3% en el año, según describe el organismo oficial de estadísticas púbicas. Representa un dato peor del que auguraban distintos observadores: el Gobierno estimaba un 8%, las cámaras industriales un 10%, el Fondo Monetario Internacional un 12,8%. La deuda pública, que ya venía siendo un problema antes de la pandemia, representa hoy un 157% del PBI.  

Estrellas y estrellados
Italia es el sexto país del mundo con más fallecidos por el COVID-19: son más de 35.000 víctimas fatales y unos 250.000 contagiados. Algunas de sus regiones tuvieron un incremento leve en sus casos cuando parecía que la curva de contagios ya se había calmado. Pero ni la contundencia de los números ni la percepción global de que la crisis sanitaria está lejos de superarse han impedido que la discusión partidaria imponga su libreto, anclado en el descreimiento y la sospecha. «El virus es clínicamente inexistente», había dicho Alberto Zangrillo, médico personal de Berlusconi. El propio Zangrillo encabezó un foro «contra el alarmismo del coronavirus» en el Senado. Escuchaban decir a su distinguido paciente, Salvini, a otros miembros de la oposición y al cantante Andrea Bocelli, a quien le cupo las declaraciones más estridentes. Pese a que él también se contagió de la enfermedad aseguró que «me sentí humillado y ofendido por la privación de la libertad de salir de casa sin haber cometido un delito y confieso que desobedecí esta prohibición porque no me parecía justa ni saludable».
El panorama político muestra a Conte como uno de las figuras con mayor aceptación popular y refleja el crecimiento de Meloni como nueva exponente de la ultraderecha en detrimento de Salvini, que hasta el año pasado soñaba con llegar a manejar los destinos del país conspirando contra el hoy primer ministro. No funcionó entonces, parece difícil que prospere ahora. Sobre todo porque perdió inmunidad parlamentaria y enfrenta acusaciones por secuestro. Deberá rendir cuentas por haber negado el desembarco de más de 80 migrantes del barco humanitario Open Arms en agosto de 2019, cuando su estrella parecía brillar y permitirle exabruptos xenófobos para simpatía de su electorado. «Me siento orgulloso de haber defendido a Italia y volvería a hacerlo», dijo Salvini. No parece que las urnas le concedan otra chance.