Sueños y pesadillas

La perspectiva de un mundo donde todos los objetos y dispositivos electrónicos estén conectados y funcionen de manera inteligente promete más confort pero encierra también nuevas amenazas. El riesgo de perder el control sobre la propia vida.

Mirada al futuro. Maqueta de una casa inteligente en el congreso de Internet de las Cosas realizado en setiembre de 2015 en Barcelona. (Lago/AFP/Dachary)

 

Si las utopías de algunas siglos o décadas atrás prometían llegar tras la lucha política y auguraban cosas como «igualdad» o «libertad», los futuros promisorios actuales vienen en clave tecnológica y tienen más que ver con el confort y la eficiencia. La próxima revolución, al parecer, no será con sangre y en las calles, sino calentitos y en casa. La nueva utopía se llama «Internet de las cosas» y promete conectar todos los dispositivos electrónicos, desde la cafetera hasta el aire acondicionado, e incluso las calles de la ciudad, para hacerlas «inteligentes», es decir, más eficientes, manejables a la distancia y productoras de datos para mejorar aún más su potencial. Así se lograría, además de nuestro confort, resolver problemas de transporte, ecológicos y limitaciones productivas. La contracara distópica de este paraíso tecnológico es un menor control sobre tareas que se automatizan y escapan a nuestros deseos junto con ingentes cantidades de datos que son apropiados sobre todo por empresas privadas o el Estado. Pero vayamos por partes.

 

Hasta el infinito
Probablemente la Internet de las cosas más conocida comienza por casa. Se la llama «domótica» y refiere a la automatización de los hogares. En una casa inteligente, por ejemplo, un despertador que suena no solo nos despierta a nosotros sino también a los aparatos interconectados de la casa: la cafetera comienza a calentar el agua, el termotanque se enciende, la persiana se levanta de a poco dejando entrar algo de luz, se eleva la temperatura de la cocina como nos gusta y, antes de que se encienda la radio, una voz nos indica el estado del tráfico y nos recuerda las actividades de nuestra agenda, pero le respondemos que borre la reunión de las tres porque se canceló.
¿Cuánto de este nuevo mundo está entre nosotros? Solo algunas cosas, pero las demás están en camino. Para dar cuenta de que esta realidad ya se mide en dinero contante y sonante, se puede mencionar que en enero de 2014 Google compró la empresa de termostatos Nest por 3.200 millones de dólares. ¿Por qué una de las mayores corporaciones globales podría invertir en una tecnología tan simple y antigua? Nest no produce cualquier tipo de sensores sino unos que además de ser «inteligentes» aprenden de los hábitos de sus dueños, sus temperaturas preferidas, sus horarios; también puede manejarse desde el celular a través de Internet y permiten un sustancial ahorro de energía porque, por ejemplo, ya nadie olvidará la estufa encendida antes de salir.
Los termostatos de Nest son una señal sobre el camino que están tomando otros objetos. Por ejemplo, Echo es un pequeño dispositivo lanzado por Amazon que responde a nuestra voz; se le puede pedir que nos diga la hora, las noticias, agregue un producto a la lista de compras, apague las luces o trabe la puerta (si es que las luces y la puerta son inteligentes, claro). La lista de aparatos que se podrían conectar es amplia: Nespresso lanzó una cafetera que se controla a través de una app ya disponible en iTunes. Una firma italiana desarrolló el primer sofá inteligente hecho con módulos que se acomodan a gusto de cada persona y se maneja desde una tableta. Hay hueveras que avisan cuando se están vaciando. Puertas para perros que reconocen a nuestra mascota pero no se abren frente a otra. La lista de inventos concretados o posibles sigue hasta el infinito, desde lo más pueril a ideas geniales.
Este tipo de tecnología puede aplicarse a otros ámbitos. Entre los más mencionados están las «ciudades inteligentes»: con un buen conocimiento acerca de los desplazamientos urbanos gracias a sensores, se puede ajustar en tiempo real el comportamiento de los semáforos para garantizar el mejor flujo del tráfico, sugerir a los conductores caminos alternativos o rediseñar los itinerarios del transporte público. En lugar de hacer costosos estudios sobre el uso del agua, el transporte o la electricidad para hacer infraestructuras estáticas, la promesa de las ciudades inteligentes se basa en su capacidad de adaptarse fácilmente a los cambios gracias a los datos y estructuras flexibles. En Santander, ciudad al norte de España, desde 2009 se implementan medidas para desarrollar la «inteligencia» de la urbe. Se han instalado miles de sensores con una variada gama de funciones: medir la humedad para decidir si un parque necesita ser regado y ahorrar agua, indicar espacios libres para estacionar y reducir las vueltas de quienes los necesitan, dar idea de la disponibilidad en centros de salud o gestionar la basura. Eso es lo que se sabe que se puede hacer, pero al recopilar y compartir grandes cantidades de datos centralizados en una sola plataforma, el gobierno de la ciudad espera que las empresas y universidades locales generen nuevos servicios para mejorar la eficiencia de todo.

