Versos masivos

La segunda edición del festival que nuclea a sus seguidores y la llegada de sus principales referentes a los grandes escenarios porteños confirma que el género vino para quedarse. Hits que no pasan por la radio, rimas que sintonizan con el presente y jóvenes con las caras tatuadas.


Fervor en vivo. Neo Pistea suelta su flow en el escenario del Buenos Aires Trap, que reunió a 25.000 personas en el Hipódromo de Palermo. (Martín Bonetto)

Cazzu se para por primera vez en el escenario del Teatro Ópera de la avenida Corrientes. Deja caer la cabeza hacia el costado izquierdo y mira las butacas llenas. También hay gente en los pasillos. Gritan, la euforia supera el volumen de las bases de Error 93, su disco debut. La idea era hacer una función para ver qué pasaba: agotó tres en pocas horas y, al promediar la tercera, promocionó en vivo su próxima parada, nada menos que el Luna Park, en marzo. La vida del trap argentino es así de vertiginosa. El género vino a quedarse con todo: público, industria, cultura popular, sociedad y hasta con la estética de la década.
¿Cómo es que esta joven de apenas 25 años, más todo un grupo de freestylers, fue capaz de tanto? No alcanza con el apoyo de la industria, los avances tecnológicos, los productores entrenados en los sonidos masivos y los auspiciantes. Cuando una música trasciende generaciones, clases sociales y territorio, las explicaciones suelen calar más hondo. Esta es la historia que está contando el trap argentino, un manifiesto de la generación de nativos de la cultura digital.
Ellos eligen registrarlo a su manera. No dependen de los medios de comunicación. De hecho, rechazan la mayoría de los pedidos de notas y eligen puntualmente a ciertos periodistas y publicaciones para contar cada uno de los pasos que deciden dar. Sus referentes son capaces de dar dos entrevistas por año y, entre una y otra, quebrar el paradigma de sus agentes de prensa al pedirles silencio stampa. Una forma no vinculante de la comunicación, que persigue la tradición de, por ejemplo, Los Redondos en la cultura rock.
El trap no necesitó para crecer el desarrollo de medios periodísticos afines. Es un género musical, el primero en el siglo XXI, que no se valió de esa estrategia para ser masivo. Sus equipos de comunicación derivan su energía en las cuentas privadas de sus referentes: con las redes sociales y sus usuarios en las plataformas de música online están más que satisfechos. Duki, por ejemplo, tiene más de tres millones y medio de seguidores en Instagram y Cazzu más de cuatro millones y medio. Abel Pintos, figura del folclore y el pop nacional, tiene un millón de seguidores en la misma red social. El encargado de prensa sabe que lo comunicado a través de las cuentas de Cazzu o Duki tendrá muchísimo más impacto que una nota publicada en cualquier medio de Argentina.
Uno de los reflejos más claros de lo que produce el trap en vivo se ve en las generaciones que abarca. Hay niños y niñas de siete años que entran corriendo a los predios donde algún artista se presenta. Se desprenden de sus padres y, mientras avanzan hacia el escenario, cantan largas estrofas, con mucha letra, de memoria y a los gritos. También hay adolescentes y veinteañeros: ellos son los que llenan, por ejemplo, el corredor de la avenida Corrientes en la previa del show de Cazzu en el Teatro Ópera. Estas nuevas audiencias vacían los escenarios principales de festivales masivos como el Lollapolooza para migrar hacia los shows alternativos que, generalmente, están minados de traperos y traperas.
Ahora, además, tienen su propia fiesta: el Buenos Aires Trap. La primera edición se realizó en febrero del año pasado en el estadio Islas Malvinas, con entradas agotadas. Fueron casi 15.000 personas gritando canciones de Neo Pistea, Cazzu, Dak1llah, Khea, Ecko, Lit Killah y Malajunta, entre otros. Tan solo diez meses más tarde se llevó a cabo el segundo festival, el 30 noviembre pasado, en el Hipódromo de Palermo. Y con una lista de artistas similar, la convocatoria trepó a más de 25.000 asistentes.

Línea de tiempo
El trap es un subgénero del hip hop que combina electro con reggaeton y cumbia; surgió para reemplazar a los ritmos latinos o para refundar la denominada música urbana. Sus particularidades estéticas se van definiendo a través de la región en la que se lo compone. Hay un trap latino y por eso también hay una versión local. No hay ediciones físicas y casi que los discos ni se mencionan. Son lanzamientos de simples, como en los primeros 60. La manifestación de este género corre a la velocidad de la luz o, mejor dicho, de las nuevas generaciones y sus soportes tecnológicos. Los cambios, en ese sentido, son permanentes para el trap. Por ejemplo, ahora sí sus mayores referentes comenzaron a grabar los primeros álbumes.
«Era cuestión de tiempo para que un género de música urbana relacionada al hip hop explote. Era algo que se venía palpando con las batallas de gallos, además de entender que el hip hop es el sonido de la era global o de los jóvenes en los últimos 15 años», explica Sebastián Chaves, editor del sitio Silencio y crítico musical del diario La Nación. «Los pibes de las batallas de gallos estaban creciendo de manera masiva en las plazas, los eventos y, sobre todo, en las redes sociales. Faltaba que hicieran música y eso es lo que pasó», agrega.


