5 de febrero de 2026
Con promesas delirantes, Elon Musk anunció una gran fusión empresarial. ¿Qué implica el nacimiento de una corporación de esas dimensiones, liderada por el hombre más rico del mundo?

Sueños de grandeza. La nave Crew Dragon, de SpaceX, con capacidad para transportar hasta siete pasajeros, se acopla a la Estación Espacial Internacional.
Foto: Shutterstock
SpaceX, una de las empresas de Elon Musk, anunció en su página la compra de xAI, del mismo dueño. Allí se explicaba: «Esto marca no solo el siguiente capítulo, sino el siguiente libro en la misión de SpaceX y xAI: escalar para crear un sol consciente que comprenda el universo y extienda la luz de la conciencia a las estrellas». Incluso para los estándares megalómanos del hombre más rico del planeta Tierra, la hipérbole sorprendió a todos.
¿Qué implica la integración de estas dos empresas que unidas se transformarán (al parecer) en la mayor corporación planetaria con una cotización total de un billón de dólares (un millón de millones)? La respuesta no es fácil porque implica abordar la cuestión desde varios lugares.
1+1=1
SpaceX es la empresa que Elon Musk fundó en 2002 con dinero de la venta de su emprendimiento anterior, Pay Pal. Su objetivo, aseguraba, era buscar una alternativa planetaria en Marte para la humanidad: SpaceX abarataría los costos lo suficiente como para «terraformar» el planeta rojo, es decir, dotarlo de una base apta y autosustentable para la vida antes de que nuestro planeta colapsara. Para lograrlo, SpaceX intentó producir una disrupción en el anquilosado mercado espacial que se había modernizado poco y nada desde fines de los años 70, durante la carrera espacial. Según Musk, los costos se podían bajar muchísimo reemplazando muchas de las piezas con otras estándar más baratas. Luego de diversas pruebas y tres lanzamientos fallidos que lo pusieron al borde de la quiebra económica y mental, finalmente en 2008 logró que una de sus naves llegara al espacio y con costos efectivamente mucho más bajos que sus competidores.
Desde entonces ofreció servicios a distintas empresas y Estados, aunque su principal cliente es Estados Unidos. Desde 2019 tiene una subsidiaria, Starlink, que ofrece servicios de internet satelital y que es otra sólida fuente de ingresos. La empresa finalmente saldría a la bolsa este año con un valor total estimado, por el momento, en 800.000 millones de dólares. Su negocio funciona, pero atrás quedaron las promesas de terraformación y demás objetivos.
Por su parte, xAI fue creada por Musk para desarrollar la IA a su manera luego de abandonar OpenAI y demandar a su exsocio Sam Altman. Para ello está construyendo datacenters en tiempo récord y con costos siderales que contaminan seriamente el área en que se instalan. Con estos proyectos participa de la loca carrera por el desarrollo de la IA Generativa con altísimos costos e ingresos proporcionalmente muy modestos.
El año pasado, xAI compró la red social X por 33.000 millones de dólares; Musk había pagado más de 50.000 millones en 2022 cuando el objetivo era transformarla en un plataforma con una «libertad de expresión absoluta». El descontrol que generó en la empresa despidiendo y recontratando gente, sumado a la falta de moderadores, hicieron que muchos anunciantes la abandonaran y resintieran aún más el ya frágil modelo de negocios. Dentro de xAI también está Grok, la IA Generativa que desarrolló la empresa, y Grokipedia, una enciclopedia realizada con IA Generativa capaz de llenar, supuestamente, los vacíos históricos. Si bien no se dio a conocer cuánto pagaría SpaceX por xAI, serían al menos 200.000 millones para así llegar a la cifra que circula de que juntas alcanzarían el billón.

Ensayo y error. Luego de muchas pruebas y tres lanzamientos fallidos, en 2008 Musk logró que una de sus naves SpaceX llegara al espacio con muy bajos costos.
Foto: Shutterstock
Fuera del mundo
¿De qué sirve unir estas dos empresas que, en la práctica, están bajo control de Elon Musk? Las respuestas pueden ser tanto técnicas como financieras.