 

Como en botica
Hay quienes prevén que para 2020 habrá 50.000 millones de objetos conectados a Internet. Esto plantea varios desafíos y uno de los mayores es hacerlos funcionar de la manera más simple y articulada posible, lo cual requerirá sistemas más eficientes en las conexiones para no colapsar las redes. Los datos se acumulan en la nube, que, como se sabe, no es más que la computadora de otra persona. ¿Qué garantía hay sobre un uso adecuado de los mismos? Cuando se lanzó la SUBE en Argentina se generó una controversia acerca de qué pasaría con los datos privados producidos por millones de pasajeros diariamente, sobre todo de aquellos que asociaron la tarjeta con su identidad para cargarle dinero o recibir una tarifa subsidiada. Si bien se puede considerar esta situación como un avance sobre la privacidad, el Estado utiliza la información para múltiples cosas: saber realmente cuántos pasajes se venden por día, cobrar impuestos o dar subsidios, planificar mejor la distribución de los medios de transporte, registrar horas pico, etcétera. La agregación de datos individuales es fundamental para la planificación. Ahora bien: la Internet de las cosas lleva la cantidad de datos acumulados a un nivel brutalmente superior y, para peor, ni siquiera es un Estado con autoridades democráticamente elegidas el que los gestiona, sino empresas que seguramente podrán usarlos para pensar cómo mejorar su negocio y alcanzar posiciones dominantes e inamovibles.
Por otro lado, como los dispositivos se conectan entre sí, alcanzará con una puerta abierta en uno de ellos para alcanzar otros que guarden algún tipo de información sensible. Un detector de incendios inteligente capaz de enviar un aviso al celular parece una idea genial; el problema es que el desarrollado por Samsung, según comprobaron investigadores de la Universidad de Michigan, tenía una fallo que permitía a los hackers entrar en él y disparar la alarma en cualquier momento. Otros investigadores pudieron neutralizar un sistema de alarmas para el hogar de la empresa Comcast ¿Qué pasaría si se masificaran las cerraduras inteligentes y alguien encontrara un fallo por donde entrar? ¿Y si se accediera al sistema de semáforos o de electricidad de una ciudad?
Cámaras que guardan información y la envían al fabricante, impresoras que avisan a un tercero lo que imprimen, teléfonos que funcionan como micrófonos ocultos: no hay nada nuevo en eso, como sabemos gracias al exespía de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Edward Snowden, pero se ampliaría brutalmente la escala si no hay un cambio profundo en la lógica de seguridad de quienes desarrollan hardware y software, sobre todo las grandes corporaciones. Las tarjetas de crédito internacionales saben más sobre los hábitos de consumo de los ciudadanos que sus propios gobiernos; algo similar podría ocurrir ahora con los fabricantes de cafeteras o aires acondicionados. ¿Se podrá reglamentar en la práctica lo que pasa con esos datos?
Gracias a la tecnología y la velocidad de su despliegue, cuesta visualizar si el avance permitirá una eficiencia capaz de llegar a todos o si, en cambio, estaríamos cediendo demasiado control sobre nuestra propia vida. Resulta difícil concluir qué parte del oxímoron de esta utopía distópica terminará siendo más acertada.