Cuento | Por Franco F. Alberti

El abrazo

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Franco F. Alberti

Franco F. Alberti publicó Psicópatas integrados (2024, relatos); Amor de madre (2023, novela); Donde hay luz hay sombras (2021, cuentos); Donde hay sombras hay luz (2021, cuentos); y El Bucle (2016, novela). Se graduó en la Universidad de Buenos Aires como contador público y abogado, con título honorífico. «El abrazo» ganó el concurso de literatura 2025 del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de Buenos Aires.

Con una sonrisa dibujada en el rostro, Karen descendía escalón por escalón. Todavía se divertía viajando en subte como si fuera la primera vez, sin importar que llevaba varios años en la ciudad. Ni el olor a moho que le invadía las fosas nasales, ni los azulejos astillados que evidenciaban la falta de mantenimiento, ni el calor agobiante que en breve dibujaría aureolas de sudor en su remera eran suficientes para arrebatarle el entusiasmo.

Entendía que, en parte, eso se debía a que trabajaba de modo remoto. No la obligaban a ir al microcentro, arriada cual ganado, de lunes a viernes en hora pico. Contraria era la situación de los porteños con los que compartía los vagones de la línea E, cuyos semblantes transmitían un abanico de sentires y pesares, entre los que escaseaba la alegría y el buen humor. Karen aprendió, más temprano que tarde, que «la vocación» era un concepto romántico al que pocos afortunados lograban acceder.

Una parte de ella empatizaba con la frustración de los vecinos de Buenos Aires, ya que mantenía fresca en la memoria la época en la que se despertaba sin proyectos ni anhelos, con el mero objetivo de juntar unos pesos para subsistir durante el mes. «Sin duda, fueron años grises, monótonos y deprimentes. Solo me enteraba del paso del tiempo gracias a los brindis del treinta y uno de diciembre».

Por ese entonces, colaboraba con los padres en la histórica rotisería que fundó uno de sus abuelos, en Rauch, un pueblito al norte de Tandil. Comenzó a trabajar allí desde el inicio de la escuela secundaria, pero recién cuando finalizó el colegio, a los dieciocho, develó el destino opaco y rutinario que la esperaba: mantener el negocio familiar.

«¡Estoy harta del olor a pollo rostizado, a milanesas y a papas fritas! Se me pega en el pelo, en la piel, en la ropa, incluso, en las sábanas…». La repugnancia fue escalando y las ganas de comer fueron descendiendo, al punto de haber perdido cinco kilos a meses de cumplir los veinte. No obstante, el drama profundo, el existencial, no surgió por transitar ese aburrido presente, sino por imaginarse el futuro. «¿Hasta cuándo viviré así?».

Decidió emigrar –por no decir huir‒ hacia la gran ciudad. Esa ciudad de extensas avenidas e innumerables calles asfaltadas; de imponentes edificios, altos como montañas, diseminados a lo largo y ancho del firmamento. Esa ciudad donde vivían músicos famosos y actores de telenovelas, donde había cines y teatros por doquier, donde abundaban librerías, bares y restaurantes. «Una ciudad llena de oportunidades, una ciudad donde podré buscar un rumbo distinto».

«La gente no es feliz», le advirtió la mamá ante el planteo de mudarse para probar suerte. «Se la pasan corriendo y nunca les alcanza lo que tienen. Siempre quieren más», se acopló el papá, preocupado por perder el cuidado de su única hija. «¡Aparte la inseguridad es tremenda! ¡Son capaces de matarte por un celular, y olvidate de que alguien te defienda! Allá cada uno lleva agua para su molino, sin contemplar qué sucede con el rancho de al lado», coincidieron ambos.

Karen creyó que exageraban. Obviando que existía el delito, lo veía a diario en los noticieros, confiaba en que los citadinos no fuesen tan malos como los pintaban en el pueblo. «Si les hago la cruz de arranque y espero lo peor, no dejo espacio para que muestren su costado amable». Sin embargo, un par de años después de mudada, llegó a comprender en detalle el recelo de los padres. «Acá hay gente que considera que la bondad es una debilidad de la cual deben sacar provecho». Como rendirse no era una opción, se propuso tratar con educación y camaradería a cada porteño que se le cruzara, incluso en el subte.

Allí las personas parecían estar atrapadas en sus preocupaciones o en los mundos alternativos que ofrecían las pantallas de los celulares.

Daba igual que un niño pobre llorara por comida o que un versado violinista tocara a la perfección una pieza de Tchaikovsky; para la mayoría, eran invisibles; y ella era la excepción que confirmaba la regla. «Estoy segura de que al darles una mano, multiplico y contagio la buena energía».