En primer lugar, la fusión permitiría, al menos según Musk, resolver varios de los problemas que están generando los datacenters en el planeta. Parte de su costo se va en infraestructura y, sobre todo, la compra de miles de procesadores. Pero una vez realizada esta inversión, el cuello de botella es la energía que escasea cada vez más y su precio que aumenta. Además, está el costo de la tierra para instalarlas y la creciente resistencia de los pueblos vecinos que ven aumentar su tarifa de luz, la contaminación y la escasez del agua (que se usa para refrigerar los servidores).
La respuesta de Musk frente a estos problemas es un voto de confianza extremo al poder de la tecnología: en el espacio sobra lugar, la energía solar es infinita y no es necesario enfriar los servidores ya que está cerca del cero absoluto (-273,15 grados). Por eso, en la primera publicación sobre el tema Musk asegura que se podrá lanzar «una constelación de un millón de satélites que operen como datacenter orbitales».
Lo que surge de esta solución son muchos nuevos problemas. Además de los costos de lanzamiento de todos estos satélites está la cuestión de la conectividad, que es mucho más lenta por vía aérea que por fibra óptica.
Pero el mayor obstáculo es que en el espacio… queda poco espacio: debido a la creciente cantidad de chatarra orbitando el planeta crecen las posibilidades de colisiones. Como los objetos viajan a velocidades enormes –no importa que sean muy pequeños–, pueden perforar a otros objetos y romperlos en fragmentos que, a su vez, aumentan las posibilidades de nuevas colisiones. Algunos especialistas creen que no estamos lejos de llegar al efecto Kessler, momento en que se produciría una cascada de choques que multiplican los objetos circulando y generan otros nuevos hasta destruirlo todo en el espacio.
Los satélites enviados por Starlink, de momento, orbitan a una altura cercana a los 500 kilómetros, por lo que la mayoría son atraídos nuevamente a la Tierra. De hecho, Starlink planea «bajar» la órbita de 4.400 satélites, cerca de la mitad de los que tiene, para reducir las probabilidades de que queden orbitando eternamente, algo que pone en peligro a otros objetos espaciales, incluidos sus propios satélites. En la actualidad hay unos 10.000 satélites de Starlink en esa órbita: ¿Qué pasaría con un millón más de objetos dando vueltas? ¿Será peligroso hacerlos caer al planeta?
Por otro lado, desde el punto de vista financiero, unir los destinos de ambas empresas tiene sentido. Mientras que SpaceX es una empresa rentable con un cliente prácticamente cautivo como el Gobierno de los EE.UU. y cuenta con un servicio de internet ubicuo y confiable, xAI y sus unidades de negocios pierden plata por todos lados. Atar el destino de ambas empresas permitiría a Musk garantizar el financiamiento de su proyecto de IA Generativa en condiciones de relativa igualdad con Alphabet (Google), Microsoft o Meta (Facebook), que cuentan con ganancias y recursos propios para desarrollar la IA Generativa. Las empresas que no cuentan con ese respaldo, como OpenAI y, hasta ahora, xAI dependen de inversores cada vez más desconfiados. Además, unirlas antes de sacar a SpaceX a la bolsa (como está previsto para este año) fuerza a los accionistas a comprar en un paquete cerrado los proyectos del sudafricano.
Al espacio y más allá
La apuesta de Musk está al borde de la megalomanía en su discurso y soslaya serias dificultades técnicas: no resulta novedoso, porque la grandilocuencia atrae el dinero necesario para intentar sortear las dificultades técnicas. Musk ha fallado en muchas de sus promesas más ambiciosas como la llegada siempre «inminente» de autos que se manejan solos, interfaces máquinas-cerebro, túneles para viajes rápidos y trenes en tubos de alta velocidad. Con Tesla aseguró que sus autos eléctricos permitirían ganar tiempo frente al calentamiento global; de esa manera podría desarrollar SpaceX para llegar a Marte y terraformarlo. También prometió hacer de Twitter, ahora X, un pilar para el debate público que finalmente resultó ser un megáfono virtual para su creciente supremacismo blanco e insultar rivales.
Sus promesas más nobles no suelen concretarse; aun así, le han permitido ser uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo.
