23 de enero de 2026
Milei volvió a mostrarse como líder de los ultrarricos, repitió sus críticas al «wokismo» y propuso salvar a Occidente con citas y axiomas. El discurso rupturista del primer ministro de Canadá, en clave de desafío a Trump.

Mensaje. Discurso del presidente argentino en el encuentro anual que se celebra en Suiza.
Foto: NA
Como viene ocurriendo desde asumió la primera magistratura argentina, el Foro de Davos fue un espacio muy apetecible para que Javier Milei pueda mostrarse como líder intelectual del espacio libertariano ante los ultrarricos que digitan la economía y las finanzas del mundo. Esta vez, en lugar de ponerse provocativo con determinados sectores sociales, eligió una suerte de clase filosófica sobre la eficiencia política «en contraposición con el respeto de los valores éticos y morales de Occidente». Un tema espinoso más propio de algún ámbito académico que, además, contrastó con la pelea en sordina que habían desarrollado sus antecesores en el uso de la palabra sobre lo que realmente está en juego en este delicado momento para el planeta. Tanto fue así que el primer ministro canadiense, Mark Carney, sacudió el avispero hablando de «la ruptura del orden mundial, el fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno» y el estadounidense Donald Trump volvió con su reclamo sobre Groenlandia, territorio al que definió como «un pedazo de hielo» al que no piensa renunciar, con una amenaza que dejó flotando en el aire: «Pueden decir que sí (y cederlo a EE.UU.) y se lo agradeceremos mucho. O decir que no y lo recordaremos». El argentino, mientras tanto, en media hora creyó haber demostrado que «el capitalismo de libre empresa no solo es más productivo, sino que además es el único sistema justo» y se fue convencido de haber clavado el último clavo en el ataúd de Maquiavelo.
Con prolíficas citas de autores mayoritariamente de la Escuela Austríaca, Milei propuso salvar a Occidente volviendo a inspirarse en «la filosofía griega, abrazar el derecho romano y retornar a los valores judeo-cristianos», Luego abundó en elucubraciones –mucha intervención de Adam Smith y algo menos de John Locke en los argumentos– acerca de las ventajas del libre mercado sobre cualquier tipo de intervención estatal para corregir «fallos de mercado que desde mi perspectiva no existen». Pero tanta estructura lógica devino en el postulado de que «desde Mises, Hayek, Rothbard, Kirzner, Hoppe hasta Jesús Huerta de Soto, ha demostrado la imposibilidad del socialismo». Más aún, para alguien que se muestra ducho en demostraciones lógicas, resulta una base endeble pretender que se deba «aceptar con carácter axiomático el principio de que todo ser humano tiene derecho de apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial». O sea, aceptar como una cuestión de fe.
Fruto de una necesidad axiomática similar, seguramente, fuera del Congreso de la Nación Argentina la Policía de la Ciudad arremetía contra un grupo de jubilados que como todos los miércoles se junta para reclamar por sus derechos.
Contrastes
Es interesante contrastar el discurso de Milei, que fustigó al socialismo y especialmente a lo que considera su «versión más hipócrita, el wokismo», con el mensaje disruptivo de Carney, que utilizó la figura esbozada por quien fue el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, Vlaclav Havel, sobre un imaginario verdulero que, con solo dejar de poner un cartel en favor del Gobierno socialista en su local, logró que se cayera el sistema en el Este europeo. Carney propuso, de este modo, que el mundo deje de vivir en la mentira.
«Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección». Pero luego fue al grano: «Ese pacto ya no funciona (…) estamos en medio de una ruptura, no de una transición» en que las grandes potencias actúan sin freno, para recordar al historiador griego Tucídides: «Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben». Y señaló que «ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad». Se diría que es el mismo diagnóstico que hace la dirigencia conservadora y ultra argentina; pero con un contenido diametralmente opuesto.
