Trump bajo la lupa

El magnate estadounidense profundizó los enfrentamientos internacionales y avanzó con reducciones de impuestos en favor de los más ricos. La subestimación de la pandemia, las protestas contra los crímenes raciales y el desafío demócrata condicionan su reelección.


(Loeb/AFP/Dachary)

En julio de 2016, un excéntrico millonario era consagrado candidato a la presidencia tras la primaria de los republicanos. Ridiculizado hasta en algún capítulo de Los Simpson, Donald Trump era lo más alejado que podría pensarse de un sucesor de George Washington. Los demócratas, con todo el aparato partidario, habían logrado colocar como aspirante al cargo a Hillary Diane Rodham, esposa de Bill Clinton, ex secretaria de Estado de Barack Obama y con los mejores auspicios de Wall Street, el complejo militar industrial y el establishment mediático. La ex primera dama ganó en las urnas por unos tres millones de votos de diferencia, pero (maravillas del sistema electoral estadounidense) Trump se quedó con la presidencia. A cuatro años de aquella sorpresa, Estados Unidos se dispone a someter este Gobierno a un plebiscito donde los ciudadanos deberán decidir sobre los cambios más radicales en la política de la principal potencia mundial, quizás desde la irrupción de Franklin Roosevelt en 1933.
En el plano exterior, Trump rompió con todos los acuerdos que la dirigencia había profundizado –con sus diferencias– hasta ese momento. No tardó nada en tirar a la basura los TTIP, TPP y NAFTA, tratados de libre comercio firmados por Barack Obama con países de la cuenca del Pacífico y el Atlántico los dos primeros, y con Canadá y México establecidos en tiempos de Clinton, el otro. Además, se retiró del pacto 5+1 con Irán, trabajosamente logrado entre las cinco naciones con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y Alemania para controlar el plan nuclear de Irán. También le dio un portazo al Acuerdo de París por el cambio climático, se retiró de la UNESCO, de los acuerdos misilísticos con Rusia y, ya este año, de la Organización Mundial de la Salud.
«Fue un volantazo sobre lo que venían haciendo las administraciones anteriores», resalta Telma Luzzani, autora de Territorios vigilados. Cómo opera la red de bases militares norteamericanas en Sudamérica. Para Gabriel Puricelli, coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, Trump «se salió de todos los consensos preexistentes» en todos los terrenos.


Desdén. Tras discurso de Trump, Pelosi rompe su copia con Pence a su lado. (NGAN/AFP/Dachary)

Este giro también se revela puertas adentro. Ganó la presidencia con un discurso de contenido xenófobo, atribuyendo a los mexicanos en particular, y a inmigrantes en general, muchos de los males que padece la sociedad estadounidense en cuanto a inseguridad y pérdida de empleos. Puricelli consigna que Trump «consiguió rebajas de impuestos en una escala a la que los propios republicanos no se habían animado nunca, desregulaciones y retrocesos en cuestiones ambientales inéditas. Es el tipo que más radicalmente ha defendido los intereses más egoístas de los plutócratas».
Su período presidencial termina en medio de una pandemia a la que minimizó, atravesado por un conflicto racial que no se veía desde los años 60, culpando de todos los males a China y acudiendo a argumentos que eran habituales en esos años de Guerra Fría, como el fantasma del comunismo.
En épocas electorales, cualquier recurso puede ser útil. Y elegir un enemigo siempre paga en las urnas, como lo demuestra la historia estadounidense. De allí que el primer eslogan, con el que llegó al Salón Oval en 2016, fue «Hacer grande a Estados Unidos nuevamente» (MAGA, por sus siglas en inglés) creado para la campaña de Ronald Reagan en 1979. Ahora, tras la revuelta popular por el asesinato de George Floyd, sacó del arcón «Ley y orden», el lema que usó Richard Nixon, otro republicano, en 1974.
Se trata de frases que calan hondo en una sociedad atravesada por una lenta decadencia, que se nota en los bolsillos del común y también en la influencia de EE.UU. como potencia. Lo curioso es que Trump, con un tono siempre desafiante y un mohín que hace recordar gestos de Benito Mussolini, salvando las distancias, termina su mandato sin haber iniciado ninguna guerra. Ni siquiera Obama, que ganó un Premio Nobel de la Paz en 2009, puede jactarse de eso.


Minesota. Manifestantes exigen justicia por el asesinato de George Floyd. Las protestas contra el racismo se extendieron a todo el país. (Yucel/AFP/Dachary)

