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Zona de riesgo

Uno de cada tres chicos argentinos tiene un peso superior al que corresponde a su talla y edad. La responsabilidad de la sociedad en un problema de causas múltiples y graves consecuencias.

 

(Pablo Blasberg)

Según la última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS), uno de cada 10 niños argentinos menores de 6 años es obeso. Dado que la obesidad infantil puede desencadenar trastornos y enfermedades –dificultad respiratoria, fracturas, hipertensión, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares– estas cifras indican que miles de niños dentro de nuestro país están en serio peligro. «La obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI –sintetiza la OMS–. La prevalencia ha aumentado a un ritmo alarmante. Se calcula que en 2010 había 42 millones de niños con sobrepeso en todo el mundo, de los que cerca de 35 millones viven en países en desarrollo».
«Esta patología, entre sobrepeso y obesidad,  abarca a más del 30% de la población infantil», explica Marisa Armeno, médica del servicio de nutrición del Hospital Garrahan. María Elisa Zapata, licenciada en Nutrición e investigadora del Centro de Estudios Sobre Nutrición Infantil (CESNI), sintetiza la encuesta de ENNyS: «Allí se evaluó la situación antropométrica de los niños menores de 5 años, evidenciando que 3 de cada 10 niños argentinos de 6 a 60 meses presentan exceso de peso (31,5%) y el 10,4% presenta obesidad».
Enrique Abeyá, coordinador del área de Nutrición de la Dirección Nacional de Maternidad e Infancia del Ministerio de Salud de la Nación, enfatiza y a la vez agrega el correlato internacional: «Lo preocupante es que en general, en todos los países, independientemente de su estructura social, la obesidad va en aumento. Además de los efectos en la calidad de vida de la persona, esto implica gastos muy altos para el sector salud». La percepción desde el consultorio médico confirma este incremento: «Hace unos años –relata Armeno– empezamos a tener obesidades cada vez más extremas en edades más tempranas, menores a 4 años, por ejemplo, y con complicaciones secundarias más importantes».

 

Ambiente y hábitos
«¿Por qué a mí?» es una de las preguntas  frecuentes que suele plantearse el ser humano cuando se descubre una grave enfermedad. Para el sentido común, sin embargo, la obesidad parecería una condición adquirida bajo responsabilidad de la propia persona. Mucho más, cuando son los adultos responsables los que le administran los alimentos al niño. Sin embargo, desde su rol de funcionario nacional, Abeyá observa que «la obesidad no es un fenómeno individual, sino de la comunidad social, de la población. Salvo casos muy particulares –por causas metabólicas, genéticas, que son una proporción mínima–, la gran mayoría de las personas que tienen obesidad es como consecuencia de estar inmersos en un ambiente que se llama ambiente obesogénico, marcado, sobre todo, por características de la alimentación. Y esto es de responsabilidad social. Por eso, hay que analizar las estrategias de la corporación de la industria alimentaria. Los alimentos infantiles tan publicitados son las que promueven tempranamente la obesidad, porque van introduciendo a la familia en un mundo de alimentos manufacturados. Esto va junto con otro problema, que es la pérdida de la cocina familiar».
Cómo repercuten estos cambios culturales en la obesidad infantil lo explica Alberto Cormillot, el mediático médico especializado en obesidad: «2 de cada 3 madres con niños pequeños trabajan más de 30 horas por semana. Trabajar exige una dedicación que a menudo resta tiempo a otras actividades, desde ir al supermercado y cocinar, hasta hacer ejercicio o simplemente estar con los niños. Esta situación familiar está repercutiendo en lo que comen los niños, en cuánto y en cómo lo comen. La comida rápida, congelada y precocinada resulta más barata y cómoda, y por ello es un recurso que utilizan con frecuencia las familias cuando no hay tiempo para cocinar. Este tipo de comidas suelen tener más grasas, sodio y azúcares que los recomendados en una dieta sana».
La obesidad infantil no puede ser analizada aislada de las conductas de los adultos, y a su vez encierra consecuencias, difíciles de evitar, en la adultez de los niños que la padecieron. Armeno describe situaciones frecuentes que se observan con sus pacientes: «Ver a un chico de 4 años con el doble del peso que tiene que tener es muy shockeante… Pensar que la familia no se dio cuenta y que llegó hasta ese momento, o que el pediatra de cabecera no lo refirió antes… La mayoría de las veces es porque ese chico viene de familia de obesos, donde todos son gordos, todos fueron gordos y no les llama la atención que el chico tenga el mismo fenotipo que la familia. Otros creen eso de que cuando es chiquito es normal que sea gordito y que cuando crezca va a mejorar y esto se va a encarrilar solo: las familias traen grandes mitos. Otros son chicos hiperactivos con trastornos de la conducta, y las familias usan la comida para calmarlo. Los padres a veces no se dan cuenta de que se trata de un problema de salud, no estético. Si tomaran conciencia de las enfermedades que puede tener como secuela, no se dejarían estar».

