27 de enero de 2026
Intendentes, La Cámpora y el gobernador Kicillof, en una contienda que revalida o renueva liderazgos y redefine el mapa político. El control del peronismo en disputa.

Villa Gesell. Kicillof encabezó una reunión «informal» del Movimiento Derecho al Futuro en la ciudad balnearia.
Foto: NA
Debería ser una interna de baja intensidad y, sin embargo, se ha vuelto una escala central de la contienda peronista en la provincia de Buenos Aires. La elección del presidente del Partido Justicialista (PJ) bonaerense –lugar que hoy ocupa Máximo Kirchner– fue incrementando su relevancia a medida que se acerca la fecha y que otras disputas crecieron de forma paralela. Se volvió un round clave en la pulseada que tiene al gobernador Axel Kicillof de un lado y a Kirchner del otro.
Como toda interna partidaria, dividirla entre buenos y malos sería un ejercicio casi infantil. Hay visiones, estrategias, que en algún momento confluyeron y luego se volvieron divergentes. Cuando se abre la puerta de las internas partidarias aparece un sistema: avales, observaciones, porcentajes. Una batería de instancias que la mayoría de la sociedad desconoce por completo y en las que existe siempre la posibilidad de meter chicanas de todo tipo.
En lo formal, se están transitando una seguidilla de fechas clave. Van desde la exhibición de padrones –el pasado jueves 22 de enero– hasta la presentación de las listas el 8 de febrero. Todo finalizará en la contienda del 15 de marzo, a menos que haya un acuerdo de lista única.
Lo central no es desentrañar los pasos administrativos que vienen por delante, sino el recorrido político que hay detrás. Los argumentos de cada tribu. La interna puede resultar parecida a la visión de la tragedia que tenía el genial filósofo alemán Friederich Hegel: un conflicto entre dos fuerzas en las que ambas tienen razón.
Mar de fondo
El nudo gordiano de la interna peronista en territorio bonaerense es que el gobernador Kicillof está decidido a ser candidato presidencial en 2027, más allá de lo que diga la expresidenta Cristina Fernández. Sobre este núcleo se montan tensiones más viejas, como las fricciones de varios intendentes con La Cámpora, pero la decisión del gobernador bonaerense es lo central.
En el axelismo despliegan una explicación para esta posición. Dicen –con cierta razón– que este segundo mandato de Kicillof no puede ser leído como el primero. Que logró la reelección en el distrito más poblado del país en un escenario de derrota nacional del peronismo y que por lo tanto no puede seguir siendo un dirigente que no conduzca. En el menú argumental agregan un plato fuerte. La experiencia del gobierno de Alberto Fernández, que no fue la mejor, tuvo entre sus dificultades que el presidente no era el jefe político, sino que se esperaba que llevara adelante las decisiones de la conductora.
Este punto es quizás el más sólido de la premisa axelista. La experiencia del Frente de Todos salió mal. Repetir ese esquema de funcionamiento del poder traerá resultados similares.
En el campamento cristinista circulan explicaciones políticas y también personales. Lo dijo el personaje interpretado por Diane Lane en la sexta temporada de la serie House of Cards (era una amiga de la infancia de la presidenta que ahora conspiraba contra ella). «Lo político siempre es personal».
En el entorno de la expresidenta cuestionan que el gobernador haya decidido rebelarse contra ella. Esgrimen –con cierta razón– que toda la carrera política de Kicillof se hizo con el impulso de Cristina. A la hora de analizar su reelección, sostiene que se logró porque todas las tribus peronistas se alinearon detrás de ese objetivo.
Las elecciones del año pasado –se sabe– ingresaron en este debate. La victoria provincial de septiembre le dio un enorme impulso a Kicillof en su posicionamiento como conductor, porque él decidió el desdoblamiento electoral. Y la derrota por 29.000 votos que se produjo un mes después tuvo el efecto contrario.
Hay un elemento que hace complejo disputarle la conducción a Cristina Fernández en este momento. La expresidenta esta bajo prisión domiciliaria. Los poderes que están detrás de su detención y proscripción pretenden dar una lección histórica sobre lo que le ocurre al que toca determinados intereses. Tener al líder histórico preso y proscripto no es el mejor contexto para disputar la conducción. Genera una tensión ética que se suma a las otras tensiones. Es un punto que el axelismo debería tener presente con un cuidado especial.

Kirchner. El hijo de dos presidentes intenta sostener la titularidad del partido en la provincia.
Foto: NA
Viejas batallas
Sobre este núcleo central del conflicto se adhirieron otras tensiones que venían de lejos. La más importante era la de varios intendentes históricos del PJ con La Cámpora. La organización conducida por Máximo Kirchner fue conquistando lugares a lo largo de varias elecciones, al ocupar espacios en las listas que los intendentes consideraban propios. Nunca es fácil renovar los liderazgos.
Los jóvenes camporistas se abrazaron a la locomotora de Cristina –y antes a la de Néstor Kirchner– para ir ganando espacios que los alcaldes pretendían, especialmente en las listas de diputados provinciales, nacionales, y hasta en las de concejales.
¿Cuántos otros caminos les quedaban a los jóvenes? Los jefes comunales suelen armar un esquema de poder en el que ni una mosca escapa de su control. En esa lógica, la misma que el cristinismo aplica en otras instancias, la renovación no puede darse de forma amistosa.
Idas y vueltas de la vida, muchos de esos intendentes encontraron en el paraguas de Kicillof su refugio para disputar con La Cámpora, que a su vez tiene ya una buena camada de intendentes propios.
En la contienda de hoy, de los 84 intendentes peronistas bonaerenses, 48 están en el Movimiento Derecho al Futuro de Kicillof y unos 24 con La Cámpora. El resto son parte de los «no alineados», aunque en rigor una buena porción está en el Frente Renovador de Sergio Massa.
En tanto, sigue corriendo la cuenta regresiva para el 15 de marzo y la situación es la siguiente: el axelismo está armando su propia lista en los 135 distritos de la provincia para disputar la conducción del PJ. Cerca del gobernador sostienen que Kicillof está convencido de que el próximo jefe partidario tiene que estar alienado con él, que no puede ser un adversario interno. ¿Es una estrategia para negociar o una decisión inamovible? Ambas y ninguna. Nadie lo sabe con precisión. Hay algunos nombres que suenan como una posible bandera blanca en todos los sectores. El intendente de Lomas de Zamora, Federico Otermín, y el de Pilar, Federico Achával, son referentes camporistas de buena relación con Kicillof. El gobernador, por su parte, impulsa al intendente de La Plata, Julio Alak, que tiene una relación histórica muy cercana con la expesidenta. Quizás alguno de estos nombres pueda evitar que se haga la interna. Sería una elección con algo muy fuerte en contra y es que no sería abierta. Las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias –hoy tan cuestionadas– servían para oxigenar los partidos y abrir el juego a la sociedad. Quizás al peronismo le vendría bien contar con ellas.
