Venezuela: marcha y contramarcha

El diálogo auspiciado por el Vaticano en Venezuela entre el gobierno y la oposición dio sus frutos y la Asamblea Nacional suspendió por ahora su intención de acusar al presidente Nicolás Maduro de violar la Constitución para destituirlo por la vía parlamentaria. A su vez, algunos de los principales portavoces opositores decidieron suspender la marcha convocada al Palacio de Miraflores el 3 de noviembre, lo que implicaba una confrontación directa en las calles con los seguidores del gobierno. Este paso evidencia que la oposición continúa dividida entre dos alas. Por un lado, un sector que está dispuesto a continuar con las movilizaciones pero también a dialogar, y otro que solo apuesta a la caída de lo que llaman «el régimen». Estos desacuerdos han sido una constante desde que el chavismo consolidó su poder en numerosos procesos electorales. La oposición probó todas las vías para derrocar al chavismo y hasta ahora ha fracasado en su objetivo, aunque obtuvo un contundente triunfo en las elecciones a la Asamblea Nacional en diciembre pasado.
Convencidos de que ese resultado implicaba el final del gobierno de Maduro y del chavismo a corto plazo, anunciaron su próxima salida a los cuatro vientos, como si aquel triunfo electoral fuera representativo de la realidad del país, menospreciando todas las elecciones presidenciales ganadas por el oficialismo desde 1998. Como la oposición siempre ha creído que son la mayoría, subestimó la capacidad del chavismo de sobreponerse a la derrota y su arraigo popular, que le permite movilizar a miles de seguidores a pesar de que –en el discurso opositor– representan apenas un puñado de jerarcas atornillados en el poder.
Cancelar la marcha a Miraflores fue un reconocimiento implícito a la fuerza del chavismo, o como dice un refrán: no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo.