Un hombre del sur

Hace muchos años Joan Manuel Serrat decía que el norte y el sur no coinciden con los puntos cardinales. Serrat lo explicó claro: «El norte es el poder y el sur es todo aquello que pelea contra lo injusto». Sin saberlo estaba dando en la clave para comprender el significado de Maradona, un hombre del sur. Cuenta Fernando Signorini que, antes de llegar a Nápoles, Maradona le había dicho que quería ser el ídolo de los niños pobres de la ciudad porque eran como había sido él de chiquito en Villa Fiorito, dos ciudades del sur; del sur pobre. Maradona llegó a Nápoles en plena década del 80 del siglo pasado, cuando la ciudad atravesaba una profunda crisis, una más en la larga historia del sur pobre de Italia. Por eso no fue casual que el éxito allí fuera interpretado como un triunfo del sur pobre frente al norte rico y aristocrático. De manera similar, el triunfo sobre los ingleses en el Mundial de 1986 fue visto como una revancha por la derrota en Malvinas, cuatro años antes. Mirado retrospectivamente tampoco fue casual que se acercara a Fidel y a Cuba, donde vivió durante cinco años. Pero es posible que la Cumbre de las Américas marcara un antes y un después. Su participación en el acto del «No al ALCA» fue decisiva y contribuyó a estrechar el vínculo con los líderes populares latinoamericanos. De allí en más manifestó su apoyo a Néstor Kirchner (y luego a Cristina Fernández), a Chávez y Nicolás Maduro, a Lula y Dilma Rousseff y a Evo Morales, con quien trabó una amistad particular por su reivindicación de La Paz como sede de Bolivia para las eliminatorias. Y la frutilla del postre llegó mientras dirigía en los Emiratos Árabes Unidos. Allí dijo ser «el hincha número uno de Palestina». Con el correr de los años sus detractores pasaron a ser quienes se alineaban con el norte y no podían tolerar su cercanía con los líderes populares. Lo que no podían tolerar era que, en definitiva, Maradona nunca se fue del sur.