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Viejas recetas

El organismo internacional de crédito insiste en un nuevo informe en recomendar medidas económicas que han demostrado su ineficacia y que ocasionan daño social.

 

Lagarde y Kim en Perú. La directora del FMI y el titular del Banco Mundial en la reciente reunión anual de ambas entidades. (IMF/JAFFE/AFP PHOTO/DACHARY)

El Fondo Monetario Internacional (FMI) mantiene incólume su ortodoxia económica. La crisis económica mundial podría haber sido utilizada como oportunidad para revisar ciertos postulados «sagrados» del organismo. Sin embargo, la burocracia fondomonetarista continúa promoviendo la aplicación de políticas que ya demostraron su fracaso a escala mundial.
El FMI acaba de publicar un informe titulado Las Américas: ajustando bajo presión. En ese trabajo, el Fondo evalúa críticamente el estado de las economías latinoamericanas en general, y de la argentina en particular. El organismo de crédito «recomienda» para la Argentina tres puntos: primero, eliminar las distorsiones de precios (recortes de subsidios, liberación del mercado cambiario, supresión de acuerdos de precios tales como el programa Precios Cuidados, incremento en las tarifas de los servicios públicos); devaluación monetaria; y ajuste fiscal y monetario. El FMI entiende que esas medidas «elevarían la confianza del sector privado e impulsarían el crecimiento a mediano plazo en la Argentina».
Es evidente que nuestro país, y también la región, viene sufriendo un fuerte «viento de frente» desde hace varios años. La caída de los precios de los commodities y la desaceleración económica mundial conformaron un combo muy perjudicial para los países periféricos. Sin perjuicio de eso, el estado actual de la economía argentina está lejos de ser crítico. El fuerte desendeudamiento, la incorporación de millones de personas al mercado laboral y al sistema de seguridad social, el reducido nivel de desempleo, son algunos atributos que desmienten los pronósticos catastróficos. Esto no implica que no existan  ciertos desafíos (escasez de divisas, ralentización del ritmo de crecimiento económico y generación de empleo, inflación) que requieran ser abordados en el futuro inmediato. Lo cierto es que las medidas promovidas por el FMI  no ayudan en esa tarea. Por el contrario, el resultado predecible es que esas tensiones (que siempre están presentes con mayor o menor intensidad en cualquier economía) se transformen en verdaderos problemas. La aplicación del programa económico del FMI y en especial de los tres puntos principales, traería fuertes consecuencias. En primer lugar, si se eliminaran las «distorsiones de precios», el levantamiento de las restricciones a la compra de dólares provocaría un fuerte incremento del tipo de cambio oficial. Eso implicaría licuación del poder de compra salarial y  derrumbe del mercado interno. La supresión de los acuerdos de precios y el incremento de las tarifas de servicios públicos causarían efectos similares. Esto no implica negar la necesidad de revisar el esquema de subsidios, aunque requiere un cuidadoso análisis. Los incrementos tarifarios reducen el ingreso disponible de las familias y aumentan  el costo empresario. La consecuencia probable de la quita indiscriminada de subsidios se refleja en tres puntos sensibles: la caída del consumo, de la actividad económica y del empleo.
Pasemos al segundo ítem, «devaluación monetaria». El reclamo devaluatorio parte del diagnóstico de la existencia de un atraso cambiario. La idea es recuperar la competitividad internacional vía ajuste del tipo de cambio. De acuerdo con esa visión, la corrección cambiaria incrementaría las exportaciones y el superávit comercial. A su vez, el aumento de las exportaciones motorizaría el incremento del nivel de actividad y del empleo en la producción de bienes transables. La suba del empleo promovería incremento del consumo y potenciaría el efecto expansivo. En resumen, la devaluación provocaría crecimiento productivo, mayor empleo, incremento de recaudación impositiva (vía retenciones) y acumulación de reservas. Lo que ocurre es que ese diagnóstico se apoya en premisas falsas. La caída en los ingresos de las exportaciones argentinas se debe a dos factores principales: fuerte caída del precio de los commodities y el retroceso de la demanda mundial (en general) y brasileña (en particular). La corrección cambiaria no resuelve ninguno de esos dos problemas. La devaluación provoca deterioro del salario real y, por ende, contracción de la actividad económica interna. Las negativas consecuencias de esa estrategia pueden observarse en Brasil. La devaluación no es una panacea y, en todo caso, los problemas asociados con la falta de rentabilidad de algunos sectores exportadores (por ejemplo, las economías regionales) deben ser abordados con políticas diferenciales (financiamiento, reducción de costos logísticos, reintegros fiscales, entre otros). Y, por último, el «ajuste fiscal y monetario». El informe señala que «se necesitará un ajuste fiscal y una orientación monetaria más restrictiva para contener los efectos de la inflación»; y agrega que «la inflación sigue siendo elevada por la monetización del déficit fiscal (emisión monetaria para cubrir inversiones sociales, de infraestructura y gastos corrientes del sector público)». La causalidad expuesta (déficit fiscal = inflación) está lejos de corroborarse. El economista Fabián Amico explica que «la relación empírica entre déficit fiscal e inflación dista mucho de estar sólidamente establecida. Por ejemplo, en el caso argentino, entre 1961 y 2004 se registraron 35 años con déficit fiscal primario y solo 9 años con superávit primario (6 en la convertibilidad y 3 después de 2002). La correlación entre déficit fiscal e inflación, sin embargo, es prácticamente inexistente». El déficit público, en contextos determinados, no refleja una irresponsabilidad gubernamental sino una verdadera necesidad económica. El déficit fiscal fue palanca para el desarrollo de muchas economías centrales. Por otro lado, las políticas de ajuste desatan un círculo vicioso (menor demanda, caída de actividad, reducción de empleo) que determina un resultado adverso al buscado: el déficit fiscal no se reduce sino que se incrementa por caída de la recaudación impositiva.

Diego Rubinzal