26 de enero de 2026
En Constitución, Parque Patricios, Barracas, Devoto, Paternal y Liniers, entre otros, son cada vez más los espacios que albergan recitales, obras de teatro y otras disciplinas artísticas.
Presencia vecinal. El escenario de La Tierra Invisible, el frente de Luzuriaga Club Social y la sala de Café Berlín. Fotos: Prensa
«Te diría que el primer año prácticamente nadie en el barrio entendía qué era esto, ni siquiera sé si sabían que era un centro cultural», desliza Mónica Szalkowicz. En 2018 su familia asumió un desafío: tener un ámbito propio destinado a la música y otras disciplinas artísticas. El lugar que los enamoró se transformó en Luzuriaga Club Social, entre Parque Patricios y Barracas, por fuera de los recorridos tradicionales y cerca de los vecinos que buscan este tipo de propuestas.
Luzuriaga es uno de los tantos espacios culturales que se abren en los barrios, por fuera de los corredores más comerciales o prototípicos de la movida porteña. E incluso por fuera de de los circuitos especializados. Por ejemplo, Villa Crespo podrá estar alejado del carril histórico de los teatros de avenida Corrientes, pero construyó su propio nodo teatral, del mismo modo que San Telmo lo hizo con las galerías de arte o Almagro con los escenarios de tango. ¿Pero qué pasa en los barrios alejados tanto geográfica como simbólicamente del centro?
En general, enfrentan muchos desafíos. El primero es el de conectar con los vecinos, con su entorno, y reivindicar el barrio como punto de generación y goce artísticos. En Luzuriaga hasta tuvieron que pelear con las apps de mapas. «Barracas figura en algunas como zona peligrosa, y cuando venís acá te das cuenta que nada que ver, que es puro prejuicio», señalan. Decir «aquí también podemos hacerlo» y, en el proceso, ofrecer una programación de calidad, demostrar que no hace falta ir hasta los alrededores del Obelisco para escuchar un recital de primera línea o para ver una buena obra de teatro.
Espíritu arrabalero
A partir de este nuevo enfoque, un centro cultural barrial es más que su (también necesaria) oferta de talleres. Gestor de La Tierra Invisible, en Parque Chacabuco, Julio Coviello sintetiza el espíritu que los moviliza con una imagen que lleva la firma de Celedonio Flores: «Nos queman las alas las luces del centro /por eso el suburbio tranquilo buscamos».
El propio Gardel hacía de esos versos, de «Gorriones», una de sus banderas.
En Paternal, por ejemplo, abrieron varios: al histórico Morán se sumaron Vermú Social Club y La Termomecánica, entre otros. A la lista se suman el Centro Kultural Trivenchi en Constitución, El Tanque Cultural en Liniers, Cátulo en Parque Patricios y El Puente en Villa Luro, entre otros. No es casual que muchos de estos lugares se hayan abierto por el sur de la ciudad, históricamente relegado en casi todas las áreas por las distintas administraciones porteñas. Pero en general, casi cualquier barrio de la periferia vio en los últimos años la apertura de nuevos «boliches culturales».
«Nadie pasa por avenida San Martín al 6500 caminando y pensando qué va a ir a comer o qué show va a ir a ver, como puede pasar en Palermo o Almagro», señala Javier Celoria, alma mater de Café Berlín.
En Devoto, admite, no había nada parecido. Y cerca tampoco. «Si nos va bien o mal, es por el barrio», afirma. En general, a Café Berlín parece irle bastante bien. Su público es de las zonas aledañas y, como en Luzuriaga, La Tierra Invisible y otros similares, descubre que puede ver shows de calidad a la distancia de una caminata.
Para Coviello, montar un lugar en los márgenes del circuito también permite hacer propuestas alternativas. «Nuestra cultura es la de minorías intensas, una periferia de lo masivo que moviliza multitudes, entonces está bien que nuestro centro cultural esté en la periferia de los más concurridos de la ciudad», analiza. El bandoneonista y gestor –Coviello supo ser pieza fundacional de la Fernández Fierro y del mítico Club Atlético Fernández Fierro, en Almagro– subraya un atractivo adicional. «Con la pandemia eso de buscar circuitos cercanos a nuestras casas fue una tendencia fomentada, y luego adoptamos lo lindo de ir caminando y también conocer un barrio que no frecuentamos. Lo que pasa mucho en la Tierra Invisible es que Parque Chacabuco no está en el radar de la gente que sale a ver un concierto y, cuando lo descubre, les encanta».
Una experiencia similar comparte Szalkowicz. Ambos, además, sonríen cuando destacan lo fácil que es estacionar por el barrio. «Nuestro sueño es hacer de esta zona un polo cultural, algo que hoy parece una locura, pero para mí es posible y estoy convencida de que en unos años va a suceder en Barracas», se esperanza la fundadora de Luzuriaga. Coviello, por su lado, lista los espacios que se fueron sumando al barrio en los últimos años. De pronto, reconoce, lo que en Parque Chacabuco parecían iniciativas aisladas terminaron confluyendo. Una reciente iniciativa de La Minga armó una caravana cultural recorriendo todos los espacios del barrio. El sueño de Mónica para Barracas no parece descabellado.
¿Cómo se piensa la programación? Celoria se toma unos minutos para responder. «Si tengo que ser sincero, yo trato de darle prioridad a las propuestas, a los artistas que tengan algo para decir, que tengan un compromiso con su propio arte y con su público», explica. «Si vos ves todos los artistas que tocaron en Berlín, por más dispares que sean, ya sea Julieta Venegas, Hugo Fattoruso o el Chango Spaciuk, todos tienen algo para decir y un compromiso con su arte», dice. Las palabras de Celoria encuentran eco en sus colegas. Nadie cree que estar alejado del Centro le reste posibilidades al creador. «Puede ser que estar acá dificulte acceder al artista cuyo único objetivo es el comercial», agrega Szalkowicz. «Ahora, al que está buscando otra cosa, estos lugares lo invitan».