Pionero. Duki, el Charly García del trap.

Rosarina. Nicki Nicole tiene apenas 19 años.

Canción. Khea es el autor del hit «Loca».

Colectivo. La crew de Dak1llah dejó huella.

Dupla. Estrellas: Catriel y Paco Amoroso.

Salto. Cazzu llega en marzo al Luna Park.

Antes de que los primeros referentes empezaran a grabar sus canciones fundacionales a mediados de 2016, sus habilidades estaban concentradas en el freestyle. Esa forma de la improvisación verbal que se vincula con la payada en la tradición local y que proviene de la cultura hiphopera mundial. Esa manera de utilizar la palabra se pone en juego en las denominadas batallas de gallos. A través del freestyle, dos o más competidores se enfrentan cara a cara. Se hablan entre sí y buscan encontrar los errores del otro a través del contenido que se va generando en vivo. La tradición de las batallas, así como el desarrollo del hip hop, comenzó en los barrios carenciados del Bronx, en Nueva York, pero se fue extendiendo en toda América y parte de Europa. Tardó en llegar al país, pero los freestylers hicieron base en las plazas y las rimas explotaron por todos lados. Una de las nuevas exponentes del género es la rosarina Nicki Nicole, de apenas 19 años.

Un equipo con juego
En ese marco, referentes como Duki, Ysy A, Juancín, Ecko y Wos comenzaron a grabar sus primeras canciones. Cercanos a ellos, distribuidos en las distintas crews (grupos de pertenencia) andaban pululando Dak1llah, Khea, Cazzu y el fundamental Omar Varela. Este joven productor fue el creador de Mueva Records, el sello independiente que le dio sostén y marco técnico al embrión del trap local. Al principio todos se nuclearon ahí y luego se fueron dispersando. El primero fue Duki, el Charly García con la cara tatuada del movimiento.
La comparación con el bigote bicolor no es azarosa. Durante la entrega de los Premios Gardel de 2018, Duki salió a cantar su tema «Rockstar» (una parodia al mundo del rock) con la sinfónica del CCK. Una apuesta novedosa, arriesgada y sin ensayo. Era la primera vez que una música ninguneada como el trap se medía con otra más aceptada socialmente. La performance deslumbró a más de uno e interpeló a todos los presentes. A tal punto que, a la hora de recibir su Gardel de Oro, Charly García pidió que se prohibiera el autotune. El efecto sonoro que se utiliza en la voz y que el trap tomó como una marca de estilo. En definitiva: al protestar por la nueva música joven, el ícono del rock argentino terminaba dándole entidad y, por lo tanto, importancia.
Fue el primero de varios guiños. El acercamiento no es siempre para bardear. Ahí está el caso de Vicentico, que grabó «Entre cuatro paredes», el corte de difusión para la tercera temporada de El Marginal, junto a Duki. Una gran canción que sonó al final de los capítulos de la serie carcelaria y que en YouTube suma casi 13 millones de reproducciones. Otro caso fue el de Esteban Lamothe, que conoció a Catriel y Paco Amoroso, las nuevas estrellas del trap alternativo. Y estos no solo le dedicaron un tema («Ouke/ fumando flores con Lamothe/ Pidiendo que mi barco flote»), sino que el actor se prestó para protagonizar el video en cuestión.


(Martín Bonetto)

El tema fundacional de Duki se titula «No vendo trap». Y fue el punto de partida de un hilo conductor que derivó en, al menos, diez canciones que rompieron todos los números y podios de las mediciones actuales. En una entrevista para la edición argentina de Rolling Stone, Duki contó: «Estaba buscando mi estilo. Yo quería rapear como esos negros que veía en YouTube, pero no lograba darle musicalidad a las rimas. Por eso empecé a competir. Las batallas, para mí, eran una forma de entrenamiento». Esa fue la génesis de los estribillos redondos que luego inmortalizaría en el estudio.
«Loca», una canción de Khea que cuenta con colaboraciones de Duki y Cazzu, rompió la barrera de los 100 millones de reproducciones (hoy supera los 400 millones) y pavimentó el camino para que el trap se vuelva definitivamente masivo. Fue a finales de 2017, cuando Duki planeó su desembarco en los teatros de la avenida Corrientes y su primer Luna Park. «La frontera en la música se distingue más por los acentos y las texturas. Los que escuchan trap argentino lo hacen porque es lo que más les convence de lo que se produce acá. Tiene cierta sordidez y oscuridad propia de este caos que significa vivir en el país», dice el periodista Gustavo Álvarez Núñez, exeditor de Inrockuptibles y autor del libro Hip hop, más que calle.  
El fenómeno se mueve tan rápido que ya cuenta con nuevas generaciones de artistas que piden pista. El trapero Jota Underground, también director y guionista de clips, se entusiasma: «El elemento más importante en el trap es uno mismo. Hoy en día, con ayuda de Internet, podés hacer desde tu propio beat hasta masterizar canciones. Ya está todo dicho, hay miles de trappers ahí afuera buscando su sonido».
El joven cantante ByMonkid asegura que «con el trap hoy podés hacer miles de cosas si sabés ejecutarlo bien y tenés un buen equipo armado. Por eso la vara está cada vez más alta, cada vez hay más artistas y productores que la rompen. En relación con los elementos principales del género, creo que las voces son fundamentales ya que, generalmente, no vienen en compañía de una banda. Hay un productor y un cantante y no siempre está presente el autotune».

