Un dandy para Pakistán

En el marco de su breve historia democrática, el país tendrá como primer ministro al exjugador de cricket Imran Khan, quien abre interrogantes debido a su vínculo con el Ejército y sus posiciones políticas controvertidas. La crisis económica, principal desafío.


Vencedor. El líder del partido PTI dirige un mensaje a sus seguidores luego de los comicios. (RIZWAN TABASSUM/AFP/DACHARY)

Lo llaman «populista» pero también «playboy». El nuevo primer ministro de Pakistán tiene una historia de película. Nació en una de las ciudades más ricas del país, estudió luego en Oxford, Inglaterra, fue una estrella del deporte y le dio a su nación el único campeonato mundial de cricket, un logro que lo catapultó a la fama. Fue amigo de Lady Di, se codeó con los músicos Mick Jagger y Sting, conoció museos y bares del planeta todo. Regresó para hacer obras de caridad y fundar un partido político y, contra muchos pronósticos, derrotó en las urnas a las dos agrupaciones que habían escrito la breve historia democrática de esa geografía en las últimas siete décadas.
Desde que en 1947 el abogado inglés Cyril Radcliffe, sin pisar jamás el territorio, trazó sobre un mapa la línea que dividiría a la India de Pakistán, es la segunda vez que un gobierno completa su mandato y es remplazado por la vía democrática. Imran Khan, del Tehreek-e-Insaf (PTI), será el nuevo mandatario. Dejó atrás a Shehbaz Sharif, de la Liga Musulmana Nawaz (PMLN), candidato oficialista. Esa agrupación iba a presentar a su hermano Nawar, quien gobernó en tres períodos. Lo encarcelaron poco antes de la contienda, condenado a diez años de cárcel por su aparición en los Panamá Papers. Cerca, pero lejos del poder, quedó el Partido del Pueblo Pakistaní (PPP), de Bilawal Bhutto. Se trata del hijo de Benazir Bhutto, la dos veces primera ministra que murió asesinada en 2007, cuando intentaba postularse a una tercera gestión.
La violencia fue moneda corriente en la reciente campaña electoral. En las dos semanas previas a los comicios se registraron más de 100 atentados, con una lista de víctimas fatales que superó las 250. En Mastung, una de las zonas más pobres e inestables del país, un atacante suicida se detonó y mató a 135 asistentes a un mitín. De inmediato se lanzaron a rodar tropas del Ejército y sospechas. Unos 370.000 uniformados verde oliva se presentaron en los 8.000 colegios electorales para, se dijo, resguardar la votación. «Van a garantizar el fraude», protestaron muchos dirigentes de varios partidos. Difundidos los resultados, Sharif alertó sobre «fraudes tan flagrantes que todo el mundo se puso a llorar». Bhutto agregó que el proceso para elegir autoridades fue «imperdonable y escandaloso». Estados Unidos dio un solapado respaldo al resultado que consagró a Khan. Desde la Casa Blanca destacaron «el valor del pueblo pakistaní al acudir a las urnas para determinar el futuro de su país», aunque señalaron que el proceso electoral tuvo «defectos». Los veedores de las Unión Europea, también cautos, apuntaron a «restricciones a la libertad de expresión y desigualdad de oportunidades en la campaña».
Las Fuerzas Armadas, que manejan varios de los hilos del sistema aunque nadie las haya elegido, se habían pronunciado implícitamente a favor del hombre del PTI. Consideraron a Khan como el más controlable de los postulantes. El servicio de inteligencia local (ISI) fue denunciado por presionar a dirigentes políticos para que apoyaran al dandy, varios medios de comunicación se quejaron de las presiones que recibieron para sostener la candidatura de Khan en desmedro de sus competidores. Pakistán tuvo, sumados, 30 años de gobiernos militares. Esa larga cosecha dio frutos. Se acusa al ISI de tener una política exterior paralela, de financiar grupos terroristas en Cachemira y Afganistán y de perseguir a aquellos actores sociales considerados «peligrosos».


Mujeres. Marcha opositora contra el fraude. (ASIF HASSAN/AFP/DACHARY)

«Mi modelo es el estado de bienestar establecido en Medina en tiempos del profeta», declaró Khan, en alusión a la segunda ciudad santa del Islam, sitio donde está enterrado Mahoma. La referencia apunta alto, pues ubica temporalmente al momento de esplendor de los musulmanes. Y también pone en relieve el marcado contraste entre la vida despreocupada y frívola de Khan mientras era una figura farandulesca y este mandatario que abraza ahora a los sectores religiosos más radicalizados, al punto que no le incomoda que lo hayan rebautizado como «Talibán Khan». Pakistán es hoy el sexto país más poblado del mundo, posee armamento nuclear y se ubica estratégicamente al lado de India, China, Irán y Afganistán.

Herencia y apoyos
El mandatario electo afronta desafíos que él mismo resumió así: «Los agricultores no reciben paga alguna por su duro trabajo, 25 millones de niños están fuera de las escuelas, no le damos a la gente agua potable y nuestras mujeres mueren al parir porque no tienen una atención sanitaria básica». Una tasa de analfabetismo del 42% completa un panorama de severo diagnóstico. En los discursos preelectorales, el PTI también había prometido dar una contundente batalla contra la corrupción, acaso para corresponder a la etimología de Pakistán, «país de los puros».
Si bien votó apenas la mitad del padrón, Khan encontró su sustento electoral mayoritariamente en los jóvenes y en los sectores medios. Deberá aportar una salida arriesgada a la crisis económica que su país padece. La administración saliente se encontraba negociando un auxilio del Fondo Monetario Internacional, que por ahora quedó en suspenso. El déficit comercial es de 18.000 millones de dólares. Un cuarto de la población vive con menos de dos dólares al día. La rupia se devaluó un 22% desde diciembre. Frente a esa coyuntura, la propuesta del líder del PTI plantea un shock de inversiones públicas y obras de infraestructura. Prometió diez millones de nuevos empleos y la construcción de cinco millones de viviendas a precios accesibles.
Khan tuvo que formar gobierno con partidos menores ya que no obtuvo mayoría parlamentaria. Es el hombre que donó el más moderno centro oncológico del país, el que apoyó la ley de blasfemia que pena con la muerte a todo aquel que insulte a Mahoma, el que asegura que «no habrá venganzas» para sus derrotados políticos, el que califica al jefe del Ejército como «la persona más democrática que he conocido», el que promete austeridad en el manejo de los fondos púbicos y una dedicación especial a los pobres, el que el escritor Salman Rushdie describió como «un dictador a la espera de su turno». Todas esas facetas conviven en el nuevo líder de Pakistán, resta saber cuál de ellas se impondrá.