Vocación de cruzado


(DYN/Archivo)

 

«La masturbación, el petting, la lujuria, la fornicación». Cuando el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, pasa revista a los pecados que más desprecia, su voz se hace más lenta, ladea apenas la cabeza y esboza una leve sonrisa. Como si se engolosinara con la polémica que provocó el artículo sobre «cultura fornicaria» publicado en el diario El Día de La Plata –«una boutade», dirá unos días después del escándalo–, en cada nueva intervención sube la apuesta. Si en ese primer escrito arremetía contra el «petting descontrolado» o la entrega de preservativos en la Villa Olímpica de Río de Janeiro, ahora, entrevistado por periodistas de distintos medios, arremete contra la masturbación –«un rasgo animaloide»– y justifica el uso de instrumentos de tortura en un convento de Entre Ríos como una «larga tradición de la vida monástica». Pero lo hace sin levantar la voz, con un tono sereno, numerosas citas a autores laicos y una deliberada amplitud de vocabulario que incluye términos en un francés perfectamente pronunciado.
Héctor Rubén Aguer nació hace 73 años en el barrio porteño de Mataderos. Es nieto de inmigrantes vasco-franceses e italianos y el mayor de los dos hijos de una familia humilde que nunca tuvo casa propia. Estudió Humanidades Clásicas y Filosofía en el Seminario Metropolitano y fue ordenado sacerdote para el clero de Buenos Aires el 25 de noviembre de 1972. Desde entonces, dice, ha llevado adelante el celibato «con todo garbo y con la gracia de Dios».
Es licenciado en teología, gran prior de la Orden del Santo Sepulcro, capellán conventual de la Soberana Orden Militar de Malta, séptimo Arzobispo de La Plata, garante de un banquero condenado por estafa y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Dice leer la Torá en hebreo y estudió la obra de Jorge Luis Borges para indagar en sus posiciones religiosas.
Su vocación de cruzado surgió tempranamente, según cuenta Eduardo de la Serna, del Movimiento de Sacerdotes en Opción por los Pobres, quien lo conoció en la década del 70 en la parroquia Inmaculada Concepción de Belgrano, donde Aguer ejercía el ministerio episcopal como vicario. «Fuimos echados por él –relata De la Serna– porque leíamos, en tiempos de la triple A, documentos de Medellín del Episcopado Latinoamericano». El sacerdote también lo considera responsable de haber denunciado a Pablo María Gazzari, un cura desaparecido en 1976. Y ha relatado en más de una ocasión que cuando Aguer fue designado rector del seminario de la Diócesis de San Miguel, allí se usaban frazadas con la inscripción «Escuela de Mecánica de la Armada».
Menos pintorescas que sus últimas intervenciones contra la fornicación fueron las palabras pronunciadas por Aguer en el Tedeum del 25 de mayo en la catedral de La Plata. «Se habla en estos días de una “política de memoria, verdad y justicia”. ¿No se llama así, pomposamente, al rencor y a la venganza? Es curioso el celo por acusar y juzgar delitos cometidos 40 años atrás. Necesitamos paz, olvido, borrón y cuenta nueva».