Técnica y estilo
La estética del trap modificó la industria del pop en el país. Tiene implicancias tecnológicas, musicales, sociales y económicas. Es el género líder de las redes sociales y de las plataformas de música en línea. Gustavo Álvarez Núñez dice: «Esta nueva generación prefiere subirse a un Uber y no a un remis, ver Netflix en vez de la tele. Ellos y ellas buscaron un lenguaje que sintonice en dos o tres minutos su vínculo con las nuevas costumbres, tanto en términos de sociabilidad como de felicidad e infelicidad».
«Fue todo muy do it yourself, estuvieron muy pendientes de lo que pasa en el mundo, principalmente en España», advierte Cháves. Y completa: «El trap argentino es el sonido de la época. Vas a un festival de trap y hay pibes de 8 a 20 años que cantan un flow larguísimo de Neo Pistea o C.R.O.. Ellos le cantan a ese público y ese público responde, se siente interpelado».
Desde Mar del Plata, Cocoswing, un trapero de la nueva generación, desafía: «Los argentinos tenemos mucho para mostrar y, claramente, por algo nos está mirando todo el mundo. El trap argentino es lo que se va a quedar con todo en los próximos años: el que quiere ver, que lo vea, y el que no, que se la pierda. En menos de tres años, nos quedamos con todo». Y su colega La Role precisa: «El trap en Argentina pudo crecer porque es algo supernovedoso».


Efecto pop. El público del género se multiplica entre las nuevas generaciones. (Martín Bonetto)

Tecladista y productor, Tweety González analiza el fenómeno desde su óptica. De arranque apunta al gesto técnico característico del género, el autotune. «Los más críticos generalizan cuando dicen que lo usan porque no pueden afinar cantando. Para mí le da una estética y una personalidad a la música», advierte. «La misma pregunta tal vez existió cuando se empezó a usar la distorsión y hoy es una cosa súpernatural en las guitarras», compara.
Dante Spinetta es el referente de la música urbana que más se vincula con el trap: ya tiene videos con Duki y Neo Pistea. «Es reloco, refuturista. Cuando se empezó a popularizar fuerte con T-Pain y Kanye West yo estaba re-metido», cuenta el cantante de Illya Kuryaki and the Valderramas. «A mí me copa la evolución, creo que la forma de hacer música está muy ligada a la tecnología del momento. La tecnología en los 70 eran las guitarras eléctricas y los amplificadores. Y fue el pico máximo de ese sonido de guitarra, porque era lo que pasaba en ese momento».
«Lo que he detectado del trap es que se busca que los beats sean demoledores, especialmente de 150 hertz para abajo, con bajos y bombos muy tuneados y pocos acordes», dice Tweety González. «Pero lo más importante son las letras, veo que siempre buscan algún gancho», completa.

Chapiadoras
La última vez que una música de tradición popular había incomodado a distintas clases sociales fue con la llegada de la cumbia villera. El boom llegó con la crisis económica anterior a la actual. Y ahí aparece un elemento vinculante de contexto. Traiko, cantante de Metaguacha y referente de la cumbia villera, sostiene al respecto: «Es un estilo musical y siempre respeto todos los estilos musicales. Hace poco grabé “El negro cumbiero”, que trata sobre lo que los pibes están escuchando ahora. Y lo tomaron como una bardeada pero nunca haría eso. Mi hijo, de hecho, está incursionando en el trap. No entiendo mucho del género, pero veo que se diferencian desde la letra. Están los que hacen letras sobre la joda y otros que se dedican más a lo social. Las que son testimoniales se acercan a la cumbia villera», asegura.
Durante el cierre del tercer show de Cazzu en el Teatro Ópera, hay algo que debe ser comunicado. La referente femenina elige la opción digital, acorde al público que representa. Un tablero luminoso se enciende y entonces se ve la fecha del Luna Park, un nuevo desafío para su carrera. Se funde el Ópera en un solo grito de euforia, Cazzu agradece y después se va.
«Se convirtió en una mujer durísima, no por nada le dicen La Jefa», advierte La Role, que confía en que el ascenso de Cazzu facilitará el camino a las colegas que vienen de abajo. «Ella es lo que le faltaba al trap argentino, una figura mujer. Me pone feliz que llene tantos teatros y que las entradas se agoten en apenas horas. El Luna Park va a ser una locura y es lo que más emociona: que una mujer, con todo lo que eso implica, se gane un lugar en la industria».