Trump y Jerusalén: jugar con fuego

La decisión del presidente de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como la capital del Estado de Israel y trasladar su embajada de Tel Aviv a esa ciudad provocó una conmoción. Donald Trump prometió en su campaña electoral que lo haría. Y cumplió. Aunque la declaración por sí misma no tenga un efecto ni siquiera vinculante, en lo político-simbólico le entrega un cheque en blanco al gobierno israelí en su relación con los palestinos.
En 1947 Naciones Unidas dividió el territorio conocido como «Palestina bajo mandato británico» para que naciera un Estado judío y uno árabe, y que Jerusalén se mantuviera como una ciudad internacional, lo que nunca sucedió porque la posterior guerra terminó partiendo la localidad en dos: la parte occidental en el Estado de Israel y la oriental en Jordania.
Israel en 1967 conquistó el tramo oriental que estaba en manos de Jordania y –pese a las resoluciones de Naciones Unidas que la conminaban a retirarse– decidió anexarlo, algo que nunca fue reconocido por el máximo organismo internacional. Por este motivo, ningún país tiene su embajada en Jerusalén, dado que implicaría avalar lo que hace Israel. Esto último, justamente, es lo que acaba de realizar Trump. En un discurso llano que incluyó referencias a una «paz» absolutamente abstracta, el mandatario gritó a los cuatro vientos que Israel puede hacer lo que quiera, cómo quiera y dónde quiera porque tiene el apoyo de la primera potencia mundial, ahora comandada por alguien que lo dice sin tapujos ni lenguaje diplomático. Si bien varios presidentes estadounidenses habían expresado la misma idea que Trump, ninguno se atrevió a dar el paso de hacer pública una declaración que podría representar una provocación hacia el mundo árabe e islámico y un paso en falso con consecuencias imprevisibles. Trump lo hizo.