Ruidos de guerra

El asesinato de un alto jefe iraní refuerza la injerencia estadounidense en la región. La renegociación del acuerdo nuclear y los antecedentes bélicos de Washington explican la aventura militar de Trump con las presidenciales en el horizont


Teherán. Una multitud rinde homenaje al coronel Qasem Soleimani, segundo en la estructura del Gobierno iraní, el pasado 6 de enero. (AFP/Dachary)

Una cultura de 10.000 años, un moderno sistema imperial de dos siglos; 800.000 soldados tienen los dueños de casa, casi tres veces menos que los invasores. 14.000 millones de dólares anuales dedica Teherán a gastos militares, 50 veces más destina Washington en negocios bélicos. La danza de cifras también se explica en cuatro y seis letras: Dios, guerra. Hay en disputa objetivos estratégicos y económicos que trascienden las fronteras del territorio en cuestión, por lo que analizar el conflicto entre Irán y Estados Unidos es luchar con un rompecabezas al que le faltan y sobran piezas todo el tiempo. El asesinato del número dos en la estructura del Gobierno iraní es un hecho grave y relevante, pero no es el último.
El 3 de enero, Donald Trump entró a la sala de situación de la Casa Blanca con varios frentes  por dirimir: el pedido de juicio político en su contra, el creciente déficit comercial y fiscal de su administración y una crisis de popularidad ante los  comicios presidenciales de noviembre. Tras ordenar el ataque a distancia, salió de allí convencido de haberle otorgado a la opinión pública de su país eso que tanto le gusta. El combate contra el «eje del mal» en nombre de la Libertad funciona –aunque no siempre, como bien supo Bush padre– como anzuelo para los votantes que adoran las películas de Rambo y Terminator. Basta un botón de muestra: una encuesta en territorio estadounidense indica que casi la mitad de los ciudadanos apoya la nueva aventura de Trump, pero solo dos de cada diez pueden ubicar a Irán en un mapa.
En el ámbito de la política exterior, los misiles sobre la caravana que transportaba al general Qasem Soleimani hacia el aeropuerto de Badgad, y que lograron el cometido de asesinarlo, son señales sobre la conducta que Estados Unidos quiere asumir: despertar del letargo en el que entró tras dos décadas de guerra en Afganistán e Irak, procurar el cambio de nombres en el Gobierno iraní –cada vez más decisivo como sostén de Siria y en la derrota del Estado Islámico– y avisarle a China y a Rusia –que hasta pocos días antes del ataque ilegal compartieron ejercicios militares conjuntos en el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico– que su participación en Oriente Medio tiene límites.
Trump recurrió a la figura del «caos periférico». El plan busca debilitar posiciones enemigas al generar desorden en los alrededores de su sitio de interés. Como si los proyectiles del dron fuesen bolas de billar, la jugada de Estados Unidos es a tres bandas: altera los nervios en Beijing –aliado comercial de Irán que requiere de la llamada Ruta de la Seda para extender sus negocios–, toma posición frente a la creciente influencia de Moscú en el lugar y refuerza sanciones económicas para asfixiar a su rival.  

Actores y disputas
En Teherán saben que no tienen capacidad para ir a un conflicto bélico directo. La «bofetada» que –según metáfora del ayatollah Alí Jamenei– aplicó Irán a Estados Unidos con los ataques a dos de las 500 bases militares que Washington mantiene en la región parece más simbólica que práctica. El gesto sirvió a lo que el país asiático busca: exigir la retirada de las tropas de Washington que permanecen en la zona –deseo que cuenta con el apoyo de Irak–, reunir en un solo puño a la oposición a la Casa Blanca y sofocar ciertas disidencias internas que complicaban el escenario local. El derribo «por error» de un avión civil ucraniano con 176 personas a bordo dejó al Gobierno del ayatollah en una posición más que incómoda.
La disputa en Oriente Medio es también un juego de posicionamientos. Estados Unidos plantea sumar a la Organización del Atlántico Norte (OTAN) a sus filas. Trump incluso propuso rebautizar a la entidad como NATOME, agregando a la sigla en inglés NATO las letras ME, por Middle East, Oriente Medio. Desde la Casa Blanca pidieron que la OTAN se involucre más en la región y el titular de esa alianza militar, Jens Stoltenberg, recogió el guante con cautela: descartó aumentar tropas en el territorio pero se comprometió a capacitar a las fuerzas locales «para que luchen por sí solas contra el terrorismo».
Las Naciones Unidas no están en sintonía con la alzada belicista. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, aseguró que «el mundo no puede permitirse otra guerra». Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, reclamó  «dar muestras de máxima moderación y mostrar responsabilidad en este momento crucial». Desde el Vaticano, el papa Francisco pidió «reducir la tensión» al conflicto.
¿Está Trump tan loco como parece? ¿Puede adjudicarse el asesinato selectivo de Soleimani solo al imprevisible carácter del presidente estadounidense? El primer mandatario no parece original al inventar guerras o matar opositores. Vale recordar la Operación Venganza que en 1943 ordenó Franklin Roosevelt para ultimar a Isoroku Yamamoto, comandante de las Fuerzas Navales de Japón y cerebro del ataque a Pearl Harbor en 1941.  
¿Qué otra cosa que –masivos– ataques preventivos resultaron las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki a mediados del siglo XX? El presidente de EE.UU. de entonces, Harry Truman, justificó la matanza para detener la continuidad de la Segunda Guerra y la consideró «un sacrificio urgente y necesario para beneficio de Japón y los Aliados». El asesinato de Osama Bin Laden en 2011, ordenado por el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, es otra muestra de la impunidad que gozan los ocupantes del Salón Oval.
«Estados Unidos es la nación más beligerante en la historia del mundo», aseguró James Carter, expresidente estadounidense.  El también Nobel de la Paz describió en 2019 que su país tuvo tan solo 16 años de paz en 242 años de existencia. Por eso, George Bush padre apeló a una guerra cuando en 1990 procuraba el camino a su reelección. Había invadido Panamá un año antes pero la incursión no consiguió la adhesión que esperaba. Tras duplicar la presencia militar en el Golfo Pérsico, Bush lanzó en 1991 la operación Tormenta del Desierto, aprovechando la invasión de Irak a Kuwait. Como recordó el politólogo Atilio Boron en un reciente artículo incluido en su página web, la operación contó con el sostén de la prensa hegemónica para hacer de Saddam Hussein –exsocio de Bush y aliado de EE.UU.– el villano favorito del conflicto. A fines de 1992, Bill Clinton terminaría con la aspiración de un segundo mandato de Bush con un ya célebre argumento: «¡Es la economía, estúpido!».
Sobrevuela en el diferendo el fantasma nuclear. En ese maletín que lleva donde quiera que vaya el mandamás de la Casa Blanca y en la caída del acuerdo que Teherán firmó en 2015 con EE.UU., Rusia, China, el Reino Unido, Alemania y Francia para no desarrollar una bomba atómica. La Casa Blanca se retiró del pacto en 2018 y dispuso nuevas sanciones económicas contra Irán, que ahora aumentó. El país persa se consideraba entonces con derecho a reanudar la fabricación de armamento de destrucción masiva. Y ahora promete poner manos a la obra sin demoras.
No parece haber lugares para neutrales, ni en la tierra ni en el cielo: «Dios está de nuestro lado», dijo Trump; su par iraní juró que «habrá venganza, el crimen (de Soleimani) será una noche oscura, si Dios quiere».