19 de enero de 2026
En Berlín, una organización enseña a mujeres refugiadas y migrantes a andar en bicicleta. Lo que arranca como una lección de equilibrio termina siendo un acto de autonomía, comunidad y emancipación.

En marcha. Más de 2.500 mujeres migrantes y refugiadas aprendieron a pedalear en Bikeygees.
Foto: Jan Ehlers
Muchas vienen de países donde no pueden subirse a una bici. Otras viven en campamentos distantes, con apenas un colectivo o un tren de a ratos. Para algunas, andar en dos ruedas puede ser la diferencia entre conseguir un trabajo o quedarse en casa. Son las alumnas de Bikeygees, la organización que enseña a pedalear a mujeres refugiadas en Berlín. Y que cambió el día a día de al menos 2.500.
«Crecí en Bagdad, donde a las mujeres nos prohibían andar en bici», recuerda Karima, que cumplió su sueño de aprender a pedalear recién a sus 61 años. Hoy es dueña y feliz conductora de una bicicleta rodado 26 metalizada con detalles verde fluo. Una de las tantas historias de esta nota, con un factor en común: la libertad, en tiempos en que esa palabra fue vaciada de sentido.
Pedalear empodera no solo en un sentido filosófico sino también práctico. «Una vez vino un grupo de mujeres somalíes y keniatas, y nos dijeron: “Nuestro jefe nos mandó acá”, porque trabajan en una empresa de cuidado de personas mayores. Tienen que ir rápido de una casa a otra. Para trayectos cortos, la bici es la forma más rápida. Si quieren conseguir el trabajo, tienen que aprender a pedalear», explica Annette Krüger (54), cofundadora de Bikeygees junto a Anne Seebach (47). Cuenta la anécdota en su oficina berlinesa, en la planta superior del edificio de un café llamado, justamente, Refugio.

Sobre ruedas. Anette Krüger, cofundadora de Bikeygees, junto a una futura ciclista.
Foto: Jan Ehlers
Tejer y conectar
Una de esas mujeres keniatas es Eunice (49). «En mi país, las mujeres podemos andar en bici pero, cuando quise aprender de chica, nadie me ayudó, así que desistí. Hoy me siento más segura de mí misma –celebra–. Mi sueño es dejar de usar el tren y hacer todo el trayecto en bici».
Pedalear permite llegar al trabajo y también a la guardería, al shopping o al súper desde zonas con pocos medios de transporte, como los campamentos de refugiados, que en general están lejos de centros urbanos como Berlín. También es una forma de conectar socialmente: encontrarse, tejer redes, absorber un poco de lo que los alemanes llaman vitamina B, por Beziehung («relacionamiento»), en una ciudad que puede ser tan abierta como solitaria.
Bikeygees nació hace diez años, cuando el mundo era otro y Alemania abría sus puertas a la gente que buscaba paz y refugio. A Annette, marcada por la experiencia de exilio de su familia, le resonó esa realidad a punto tal de empujarla a pensar en cómo ayudar. Se topó en Facebook con una foto: dos mujeres sostenían a otra que daba sus primeras pedaleadas. No dudó en comentar abajo: «Qué cool, ¿existe eso en Berlín?». Anne, hasta ese momento una desconocida para ella, le contestó: «Sí, hagámoslo». De difundir la idea por redes hasta fijar un punto de encuentro hubo apenas unos días. Pero todavía faltaba lo más importante: las primeras interesadas.
«Fuimos a una cafetería donde repartían comida a refugiadas y empezamos a gritar “¡Diversión en bici!”. Los nenes vinieron como locos hacia nosotras –relata Annette–. Les preguntamos si sabían andar y nos dijeron que sí. Ahí es cuando aprovechamos y les dijimos: “Entonces traigan a sus madres”».
Así aparecieron las primeras aprendices y, con ellas, una barrera que no habían tenido con los niños: la idiomática. ¿Cómo pedalear la distancia entre lenguas con raíces completamente distintas y, en ciertos casos, hasta alfabetos diferentes? «Solo sostengámoslas. Lo más importante es que no se caigan», dijo Annette en aquel debut, en un baldío al lado de un supermercado.
Había otra mujer, más tímida, que observaba la escena desde un rincón. Su mirada mutó de escepticismo a confianza al ver que esas mujeres estaban aprendiendo, que nadie se burlaba, que no había hombres con ojos controladores o sentenciosos. Ahí se acercó. «¿Cuál era el idioma? No hacía falta ninguno. Bastaba con una sonrisa», resume Annette.
En esa primera sesión, dos jóvenes lograron pedalear solas. Pero para otras no fue tan fácil. Una mujer temblaba. Le costaba respirar. El miedo se le notaba en los dedos. Hasta que fue capaz de impulsarse sin perder el equilibrio. No conocía a nadie, pero de pronto compartía con el resto algo especial.

Aprender y enseñar. Cada sesión se arranca con la misma pregunta: quiénes se suben a la bici y quiénes asisten a las aprendices.
Foto: Bikeygees
Fuera de control
«La primera vez que pude andar en bici sin ayuda fue increíble. Sentía que volaba. Ahora, cuando quiero olvidarme de la presión de la vida por un rato, me subo a una», celebra Fariha (30), afgana de nacimiento, berlinesa por adopción, primero aprendiz y ahora maestra del arte de circular en dos ruedas, mucho más difícil en las caóticas y deterioradas calles de Afganistán que en las bicisendas y ciclovías alemanas.
Desde luego, no todo es color de rosa: aunque la mayoría de las familias de estas mujeres agradecen la enseñanza, también surgen quejas y conflictos. «Creo que es por control social –analiza Annette–. Con la bici podés ir a otros lugares, estás fuera de su visión, no pueden ver lo que hacés». De hecho, para muchas, aprender a andar en dos ruedas significó, por primera vez, pasar unas horas sin sus hijos, algo que en ciertos marcos sigue siendo controversial. «Cuando los nenes gritan, las mamás no pueden concentrarse. Por eso tratamos de que vengan sin ellos», explica.
Aunque el nombre de Bikeygees haya nacido de la combinación de las palabras «ciclistas» y «refugiadas», la organización está abierta a todas, más allá de su origen. Hay mujeres de Portugal, Turquía, Brasil y México, por ejemplo. Países donde no está prohibido que ellas anden en bici, pero la movilidad activa es menos común que en Alemania, y se le hace mucho menos lugar. Porque la infraestructura nunca es neutral: incluye o excluye.
«¿Quién quiere aprender y quién quiere enseñar?». Con esa pregunta arranca cada sesión de Bikeygees. Después, no hay muchas reglas: usar casco, pedir permiso antes de tomar a la aprendiz de los brazos y, si ella asiente, mirarla a los ojos para construir confianza. Son 70% alumnas y 30% voluntarias: 100% de mujeres que encuentran en el pedaleo, más que una destreza física, una forma de afirmarse en el mundo.
