Opinión

Jorge Vilas

Periodista

El ruido que gobierna

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Redes. Bombardeo de contenidos de todo tipo, las 24 horas, en la palma de la mano.

Foto: Getty Images

La información, que hasta hace poco tiempo era un bien escaso, al que había que buscar, contrastar, verificar, hoy sobra. Las tecnologías digitales invadieron la vida cotidiana y nos enteramos desde nuestro teléfono móvil de la última locura de Donald Trump, de que un viento fuerte hizo volar sombrillas en algún balneario de la costa bonaerense y de la vida familiar de gente que apenas conocemos. Todo junto y rodeado de decenas de otras informaciones. Y eso no es lo peor. Circulan por redes sociales, medios digitales y servicios de mensajería como Whatsapp noticias falsas de todo tipo que son creídas por millones de personas y que inciden en las decisiones que toman cada día.

No es casual que el auge de la ultraderecha en buena parte del mundo (Argentina incluida, por supuesto) sea paralelo a este fenómeno comunicacional. No es esta la única causa, pero sin dudas influye en la emergencia de líderes disruptivos, marginales, que sintonizan con el desencanto y la apatía reinante.

No son procesos casuales los que atravesamos. Los retrató con precisión Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos, así como antes Ignacio Ramonet en La era del conspiracionismo. En ambos libros se describió el uso de la circulación masiva de información falsa por redes y Whatsapp en el ascenso al poder de Donald Trump (el primero, en 2017), el movimiento 5 Estrellas italiano y Jair Bolsonaro en Brasil. Violencia discursiva y real, discursos de odio, descalificación de los oponentes y discriminación racial y social son las marcas de estos y otros referentes de la ultraderecha. Nada nuevo bajo el sol, claro, la diferencia es que la circulación masiva que facilitan las redes y plataformas digitales los amplifica hacia todos los rincones del planeta.

La propiedad de esos canales de información y entretenimiento define su sentido. Pertenecen a un puñado de magnates, los hombres más ricos del planeta, que concentran los poderosos dispositivos que todos tenemos en nuestras manos. La organización Oxfam, en su informe 2026 titulado «Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios», dedica un capítulo al control de los medios por parte de las oligarquías. En tal sentido, señala que «la población mundial pasa 11.800 millones de horas al día (en total, más de un millón de años) consumiendo el contenido en redes sociales fundadas por milmillonarios».

Oxfam registra que «siete de las diez mayores empresas de medios y prensa de todo el mundo están en manos de milmillonarios» y advierte que «este elevado nivel de concentración de la propiedad de los medios de comunicación y las redes sociales constituye una amenaza directa para las libertades políticas».

Atendido por su dueños. Los examigos Elon Musk y Donald Trump cuando actuaban juntos en la Casa Blanca.

Foto: Getty Images


Dueños de todo
Si bien el origen de las megarriquezas tiene que ver con factores distintos, la tendencia hacia la concentración de plataformas comunicacionales no es casual, forma parte de una estrategia de acumulación de poder. Según Oxfam, «la adquisición de medios de comunicación ha permitido a los superricos ampliar su poder político, moldear el discurso público y legitimar su acumulación de riqueza y poder, así como la existencia del sistema económico que favorece a estas oligarquías».

Repasando: los dueños de la economía global «manejan a discreción» el debate público y esto coincide con la emergencia de líderes políticos que responden a ellos (Milei, Bolsonaro) o directamente son uno de ellos (Trump).

Más allá del discurso guerrerista del estadounidense en las últimas semanas, su ataque militar a Venezuela y sus amenazas permanentes de agresiones a otros países, vale citar la reflexión de la investigadora argentina Milagros Miceli, experta con reconocimiento internacional en inteligencia artificial, quien afirmó en una entrevista reciente que «antes la dominación era a partir de las armas. Ahora la clave es una dominación a partir de la distracción, a partir del sobreflujo de información. Ya no se sabe qué creer. Es la distracción a partir de un acceso a estas tecnologías que parece democratizado».

Desde ese «ruido» comunicacional –que aturde– gobiernan el mundo. Esto colisiona con la democracia, tal como queda en evidencia en los distintos procesos de ultraderecha. Sin ir más lejos, la marca de las noticias falsas se vio en el copamiento enardecido del Capitolio en Washington, el 6 de enero de 2021, y dos años después, el 8 de enero de 2023, en Brasil, cuando se produjo el asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia. Fanáticos de Trump y Bolsonaro intentaron sendos golpes de Estado luego de perder las elecciones presidenciales.

Sin esa dosis de violencia, pero en el mismo plano antidemocrático, aquí en Argentina, el Gobierno de Javier Milei insultó al Congreso Nacional («nido de ratas» según el presidente) ante cada decisión adversa a sus intenciones, incrementó la represión estatal en los primeros dos años de mandato y se niega a cumplir leyes vigentes, como la de emergencia en discapacidad y la de financiamiento universitario.

El desafío para los sectores populares y democráticos es mayúsculo y no puede enfrentarse con las herramientas del pasado. No alcanza con denunciar a la ultraderecha ni con apelar a una racionalidad que hoy circula debilitada en un ecosistema saturado, fragmentado y que apela constantemente a la bronca y el odio. La disputa es, entre otros aspectos, comunicacional: de sentidos, de lenguajes, de tiempos y de formas. Persistir en modos de intervención que no logran interpelar, que hablan solo entre convencidos o que subestiman el poder de las plataformas es, en los hechos, dejarles el terreno libre a los dueños del mundo. Recuperar la iniciativa democrática exige repensar la comunicación como uno de los escenarios centrales de la lucha política. Porque si la ultraderecha avanza amplificando el odio, la distracción y el cinismo, la respuesta no puede ser el silencio ni la nostalgia, sino la construcción activa de relatos capaces de volver a conectar información, visiones críticas, esperanza y democracia participativa.

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