Así fue que notó, esa mañana calurosa en la que se dirigía al microcentro, la angustia en el rostro de una señorita de veintipico que viajaba de pie en el vagón con la espalda encorvada y los hombros tirados hacia adelante. Se aferraba, con dificultad, del aro que colgaba del techo a solo un metro de Karen, quien había tenido la suerte de conseguir asiento y se abanicaba con un sobre de papel madera. La apertura de las cejas, la forma de herradura de los labios, el mentón caído y la mirada distante, perdida, le dieron a entender que era un alma en pena.

«Me resulta familiar esta chica…». En ese preciso momento la pasajera inhaló profundo. El torso, angosto, apenas se expandió. Karen se quedó mirando a la espera de la exhalación. «Pretende calmarse… ¿Qué le habrá pasado?». La muchacha espiró con lentitud, y el cuerpo se compactó como si, al soltar el aire, se desinflara. Lucía débil, frágil, vulnerable. «Me sorprende que, con esas piernas esqueléticas, se mantenga parada».

Un señor, sentado frente a ella, la ignoraba por completo. «Si no estuviera hipnotizado por el celular, se habría percatado de que otro ser humano la está pasando mal». Como sabía que era inútil gastar pólvora en chimangos, se puso de pie junto a la mujer delgada y apoyó la palma de una mano sobre el brazo más cercano. Se veía pálido y huesudo. Al tocarlo, se estremeció. «¡Está helada! ¿Cómo es posible?». Por acto reflejo, amagó distanciarse, aunque, de inmediato, la culpa la detuvo. «Necesita ser vista, escuchada, comprendida, no que la trate con desprecio y desidia, como hace el resto del vagón».

Carraspeó una vez y tragó saliva. «¿Querés sentarte en mi lugar?», le ofreció. No obtuvo respuesta. Al menos, no con palabras. En cambio, giró lentamente la cabeza por sobre el hombro hasta que las narices de ambas quedaron a escasos centímetros. Karen, que podía ver su reflejo en las retinas vidriosas de la mujer, interpretó esa mirada desconsolada como un pedido de auxilio, un llamado de socorro.

«¿Estás bien? ¿Te pasó algo?». Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, listas para saltar al vacío. «Ey, tranquila, todo va a estar bien», le dijo conmovida, y estiró los brazos para brindarle contención.

La muchacha se largó a llorar.

Si bien era un llanto apagado, débil, bastaba para humedecerle el cuello de la remera. Karen sostuvo la posición unos segundos; y después, con una mano, comenzó a recorrerle la espalda de arriba abajo para intentar reconfortarla. De golpe, un hedor nauseabundo emergió de entre las ropas. «Uf… Esto… Esto es…». El asco la obligó a tirar la nuca hacia atrás al mismo tiempo que la extraña pasajera susurraba un «perdón» apenas audible. Pensaba en contestarle que no hacía falta disculparse, que nadie estaba exento de problemas y que era bueno que expresara sus emociones, pero en ese instante la pestilencia descendió por su tráquea y le provocó arcadas. «Pe… per-dón», insistió, con los labios temblorosos. «Perdón», volvió a escuchar con mayor nitidez. El timbre de voz iba ganando volumen y el abrazo se tornaba asfixiante. Ya no parecía tan débil.

Sin liberarla, la chica alejó el mentón del pecho de Karen. La mirada que antes transmitía desolación ahora irradiaba vitalidad, las mejillas cadavéricas se habían convertido en unos pómulos carnosos y, centímetro a centímetro, su cutis mutaba de un color pálido enfermizo a una atractiva tonalidad trigueña. «¿Qué está pasando?». La falta de aire le causaba mareos. La presión sobre el tórax a duras penas le permitía respirar.

«De verdad, disculpame».

Los fibrosos brazos de la extraña sostenían el peso inerte de una Karen escuálida, sin fuerzas para mantenerse en pie. «¡¿Por qué mi cuerpo no reacciona?!». La desesperación crecía a cada segundo y el corazón le martillaba con violencia, sentía que le iba a explotar.

«Tranquila… si te agitás, va a ser peor», murmuró la joven, mientras la depositaba con suavidad en el lugar que un minuto antes le había ofrecido.

Llegaron a la estación Bolívar.

Un pitido anunció la apertura de las puertas. La revitalizada mujer observó por última vez a su víctima, la cual yacía desparramada y sin voluntad sobre el desgastado asiento. Le dedicó una sonrisa compasiva, meneó la cabeza y, luego de quitarle el sobre de papel madera, se sumó a la hilera de personas que descendían esquivando a otras tantas que subían.

El subte retomó la marcha.

A pesar de estar al borde del desmayo, intentaba pedir ayuda. Con la poca energía que le quedaba movía los labios queriendo articular la palabra «auxilio». Entonces recordó que era inútil, nadie la notaría.

Karen se había vuelto invisible para los pasajeros de aquel vagón. Una invisible más del montón, que la gente ignora a diario.

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