Violento Sud

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La amiga estaba apoyada en la baranda de su cama. La había oído gritar desde la sala de espera.
–No podía creer cuando se apareció en el cuarto –dijo ella. –Lo eché a los gritos. ¿Sigue aleteando en el pasillo?
Hablaba de su primo, a quien llamaban el Cuervo.
–¿Es él? –dijo la amiga. –No lo reconocí. Nos cruzamos, me saludó y no lo reconocí. Qué desmejorado está.
–Muy desmejorado. Por lo menos el cuerpo es justo. Bueno –dijo, mirando el suero–, no tanto.
–Es distinto –dijo la amiga. –No está enfermo o viejo, está castigado. No quise decir que estés vieja. Enferma, sí, pero ya va a pasar. Te veo mejor.
–Es la fuerza del enojo. Dicen que no tengo que engancharme, como si fuera un suéter.
–¿Te pidió plata?
–¿Cuándo viste que un estafador pida plata? Hace que le den. Los hijos le dieron sus ahorros, la madre le daba la pensión. Vino a saludar.
–A lo mejor quería ver cómo estás.
–Cree que va a ligar algo. Vino a tantear el balance.
–Debe tener sentimientos, quién sabe.
–Nosotras no sabemos –dijo ella.
–Queda la duda –intercedió la amiga. –Su visita puede ser una forma de pedir perdón.
–Anoche me dieron una comida horrible –dijo ella. –Cuando no engancho carreras en Crónica, es la muerte. No tienen ESPN.
Levantó el control remoto y prendió la tevé. La amiga vio la Rosa en la mesa de luz. «¿Y esto?», le preguntó. Le dijo que se la había olvidado el Cuervo. Le pidió a la amiga que le leyera el programa de unas carreras pero la amiga no entendía el idioma del deporte de los reyes y arruinaba el momento con sus preguntas. Después, la amiga le alcanzó el celular, le sirvió agua, le acomodó la manta. También le preguntó si le dolía. El dolor y sus variantes se habían convertido en su clima. Hablaban de eso cuando se quedaban sin tema. Ella le dijo que los calmantes nuevos eran buenos. Tenían terribles contraindicaciones pero en su caso eso era lo de menos.
–¿Dónde estará viviendo? –le preguntó a la amiga. –Me lo imagino en una pensión.
–¡Yo también! –le dijo la amiga, contenta por coincidir.
–Cuando me acuerdo de todo lo que me sacó. ¡Estafador! –dijo ella. –No quiero pensar cuánto sería en dólares. Calculo más de diez mil. Hablando de eso, tengo que pedirte un favor.
–No lo puedo creer –dijo la amiga.
–Esta vez es distinto, no tengo nada que perder. Mirame –le dijo, tratando de levantarse.
La amiga la empujó con suavidad para que se recostara. Estaba por llorar, le dijo:
–Como quieras. Pero, ¿para qué me contás? Las veces que te acompañé a las reuniones de Jugadores. Tanto sacrificio. Venías bien.
Ella le dijo que sería la última vez y la amiga se quedó sin respuesta. Le dijo, además, que era por una causa justa. Iba a apostarle lo que tenía a un caballo, Violento Sud. Necesitaba que la amiga cobrara el cheque, fuera a Palermo a apostar y le contara, por celular, en vivo y en directo. Sería su médium. Le transmitiría «el placer de la carrera y la venganza», le decía, inyectada de energía. No había que tener miedo de perder: perdían seguro. Era una fija que Violento Sud no ganaba. Además de darse el gusto de jugar una vez más, iba a gastarse todo para que el Cuervo no recibiera nada de herencia. Era su heredero obligatorio, ¿entendía? No tenía familia directa, todo iba para el Cuervo. Estaba obligada a regalarle lo que le quedaba. Sólo podía disponer de un quinto, que en el total era una miseria.
–Pensar que nos cruzamos en el pasillo y no lo reconocí –dijo la amiga. –Ahora sí que se queda sin nada. ¿Tenía un jean y una campera?
–Sí –le dijo ella. –Como casi todo el mundo.
Se acordó de que su padre siempre estaba de traje y corbata. De viejo, quiso modernizarse y algunos domingos caía en el paddock con campera y corbata, pero el recuerdo no le gustó y volvió al padre con traje oscuro.
–Me imagino qué pasaría si supiera. Sale de la tumba y lo va a buscar directamente.
–Seguro –dijo la amiga. –Tu padre era un especial, pero esto de los caballos es peligroso. Pasan estas cosas.
–Tengo un médico nuevo –le dijo.
–¿Qué pasó con el otro?
–No sé.
–No puede ser –dijo la amiga. –¿Se fue y punto?
–No sé –dijo ella. –Hoy me hacen otra resonancia. ¿Para qué? Soy la prueba viviente de que detrás de los estudios médicos hay negociados.
–Vamos, las cosas pueden salir bien –le dijo la amiga.
–Cuando la resonancia empieza, suenan alarmas de incendio, hay que salir del edificio pero el edificio es una misma. Te ponen auriculares, como en el Club de Tiro. Te pido ese favor, no te cuesta nada.
–No cambiás más –le dijo la amiga, que al otro día, después de cobrar el cheque, estaba en Palermo.
