Salto a la izquierda

Con un programa enfocado a terminar con el ajuste, la llegada de Syriza al poder marca un cambio de rumbo en el país helénico, que podría repercutir en el resto de Europa. Semejanzas con Argentina.

 

Tsipras. El líder de la coalición obtuvo un histórico triunfo en las elecciones celebradas el pasado 25 de enero. (Messinis/AFP/Dachary)

La victoria de un partido de izquierda en Grecia, la Cenicienta de Europa, parecía un cuento de hadas pero las urnas escribieron una nueva historia. Con el 36,3% de los votos, el líder de la sorprendente coalición de izquierda Syriza, Alexis Tsipras, convirtió en realidad la fantasía al imponerse en los comicios presidenciales sobre el ministro saliente Antonis Samaras, postulante del conservador Nueva Democracia. Un triunfo contundente y amplio que, de todos modos, no evitó que la fuerza de izquierda tuviera que tejer alianzas para formar gobierno. El porcentaje de sufragios obtenidos por Syriza se traduce en 149 diputados en el nuevo Parlamento, dos por debajo de los necesarios para obtener la mayoría absoluta del total de los 300 que lo integran. Así, Tsipras acordó la formación de un gobierno de coalición con el partido nacionalista de derecha Griegos Independientes y juró como primer ministro un día después de la realización de los comicios legislativos. Lejos de suavizar su discurso, el flamante vencedor sostuvo su prédica antiajuste en sus apariciones posteriores a las elecciones. «Nuestra prioridad es hacer frente a las heridas de la crisis, hacer justicia, romper con las oligarquías, el establishment y la corrupción. No habrá desastre ni sumisión. Nuestro objetivo desde el primer día es restablecernos de las consecuencias de la crisis», señaló Tsipras.
Hasta las elecciones del pasado 25 de enero, el guión no preveía un final feliz. Con argumentos pensados por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) y bajo la figura de la canciller alemana Angela Merkel como villana invitada, el país fue castigado por un ajuste que se limitó a acomodar los números de la macroeconomía para volverlos apenas presentables. Los otros números, los de la pobreza, el desempleo, la educación y la salud, no hicieron otra cosa que virar al rojo. «Rojo» y «populista» fueron algunos de los adjetivos que cayeron sobre Tsipras. El recuento de sufragios lo puso en la jefatura de Estado para que cumpla lo que prometió en su campaña: que el pueblo no pague la fiesta de los bancos.
Se votó sin hacer caso a los temores. Y eso que el miedo fue protagonista principal del último tramo de la campaña. Merkel ya venía sometiendo a Grecia con una suerte de chantaje: si ganaba la izquierda, el nuevo gobierno abandonaría el euro, con desastres inimaginables para los griegos y para el Viejo Mundo todo. Esa hipótesis jamás tuvo fundamento. De hecho Syriza nunca se manifestó en ese sentido aunque sí propuso en 2012 un plebiscito no vinculante sobre el tema. Más negaba Tsipras ese rumor, más advertían sobre el peligro de quiebra las voces teutonas, con aliados explícitos e implícitos a lo largo del continente. El gran derrotado en los comicios, la Nueva Democracia, el partido de Samaras, había amenazado al electorado con un mensaje sin indirectas ni eufemismos. «Syriza gana las elecciones. Poco después colapsan las negociaciones entre Tsipras y los acreedores de la deuda griega. Se desata una crisis de liquidez. El Estado se queda sin dinero. Grecia declara el no pago de su deuda. Los turistas dejan de venir. Se dejan de pagar las pensiones. Se acaban el combustible y las medicinas», auguraba uno de los últimos spots de propaganda oficialista. El propio Samaras había jurado que «si Syriza triunfa, Grecia perderá 43.000 millones de euros de inversiones de fondos europeos hasta 2020». Por las dudas, el FMI había suspendido su plan de rescate hasta conocer el resultado de la contienda. Desde 2010, el organismo había derramado 240.000 millones de euros.

 

Pautas claras
Tsipras no se dejó acorralar por los malos augurios y respondió con un plan audaz. «Habrá negociación de la deuda, se negociará sobre una base realista, exigiremos una quita más que importante porque así como estamos no podemos pagarla», afirmó el entonces candidato. Las acreencias externas son el punto débil de una estrategia de ajuste que muestra en superficie un superávit presupuestario primario del 0,7% y un crecimiento del PBI del 1% el año pasado. Ese superávit era la condición que los organismos internacionales de crédito impusieron para no detener la asistencia financiera. Son datos para brindar con ouzo, la bebida típica local, piensan los conservadores. Viendo la mitad (o más de la mitad) del vaso vacío, la deuda externa creció hasta los 320.000 millones de euros, el 177% del PBI. El recorte de la economía llegó con el piadoso nombre de «austeridad», pero, entre otros efectos, esa estrategia trajo índices de pobreza del 30%, reducción del poder adquisitivo del salario del 50%, desempleo por arriba del 25% y los sistemas públicos de salud y educación arrasados. Pero los bancos privados europeos no fueron nada austeros en sus ganancias. Desde 2008 se alzaron con el 75% del plan de rescate pedido al FMI, un pasamanos de euros que dejaron a los menos con los bolsillos llenos y a los más con la panza vacía.
Las recetas liberales indigestaron a los griegos, que reaccionaron eligiendo a quien les propuso una salida por izquierda. Syriza promete lanzar un shock de divisas para atenuar las consecuencias sociales de la crisis. Hablan de 13.000 millones de euros, a obtener con un riguroso control a la evasión fiscal y con menos fondos destinados a pagar los intereses de la deuda. El nuevo gobierno confía en que esa acción inmediata les permitirá elevar el salario mínimo a 751 euros (contra los actuales 500) y ubicar en 700 euros la jubilación base. Se plantea retornar a la plena vigencia de los convenios colectivos de trabajo para proteger una débil estabilidad laboral, aumentando el subsidio al desempleo a 461 euros. Yanis Varoufakis, llamado a ocupar un lugar de decisiones en la política económica del primer ministro Tsipras, había adelantado que «no podemos permitir que haya gente con hambre, durmiendo en la calle, el dinero a destinar es minúsculo comparado con los miles de millones que se destinaban al Banco Común Europeo (BCE). Ellos nos prestaban sabiendo que no teníamos dinero para devolverles. Y entonces nos volvían a prestar para el rescate, pero los fondos volvían a ellos mismos. Si llego a ser ministro de Economía les diré que me asesinen si quieren, que maten a mis hijos, pero yo no pienso seguir con eso».