Y quizás en este detalle podría buscarse un perfil posible de Trump. Porque desde que ganó la elección comenzó a ser fustigado por eso que llama el Estado Profundo, el conjunto de instituciones que al decir de Silvina Romano, integrante del área de Estudios Nuestroamericanos del CCC Floreal Gorini e investigadora adjunta de CONICET, «toman decisiones sobre política exterior entre bambalinas sobre objetivos a mediano y largo plazo que trascienden a cada presidente». Ahí, agrega Romano, se juntan empresas transnacionales, lobistas, funcionarios y ocupan un rol clave los grandes medios hegemónicos de Estados Unidos y una coalición bipartidaria no expresada sobre la mesa. Contra estos factores Trump viene batallando desde que decidió postularse a la presidencia.
Si en Argentina la dirigencia política hizo carne que ningún mandatario resiste más de tres tapas de Clarín en contra, hasta que Cristina Fernández mostró que no era tan así, en Estados Unidos pasaba algo parecido con The Washington Post y The New York Times, especialmente desde que Richard Nixon tuvo que renunciar por el escándalo de Watergate. Aunque Trump parece disfrutar de ese «palo y palo» contra la «gran prensa».
Eso sí, en su primer mes en el Gobierno debió desprenderse del asesor en Seguridad Nacional, el general Michael Flynn, acusado de haber mantenido encuentros con diplomáticos rusos. Rusia fue una constante en la agenda anti-Trump. Los medios y el entorno de Clinton siempre atribuyeron su derrota a la influencia del ciberespionaje ruso en favor de Trump. A pesar de que lo intentaron por todos los medios, no lograron ponerlo contra las cuerdas.
«Trump es disruptivo, no expresa a los grupos económicos y del establishment anteriores, por eso tuvo que echar a John Bolton (su tercer asesor en esa cartera)», explica Pablo Pozzi, extitular de la cátedra de Historia de Estados Unidos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Enemigo transparente
La expulsión de Bolton se conoció por un tuit del presidente, donde lo denigró impiadosamente. La venganza se produjo recientemente con un libro donde Bolton deja mal parado al presidente a quien, a pesar de ser militante republicano, llama a no votar en noviembre.
Pozzi reflexiona que en el país del norte «las peleas se hacen normalmente en la oscuridad, pero con Trump se hicieron a plena luz del día». Romano añade que el presidente «incomoda porque muestra sin doble moral qué es EE.UU. y qué es el imperialismo estadounidense». Y en esto coincide, llamativamente, con el jefe de Estado sirio, Bashar al Assad, quien lo alabó como el mejor mandatario: «Todos los presidentes estadounidenses cometen crímenes, terminan ganando el Premio Nobel y aparecen como defensores de los derechos humanos y de los principios occidentales “únicos” y “brillantes”, pero son delincuentes que solo representan los intereses de los grupos de presión estadounidenses, de las grandes corporaciones en armas y petróleo. ¿Qué más queremos que un enemigo transparente?».


Luzzani. Estrategias electorales frente al nuevo desafío demócrata.

Pozzi. «Las peleas con Trump se hicieron a plena luz del día.»


Puricelli. El presidente republicano «se salió de todos los consensos prexistentes.»


Romano. «Trump incomoda porque muestra sin doble moral qué es Estados Unidos.»

Un dato adicional: desde que Trump llegó al poder, el grupo yihadista Estado Islámico prácticamente desapareció luego de años de atrocidades en Oriente Medio y de un avance que parecía arrollador en la construcción de un territorio de características medievales en zonas de Irak y Siria. Quienes atribuían el respaldo a ese grupo al Departamento de Estado ganaron argumentos en su favor.

¿Aislacionista?
Otro dato importante: cuando Trump reconoció oficialmente a Jerusalén como capital de Israel (2017), se limitó a aplicar una ley aprobada por el Congreso –con votos bipartidarios– en 1995. Puede agregarse que su embestida brutal contra Venezuela se basó en una orden ejecutiva de Obama de marzo de 2015 que declaró al Gobierno bolivariano como una «amenaza a la seguridad de Estados Unidos». Contra Cuba, en cambio, Trump volvió a las viejas prácticas de acoso constante que su antecesor había reconocido como un fracaso.
Analistas como Tierry Meyssan, creador del portal Voltairenet, incluyen a Trump en el club de los aislacionistas, una tendencia en retroceso en la política de EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial. De allí que otro de los choques con el Estado Profundo sea su deseo de retirar tropas del exterior.
Trump había establecido un acuerdo con los talibanes para la pacificación de Afganistán, un país en el que las fuerzas armadas estadounidenses están empantanadas desde 2003. El acuerdo no cayó bien en el establishment, que se lo hizo saber vetando en el Congreso la ley para el retiro de tropas a fines de julio pasado.


Otro tiempo. Con el premier chino Xi Jinping, en la cumbre del G-20 celebrada en Osaka, en 2019. (Smialowski/AFP/Dachary)

Otra piedra en el zapato del Departamento de Estado fue su acercamiento con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un. «Hizo todo un show –recuerda Romano– pero luego no pasó nada. Y eso molesta en el establishment, Trump no mantiene las formas del trato diplomático». Sin embargo, EE.UU. y Corea del Norte firmaron un acuerdo de paz que puso fin oficialmente a la guerra desarrollada entre 1950 y 1953.
El «América primero», otro de los lemas en estos años, es un intento de recuperar las industrias que emigraron a China o a México en el marco de una globalización que parecía indetenible y provocó la pérdida de millones de puestos de trabajo dentro de Estados Unidos. Ese electorado de cuello azul, por la ropa de trabajo en las fábricas, en 2016 le dio el voto a Trump, dicen muchos analistas, porque el otro que prometía ocuparse de ellos, Bernie Sanders, no fue el candidato de los demócratas.
Para Romano, Trump pretende que EE.UU. recupere su músculo industrial. Por eso Puricelli entiende que sería errado pensar que Trump está en contra del establishment: «Él no descuida fortalecer las capacidades exportadoras de la industria bélica de EE.UU.». Y puntualiza que si bien «no inicia ninguna guerra, le vende armas a Arabia Saudita para derrotar a hutíes en Yemen. En consecuencia, «no se involucra como Estado directamente en ningún conflicto y tiende a reducir la presencia militar, pero sin descuidar al complejo militar».
Otra constante en la gestión de Trump: decir una cosa, hacer lo contrario, pegar la vuelta sobre sus pasos sin preocuparse por las contradicciones. Esa práctica también va a las urnas en noviembre.