Carney, que no es un populista precisamente, llegó al Gobierno en marzo del año pasado luego de la crisis política derivada, esencialmente, de las primeras movidas de Trump en la Casa Blanca, cuando declaró de modo despectivo que Canadá debería incorporarse a la Unión como estado número 51. Proveniente del Partido Liberal, hizo su eje de campaña en torno a la defensa de la soberanía del país, un tradicional y hasta obsecuente aliado de EE.UU. por décadas. Pero a medida que tanto Trump como él se fueron consolidando y Carney surfeó amenazas de aranceles y presiones políticas, se fue desmarcando de esa tradición. Así, hace unos días viajó a Beijing para mantener una bilateral con Xi Jinping y ahora, en su mensaje en la ciudad suiza, casi que se propone para liderar a los «descontentos» con la Casa Blanca.
Es interesante desde dónde habla Carney. Se reconoce administrador de una potencia intermedia, que no tiene cabida en la mesa de los grandes, pero que tiene potencial para hacer ruido. Digamos que Canadá fue desde los años 70 proveedor de tecnología nuclear y de hecho la Central Embalse es del tipo Candu (Canadá Deuterio Uranio). Sobre esta base se desarrolló el Proyecto Carem(Central Argentina de Elementos Modulares), un reactor de baja potencia en el que nuestro país es líder y que los Gobiernos conservadores hicieron lo posible por desarticular. El de Milei no es la excepción. Todo en el altar de un seguidismo de EE.UU. que el premier canadiense ahora descubre como letal para sus propios fines de desarrollo.

Mark Carney. El primer ministro canadiense sacudió el avispero en la reunión anual del Foro Económico Mundial.
Foto: Getty Images
Asunto de otros
Trump, por su parte, se explayó en autoalabanzas y en cuanto a sus aliados europeos, de alguna manera hizo recordar aquella frase de Henry Kissinger: «Ser enemigo de EE.UU. es peligroso, pero ser amigo lo es más». Así, dijo que no piensa usar la fuerza para tomar Groenlandia. Y explicó: «EE.UU. solo pide un lugar llamado Groenlandia, que ya teníamos como administración fiduciaria, pero que respetuosamente devolvimos a Dinamarca no hace mucho, tras derrotar a alemanes, japoneses, italianos y otros en la Segunda Guerra Mundial. Se lo devolvimos. Éramos una fuerza poderosa entonces, pero ahora somos mucho más poderosos».
En cuanto a la OTAN y la guerra en Ucrania, dijo que espera que se llegue a un acuerdo de paz pronto y que trabaja para ello. Pero agregó, lapidario: «¿Qué gana EE.UU. con todo este trabajo? Todo este dinero, aparte de muerte, destrucción y enormes cantidades de efectivo, va a parar a personas que no aprecian lo que hacemos. No aprecian lo que hacemos. Hablo de la OTAN. Hablo de Europa. Ellos tienen que trabajar en Ucrania. Nosotros no. Estados Unidos está muy lejos. Nos separa un océano inmenso y hermoso. No tenemos nada que ver con eso».
A todo esto, si la Unión Europea esperaba que apurando el dilatado acuerdo de libre comercio con el Mercosur le estaban mostrando algún tipo de independencia a Trump, casi en simultáneo a estos discursos en Davos se llevó un chasco no demasiado lejos de allí, en Estrasburgo, donde el Parlamento Europeo votó por una mínima mayoría enviar al Tribunal de Justicia (TJUE) el documento firmado en Asunción para que los jueces analicen si viola alguno de los acuerdos comunitarios. Lo que podría ser otra demora en activar el pacto arancelario o el preludio a su clausura seguramente definitiva.
Finalmente, Milei se sumó a la propuesta de integrar como socio fundador el Consejo de Paz con que Trump busca diluir lo que queda de Naciones Unidas. El único problema será de dónde sacar los 1.000 millones de dólares que cuesta la membresía.