Mensaje. Partidarios de Syriza exhiben pancartas contra la canciller alemana. (Messinis/AFP/Dachary)

Tsipras llegó al poder con pautas claras de administración. «La deuda no es viable», insistía. Yanis Miliós, otro miembro del equipo económico de Syriza, adelantó medidas con antecedentes actuales en Latinoamérica y otros algo más antiguos en la propia tierra de Angela Merkel. «Impulsaremos la misma solución que se le concedió a Alemania en 1953, cancelando la mayor parte de las obligaciones y pagando el resto con una cláusula de crecimiento».  El nuevo gobierno afronta un colapso que, según Varoufakis, les tocó sufrir a sus compatriotas como les pudo haber tocado a algunos de sus vecinos. «Esta situación –dice el economista– pudo haber estallado en España o en Irlanda, es el resultado de un mal diseño de la Eurozona. Cuando en 2010 nos declaramos en bancarrota nos dieron el préstamo más grande de la historia con la condición de que redujéramos nuestros ingresos. No es necesario ser experto para adivinar que eso no funcionaría. Si estás en bancarrota, no tenés ingresos para pagar tus deudas. Si para arreglarlo, das préstamos para agrandar esa deuda a condición de reducir aún más los ingresos, todo se vuelve imposible. Un niño de 8 años entiende que eso es un acto criminal». A la reformulación de su deuda externa, Tsipras le suma otros ingredientes que espantan a los conservadores: plantea nacionalizar sectores estratégicos que habían sido privatizados durante la época del ajuste. Se propone hacer regresar al Estado los servicios de agua y electricidad, busca volver a tener una línea aérea de bandera e impulsa la creación de un Banco Nacional de Desarrollo.

 

Efecto contagio
Quienes ven a Syriza como una enfermedad, temen al efecto contagio. La presencia de Grecia en la Unión Europea no es, por influencia y capacidad de decisión, relevante. Representa el 2% de la población del conglomerado continental, que tiene en su Consejo directivo a Alemania, España, Francia e Italia. Pero el ejemplo helénico puede ser espejo allí donde se muestra solo una cara de la moneda. El crecimiento de Podemos en tierra ibérica es solo una muestra de cómo puede propagarse una manera distinta de querer cambiar las cosas. Se trata de un partido por fuera de las estructuras tradicionales que analiza una salida progresista donde otros insisten en rutas ortodoxas. Las elecciones en Grecia ponían en contraste dos modelos. La propuesta de Samaras era más de lo mismo. Ofertó mantener el achique del Estado y complacer las indicaciones de los acreedores externos. Insinuó una baja en los impuestos como último anzuelo. El electorado no picó.
«La gente no nos elige porque les prometemos el cielo y las estrellas. Nos elige porque les decimos la verdad», aseguraba Rena Dourou cuando en setiembre pasado se alzaba con la gobernación de Ática, una región tan grande como Bélgica, donde viven el 40% de los 11 millones de griegos. Aquella fue la señal que demostró a propios y extraños que los sueños de la izquierda de tomar el control del país no eran meras utopías. Fueron esas utopías las que abrigaron las revueltas populares en Atenas y alrededores, allá por 2008. Dos años antes, el joven Tsipras obtenía un 10% de los votos en las elecciones municipales. Syriza empezó a hacerse oír en los comicios nacionales en 2009. Obtuvieron un módico 5%, pero Tsipras resultó electo diputado nacional y fue nombrado jefe del bloque de la izquierda. El partido trepó al 27% en junio de 2012. Esas elecciones quebraron un bipartidismo de cuatro décadas, conformado por Nueva Democracia y los socialistas del Pasok. Ambas fuerzas sumaban el 89% de las preferencias en 2009 pero reunieron el 35% tres años después. El fenómeno del mandatario electo altera los nervios de quienes vieron en Grecia un ensayo para extender en Europa idénticos planes de ajuste. Les salió mal, la gente les dio la espalda. Tsipras nunca ocultó sus simpatías por Hugo Chávez ni por la resistencia a los modelos capitalistas que se registraron y registran al sur de Río Bravo, en el continente americano. Supo tener reuniones en Bruselas, sede de la Unión Europea. También visitó Frankfurt y Berlín, en entrevistas públicas y privadas. Eso no le impidió declarar, entre otras cosas, que «la amenaza para Europa no es Syriza, es Merkel». Ahora le llegó el tiempo de dejar la tribuna y gobernar. Lo eligieron para que no siga la senda hacia el abismo. Parece preparado. Resta saber su margen de maniobra, millones de griegos confían en que, por fin, enderece el rumbo.

Diego Pietrafesa