(Jorge Aloy)

Zapata analiza la multicausalidad de la obesidad infantil, «en la que convergen factores genéticos y ambientales. Entre los ambientales, se ubican el consumo elevado de alimentos de alto contenido calórico, de grasas, sodio y azúcares, y un bajo nivel de actividad física a expensas de un aumento de las actividades sedentarias (TV, Internet y videojuegos). Estos factores inciden sobre un territorio genéticamente predispuesto: no engorda solo quien quiere sino quien tiene un territorio genético que lo permite. La obesidad aumenta su frecuencia acorde con el crecimiento, probablemente como una consecuencia de factores acumulativos que inician en la vida intraútero y que pueden manifestarse en la infancia, adolescencia o vida adulta».

 

El tratamiento
«Un niño con sobrepeso es un adulto con obesidad. Aunque existen casos en los que puede desencarrilarse esta evolución, lo habitual es que la obesidad sea progresiva y sus consecuencias se manifiesten con mayor intensidad y severidad en la vida adulta», señala Zapata a la hora de referirse a las posibles soluciones al problema de la obesidad infantil. Blanca Ozuna, Secretaria del Comité de Nutrición de la Sociedad Argentina de Pediatría, agrega: «En realidad, llegamos tarde. Una vez que está instalado el problema, hay cambios metabólicos que revertir. El tratamiento de la obesidad es difícil en los adultos; en los chicos, mucho más. Si abordamos el problema a edades tempranas, aspiramos a mantener el peso, y con el crecimiento, ya logramos que se vaya compensando».
Por eso, en este tema se aplica el refrán «Más vale prevenir que curar». Y Armeno deja gran responsabilidad a los pediatras: «El primer signo de alarma es pediátrico. Frente a chicos chiquitos, los pediatras tienen que evaluar. Si un chico está creciendo por encima de los percentiles normales de peso y talla o cruza uno o dos niveles de índice de masa corporal en menos de un año, tiene que llamar la atención y ser derivado a un especialista. Pero muchas veces los pediatras no hacen ese trabajo de medir, pesar y colocar en tablas a los chicos».
Ozuna propone una medida incluso más previsora: «Desde los pediatras, buscamos que se haga la prevención antes de que se instale la obesidad. Por ahí el pediatra ve un chiquito que hasta los 3 o 4 años está delgadito, pero pertenece a una familia de gente con sobrepeso: ahí también hay que tratar de hacer la prevención».

 

