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Una fábrica en casa

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Maximiliano Bertotto es ingeniero y fue galardonado en los Premios Innovar. Inventó una impresora de objetos capaz de «crear» un juguete, una pared o una pieza de repuesto sólo con un clic.

 

La invención de Bertotto. El ingeniero y su impresora. Los objetos son construidos capa a capa, a partir de una mezcla termoplástica. (MartÍn Acosta)

Cuando era pequeño se interesaba por todo, en especial por la parte oculta de las cosas. El dorso de las hojas de los árboles, por ejemplo, le llamaba la atención, y aún hoy conserva esa curiosidad primera en la casa donde recibe a Acción, que está cubierta de plantas de todos los tamaños y formas. Maximiliano Bertotto, este ingeniero porteño de 36 años, creció con ese afán de cuestionarlo todo. Primero concentró su atención en los prototipos y las maquetas –el esqueleto de las creaciones– y más tarde, hace menos de dos años, lo atraparon los enigmas de una tecnología rara: la que hace posible imprimir los objetos en tres dimensiones. Una computadora, un archivo digital y, un clic después, la máquina devuelve en materia lo que el usuario ordena.
Las horas de experimentos y estudio llevaron a Bertotto a ganar en 2012 el Premio Innovar, otorgado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación. Lo distinguieron por la impresora 3D que ideó en el seno de su empresa, Trimaker, desde donde se preparó el prototipo ganador.
El robot, en este caso, construye la pieza capa a capa, a partir de una mezcla termoplástica que sustituye la tinta habitual en la impresora. El aparato opera bajo las órdenes de un software de control que se encarga de manipular, visualizar y procesar los archivos almacenados en la computadora. Y remarca Bertotto que todos los componentes de este proceso (que parece de ciencia ficción) son nacionales, incluidos los insumos.
La idea primera de esta tecnología, sin embargo, surgió lejos de nuestro país: la impresión 3D irrumpió en el siglo pasado, en la década de los 80, de la mano de industrias estadounidenses o europeas que buscaban más competitividad. Pero es en los últimos años cuando se ha puesto de manifiesto su capacidad para penetrar en el ámbito profesional y en el doméstico, gracias a su precio más reducido y su diseño más compacto.
Y si bien los primeros usos correspondieron al sector espacial (las piezas complejas de las aeronaves estrenaron el invento), en la actualidad la lista de objetos que aportan las impresoras domésticas se extiende a cualquier rubro: unos anteojos, una vajilla o una lámpara de led. «Por ahora la mayoría de impresoras utilizan un solo material (el más popular es el plástico), aunque la inversión privada se está concentrando en la posibilidad de mezclar materias primas para que sea posible imprimir objetos complejos», explica Bertotto. Será posible, por ejemplo, reunir la goma, el metal y el plástico, y fabricar un reloj de pared, como quien exprime un jugo de naranja.
Y mientras se perfecciona la técnica, los usos profesionales se disparan con los modelos que están en el mercado: quienes apuestan ya por lo 3D son en su mayoría arquitectos, diseñadores o ingenieros que ven abaratar significativamente los costos de sus proyectos en la etapa de elaboración de prototipos. Se reduce la inversión de tiempo y dinero destinados a elaborar interminables planos detallados y maquetas diminutas.
Las nuevas máquinas simplifican la vida, hay unanimidad, aunque todavía el recorrido de esta tecnología no ha hecho más que empezar.
Para alcanzar la previsión más optimista hay que superar aún algunas barreras. Entre ellas, tal como señala Bertotto, la del precio. La tecnología debe depurarse un poco más para que la impresión 3D se popularice con el beneplácito del bolsillo. Por lo pronto, una de las empresas líderes a nivel mundial, la estadounidense Maker Bot, vendió el año pasado 13.000 unidades de su 3D Replicator, a un precio de entre los 2.000 y los 2.700 dólares cada una. A pesar del boom, el neoyorkino a cargo, Bre Prettis, recuerda que estas copiadoras «necesitan paciencia, conocimiento y sentido de la aventura». Y según el ingeniero porteño, la síntesis de esa frase es precisamente otra de las carencias, otro de los obstáculos que saltar: los usuarios todavía no están acostumbrados a manipular esta tecnología.

Cosas maravillosas. Piezas de ajedrez, pulseras y juguetes recién fabricados. (MartÍn Acosta)

La novedad pasa por familiarizarse con los archivos digitales 3D. Pueden crearse a partir de un programa especial, como el CAD, o bien obtenerlos en páginas web específicas que ya funcionan como supermercados gigantes. Algunos de los sitios con más «stock virtual» son Cadfiles o Thingivers, donde miles de piezas potenciales desafían los límites de la manufactura tradicional. Y es que aquí el consumismo consiste en llenar el carrito virtual de archivos, que el usuario trasformará luego –impresora 3D mediante– en unos aros, una azucarera, un destornillador o incluso un arma.
La incertidumbre que planea sobre este panorama feliz es: ¿seremos capaces de prescindir de los negocios físicos y tomar el mouse, en cambio, para satisfacer nuestras necesidades? Bertotto explica que el cambio de hábito es un paso fundamental para la popularización de las impresiones 3D. «Es necesario familiarizarse con la elaboración de objetos propios en casa», asegura. Y derrumbar los cimientos de la mentalidad anterior no es rápido ni fácil, pero las grietas empiezan a aparecer y dan alas para las estimaciones más arriesgadas.
La revista británica The Economist, por ejemplo, compara la impresión 3D con la aparición del motor de vapor, el transistor o la prensa: «La impresión 3D sabotea las economías de escala, porque permite crear con la misma facilidad un ítem o 10.000. Y eso puede provocar un cambio tan importante en el mundo como lo hizo la aparición de las fábricas».
Por su parte, The New York Times, en un artículo publicado recientemente, describe en boca de un abogado especializado en tecnología el modo en que con la eliminación del trabajo manual, «la impresión 3D podría poner al día las economías de producción y revitalizar la industria estadounidense con creatividad y ingenuidad, al no existir ya la preocupación en torno a la fabricación de productos variados».
Otra de las puntas de la impresión 3D consiste en la supresión de los costos de transporte. ¿Por qué traer la mercancía desde China cuando existe la opción de una fabricación local competitiva?
Las perspectivas animan a expertos de todo el mundo, entre ellos Bertotto o Prettis, quienes no titubean al pronosticar que el despegue definitivo de esta tecnología se dará en menos de una década y que el impacto de tener una fábrica en casa supondrá vivir, ni más ni menos, que una «tercera revolución industrial».

Ana Claudia Rodríguez