Se acercó a los boxes para estudiar el espécimen. Había un viejo sin pies en una silla de ruedas dando clase a unos chicos bien vestidos. Violento Sud dio una patada contra las tablas. La bestia brillaba por su inteligencia muscular. Lo miró un rato para matar el tiempo.
Vio un grupo de albañiles haciendo cola para apostar. Los ejemplares de la raza caballar empezaron a desfilar en la redonda. Algunos ya salían a la pista. Los jockeys montaban de un salto, como si fuera fácil. Vio a la jocketa de Violento Sud, con los colores del stud correspondiente. También vio al Cuervo. Tenía un traje oscuro aunque saco y pantalón no eran del mismo ensamble. Hablaba fríamente con una mujer que tomaba notas. Llamó a la amiga para transmirtirle en vivo y en directo, pero no le respondió. Retrocedió, pasó entre dos académicos de sport, fue a la tribuna, subió, entró a la confitería y decidió apostar ahí dentro. Si Violento Sud ganaba, iban a llenarse de plata. Si perdía, la amiga iba a darse el gusto pero también podían arrepentirse. Esa chispa de duda empezó a arruinar la tarde pero también la animó.
El mozo la espantó de la mesa que daba a la pista y le dijo, para compensar el desprecio, que era la mesa del señor Galamatta. Entonces el desprecio se transformó en un honor. Su amiga le había hablado de Galamatta muchas veces. Era fanática de Galamatta, el mejor entrenador del país y de América. El tipo era una leyenda viviente. Tenía un ojo infalible. Decían que criaba canarios en un galpón en el stud, ahí mismo. Era el ídolo de su amiga, siempre apostaba a sus caballos porque decía que eso era partir desde una base de alta garantía. Miró la Rosa. Esa tarde era una excepción.
Llamó una vez más sin obtener respuesta. La llamaron del trabajo pero no atendió porque no podría dar cuenta del sonido de fondo. Se sentó en una mesa del entrepiso, rodeada de plasmas colgantes. En las pantallas, los palafreneros escoltaban a los binomios. El número 4 se resistía a entrar en la gatera. En la mesa de al lado, hablaban de Indy Point y de Storm Rancher. El Cuervo y la mujer entraron en la confitería. El Cuervo subió la escalera. Pensó que iba directamente a apostar pero frenó en su mesa. La saludó y le dijo:
«Violento Sud, acordate».
Le apretó el hombro con la mano y se fue a apostar. Había que reconocerle el estilo. Tenía cuna y descenso, las dos cosas a la vez. Volvió a llamar a la amiga para que le dijera si el Cuervo, arrepentido, también quería que perdiera todo o si había algo más, como se maliciaba. Respondió el contestador.
Le trajeron el Gancia. Alguien dijo Galamatta y un hombre fuerte y bajo entró a la confitería. Tenía anteojos negros, se movía rápidamente. La gente se acercaba a tocarlo. El entrenador respondía inquietudes, sorteando curiosos. Un tipo lo paró y le preguntó por un caballo. El entrenador abrió los brazos y dijo en voz alta, para responder a todas las preguntas juntas y que se dejaran de molestarlo: «Todos los que llegan hasta acá son buenos», dijo. «Acá un camello no vas a encontrar». Desde una mesa, un profesor sin título lo sancionó: «Hay fijas y sorpresas. Por eso hay carreras». Y los que estaban con él asintieron, no se sabe si resignados o felices, pero conformes, eso es seguro, fumando aunque sin fumar porque fumar adentro ya estaba prohibido. Fumaban la birome, el cigarrillo apagado, la pipa electrónica.
Se levantó. Fue a la taquilla. Pensó que a esa altura, jugara o no jugara, estaba jugando. Hiciera lo que hiciera, apostaba. Hasta si decidía no jugar la plata de su amiga y se salvaban de perder, estaba jugando porque ¿qué pasaba si hacía eso y Violento Sud ganaba? Si el Cuervo le había jugado a Violento Sud y ella no le apostaba y Violento Sud ganaba, ¿iba a perdonarle su amiga que el Cuervo se levantara solo el pozo de la tarde? ¿Y si jugaba a otro caballo, o a un par, diversificando la inversión? En su mesa, el Cuervo movía los labios, a lo mejor rezando, con los ojos cerrados. Había solitarios y grupos en la tribuna. El periodista de ESPN hacía tiempo por tevé diciendo incongruencias afinadas para acompasar la espera. Pero tuvo que callarse porque largaron.

—Esther Cross nació en Buenos Aires en 1961. Estudió Letras y se licenció en Psicología. Publicó los libros Bioy Casares a la hora de escribir (entrevistas, en coautoría, 1987) Crónica de alados y aprendices (novela, 1992), La inundación (novela, 1993), La divina proporción (cuentos, 1994), El banquete de la araña (novela, 1999), Kavanagh (cuentos, 2004), Radiana (novela, 2007) y La mujer que escribió Frankestein (biografía, 2013).

—Ilustración: Pablo Blasberg