Vidas invisibles

Un «blindaje de clase», en palabras de la activista Lala Pasquinellli, encubrió la violencia del femicidio de Silvia Saravia y desdibujó la figura de la víctima hasta convertirla en «un fantasma, solo la esposa de alguien», como dijo Pasquinelli a la agencia Télam. Asesinada por su marido, el empresario Jorge Neuss –quien luego se suicidó–, en un country del partido bonaerense de Pilar, Saravia fue despedida y enterrada junto con su victimario: ella y su femicida compartieron homenajes, avisos fúnebres y el destino final en la bóveda familiar del cementerio de la Recoleta. El crimen fue descripto por amigos y familiares como «una desgracia, una tragedia», y algunos medios contribuyeron a desplegar esta operación de encubrimiento. «Uno de los aspectos más ominosos de este asesinato, además de su brutalidad, ha sido el tratamiento informativo que se ha dado a la noticia, la centralidad ubicua que el asesino ocupa dentro del relato y el desdén que se ha mostrado por la vida de la víctima», advirtió Gabriela Rangel, amiga de Saravia, en el diario Clarín. Como otras voces, todas femeninas, llamó a recordar que la vida de Saravia «ha sido aniquilada por un acto de violencia de género».