Sabor y autogestión

La parrilla cooperativa Fuegos y Vinos llevó la forma solidaria de trabajo al complejo universo gastronómico. Hoy sus integrantes se enorgullecen del camino elegido y apuestan al crecimiento ofreciendo una amplia variedad de productos y servicios.

Ir al frente. Cirulli, Gómez y Chaile destacan el compromiso de los asociados. (Jorge Aloy)

 

Un lugar de encuentro para amigos y para la familia, junto a la candidez del fuego y la calidez del vino». Así presentan su restaurante los integrantes de la Cooperativa de Trabajo Fuegos y Vinos. El lugar, situado en la intersección de las calles Humberto 1º y Piedras, del barrio porteño de San Telmo, comenzó a funcionar en el año 2010, gerenciada por dos inversionistas que no tenían conocimientos del rubro gastronómico. «Eran conocidos míos y me propusieron trabajar con ellos porque siempre estuve vinculado con este oficio y, como no me animaba a llevar adelante solo este emprendimiento, le dije a un amigo que tenía experiencia en cocina que también se enganche. Así arrancó el negocio», recuerda el parrillero José Luis Cirulli. Al poco tiempo, uno de los inversionistas se retiró y para que el proyecto no se cayera, los trabajadores decidieron autogestionarse. «Al principio no fue fácil porque no se trata de hacer un plato caliente y listo: atrás hay mucho trabajo», comenta Cirulli, actual presidente de la cooperativa.
En los comienzos, Fuegos y Vinos solo ofrecía platos por pedido, de a poco fue montando el salón comedor e incorporando los servicios de catering para eventos. Fue en 2011, con el asesoramiento y la ayuda de la Secretaría de Comercio de la Nación, el ANSES y el INAES, que los trabajadores consiguieron la matrícula como cooperativa y sumaron nuevos asociados. «El acompañamiento del Estado fue fundamental porque los temas de papeles son muy complicados, si bien como cooperativa tenemos algunos beneficios, también hay que hacer más trámites que en otro tipo de empresa», señala Oscar Daniel Gómez, tesorero. Los clientes que fueron ganando en el barrio también colaboraron para que Fuegos y Vinos pudiera continuar. «En esta zona hay muchas oficinas, además de casas particulares, y enseguida logramos armar una buena y fiel clientela que siempre nos compra. Por otro lado –cuenta el síndico Rómulo Chaile–, como vieron que siempre cumplimos y que nuestras comidas son buenas, varias organizaciones sociales y sindicales instaladas en el barrio nos contrataron para hacer eventos. Aunque nuestra especialidad es la parrilla, hacemos lo que nos pidan: sándwiches, minutas, productos de lunch, empanadas, tartas, matambres, pastas», especifica. Si bien las tareas se reparten, todos los asociados están preparados para hacerse cargo de la cocina, la atención de las mesas, la limpieza, las compras y también de los trámites. «Si es necesario quedarnos toda una noche para preparar un pedido para un evento, nadie se queja y todos nos quedamos», dice Chaile.
Por intermedio de Banco Credicoop, entidad a la que están asociados, los cooperativistas se pusieron en contacto con el IMFC y, a través de su Oficina de Proyectos, obtuvieron dos microcréditos con tasa de interés especial para cooperativas. «Nos vino al pelo –dice Cirulli–, con ese dinero pagamos deudas, arreglamos algunos temas de papeles que estaban mal presentados y compramos mercaderías para abastecernos». Por otro lado, a fin de fortalecer el proyecto autogestivo, el IMFC capacitó a los trabajadores en el manejo de costos operacionales. «Aprendimos a calcular mejor. Si bien son números que uno tiene siempre en la cabeza, cuando empezamos a hilar fino, a sumar peso por peso, centavo por centavo, vimos que las cifras cambian cuando uno se organiza», explica el presidente de Fuegos y Vinos. «Hubo momentos que no nos llevábamos casi nada y los últimos meses la cosa se puso más complicada por la devaluación, el aumento de precios y los tarifazos», agrega Cirulli.
Para los cooperativistas, la mejor manera de sostener su fuente laboral es con esfuerzo, unión y ganas de trabajar. Las decisiones en Fuegos y Vinos se toman colectivamente y, aunque no siempre haya consenso, todos están dispuestos a correr riegos y a asumir responsabilidades. «No es sencillo pasar de ser empleado a patrón pero la remamos juntos porque, aunque esta parrilla no es para hacerse millonario, sabemos que nos sirve para mantener una fuente digna de trabajo. Además –concluye el Cirulli–, acá estamos cómodos, nos manejamos con flexibilidad; si alguien necesita tomarse un día porque tuvo un problema o tiene que hacer un trámite, todos lo comprendemos, es un beneficio mutuo que respetamos y valoramos».