Primeros años
Encarar los desafíos futuros en torno a la obesidad infantil parece una tarea en la que la comunidad y el Estado deben hacerse presentes. Armeno lo resume así: «Los recursos tienen que estar destinados, sobre todo, a que las mujeres tengan un buen peso cuando se embarazan, que tengan un aumento de peso gradual normal con buenos nutrientes para dar a luz un bebé sano, bien nutrido, y a acompañarlo en los primeros dos años con mucha información y con pediatras que apoyen».
Por su parte, Abeyá pone el foco en dos cuestiones: regulación en la publicidad de alimentos y promoción de la lactancia materna: «Una de las cosas que hay que hacer es limitar la publicidad y la naturalización de alimentos poco saludables. El Estado tiene que regular la exposición y los lugares de venta de alimentos poco saludables. En las góndolas de los supermercados, los alimentos infantiles desalientan la lactancia materna». En línea con esto, Abeyá considera que «el aumento de la obesidad no se relaciona con aumentos de ingesta de nutrientes en particular como azúcares o grasas sino predominantemente con tipos de alimentos según sus niveles de procesamiento y elaboración». Por eso, las clásicas pirámides nutricionales son «en términos de la obesidad, una clasificación perimida», sigue Abeyá, quien prefiere otra, propuesta por el investigador brasileño Carlos Monteiro, dividida en tres grupos. Uno: alimentos no procesados (vegetales frescos, congelados, envasados al vacío, frutas frescas o secas, granos de cereales, legumbres, jugos puros de frutas no azucarados, carne, pollo o pescado fresco, congelado o seco, leche fresca o pasteurizada, yogur simple, huevos, tés, café, mate, agua). Dos: escasamente procesados que sirven como ingredientes culinarios (aceite vegetal, grasa animal y manteca, azúcar, sal, harinas, pastas crudas). Tres: ultraprocesados, que suelen ser productos industriales muy duraderos y apetecibles (alimentos procesados, bebidas alcohólicas, bebidas azucaradas, vegetales y leguminosas enlatadas, frutas en almíbar, pescado en aceite, fiambres, hamburguesas, salchichas, helados, postres, golosinas, chocolates, barras de cereal, fórmulas lácteas). De estos tres grupos, es recomendable comer más de los primeros, menos de los segundos, y escasamente de los últimos.

Leche materna. Promover la lactancia, una herramienta de prevención. (Cecilia Antón)

En todo esto, la lactancia materna es fundamental: «La lactancia exclusiva hasta el sexto mes, y después, alimentación materna y complementaria en forma adecuada no solo contribuye a que no aumente la obesidad sino que aumenta el crecimiento de masa magra, aumenta la talla. La promulgación en la República Argentina, en 2013, de la Ley Nº 26.873 de Promoción de la Lactancia Materna va en ese camino. Todavía falta presupuesto a nivel nacional para promover la lactancia, o por lo menos, para empatar la publicidad de las fórmulas infantiles».
Una paradoja de la obesidad infantil es que puede convivir con la anemia. El CESNI emitió comunicado sobre lo que denominó la «doble carga de malnutrición»: «En muchos países de bajos y medianos ingresos, no es raro encontrar la desnutrición y la obesidad coexistiendo en un mismo país, una misma comunidad y un mismo hogar». Al respecto, Zapata historiza el vínculo entre obesidad y pobreza: «La obesidad se inicia hacia mediados del siglo XX en los países desarrollados y, más tardíamente, en los que están en vías de desarrollo. Sin embargo, hoy el mayor crecimiento de la obesidad se observa en los países en vías de desarrollo y en los grupos más vulnerables de los países más desarrollados. O sea que la obesidad se va desplazando de la opulencia a la pobreza. Las dietas controladas en calorías son un 20% más caras que dietas similares no hipocalóricas. Es más barato consumir harinas, aceite y azúcar que frutas, hortalizas y legumbres. Un corte magro de carne es más caro que un corte graso. Los lácteos y quesos descremados tienen también un precio superior». Ozuna agrega: «Hay lugares donde la fruta, la verdura y el pescado no son de fácil acceso. Incluso en las escuelas, donde muchos chicos hacen sus comidas más importantes, lo que se suele ofrecer sirve desde el punto de vista calórico pero no en la calidad de los alimentos. La merienda suele ser una factura grandota o un sándwich. Y esto suele ser una cuestión de presupuesto».
Armeno pone algunos matices a la cuestión: «Hay familias que casi no tienen recursos y hacen de todo para hacer el tratamiento; y hay familias con muchos recursos que no adhieren al tratamiento por más que tengan la posibilidad. A los que tienen pocos recursos, los orientamos para que los usen de la mejor manera. En vez de comprar gaseosas, que destinen ese dinero para comprar fruta; en vez de hacer grandes porciones, hacerlas más pequeñas y destinar el resto de la plata a comprar otro tipo de alimentos».
Abeyá aporta otras consideraciones que incluyen a las famosas gaseosas: «Mucha gente consume gaseosas como símbolo de gratificación, aunque sean las más baratas,  que, de todos modos, tienen un alto contenido de azúcar, que contribuye a la obesidad. La obesidad infantil no es mucho menor en los ricos que en los pobres. En los dos está presente. El problema está en toda la sociedad».

Analía Melgar