Cuento

La Packard y el destino

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Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) publicó entre otros libros las novelas Los amores de Laurita (1984), El libro de los recuerdos (1994) e Hija (2016). En Todos los universos posibles (2017) reunió sus microrrelatos y en Que tengas una vida interesante (2011) sus cuentos. Traducida a dieciséis idiomas, recibió entre otros reconocimientos el Premio Nacional de Cuento y Relato (2010-2013), el Premio Iberoamericano Juan José Arreola en minificción (2016) y el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional de Cuyo (2025). Su último libro de cuentos es El cuerpo roto (2025).

Ilustración: Gabriela Salem

Glozard empezó con los autos viejos cuando le fracasó el contrabando de strass.

El primero fue un Cord, el más valioso si Julito Glozard hubiera logrado convertir ese montón de fierros retorcidos en algo parecido a un auto. Pero no pudo.

Después tuvo un Chrysler del 30, modelo 88, Doble Phaeton, y una cupé Buick de cuatro puertas del 29 y pensó que podía ganar mucho si los vendía en Estados Unidos. Los metió en un container y se fue en avión a esperarlos en Miami. Volvió amargado como nunca, él que siempre tiraba para adelante: en Estados Unidos los autos de colección valen mucho si la restauración es impecable. No era el caso.

En cuanto se recuperó, compró la Packard. Enseguida la llamó así, en femenino, por ser una cupé: era una belleza clásica del año 42, alta y arrogante. Estaba bien, como para empezar una restauración en serio. Julio le prometió a su mujer y a su hijito que iban salir a festejar con la Packard cuando hubiera elecciones: gobernaba la Junta Militar. 

Al motor hubo que desarmarlo íntegro, pero con una rectificación fue suficiente. No le faltaba casi nada. Todo se hacía despacio: Julito estaba metiendo plata en un negocio nuevo, un Instituto de Enseñanza para el ingreso a la universidad y no quedaba mucho para la Packard, por más que trabajara con mecánicos enamorados de los autos antiguos, que le cobraban poco.

Además de Old Cars, Julito empezó a buscar publicaciones más específicas. Se suscribió a la Revista del Club del Packard. Impecable, la Packard valdría su peso en oro.

El color lo eligieron con Lidia: un cremita que haría juego con el tapizado rojo, uno de los colores originales con que las cupé Packard habían salido de fábrica. Pintarla enseguida fue un error pero sirvió para darse cuenta de lo mucho que le faltaba de chapa. Los problemas se veían sobre todo en las junturas del capot, un guardabarros estaba deformado, había que hacer de nuevo el piso del baúl.   

Los fines de semana Julito salía con Lidia y el bebé a recorrer desarmaderos de la provincia en busca de piezas originales. A los amigos nos veía poco: dedicaba su tiempo libre a encontrarse con coleccionistas, mecánicos, chapistas y gente del ambiente. 

Después de la guerra de Malvinas Julio se dio cuenta de que las elecciones se le venían encima y corrió la fecha:

–Salimos a festejar con la Packard el día en que asuma un presidente civil –anunció. 

Para entonces ya había nacido la nena y el chiquito empezaba a jugar en el patio con tuercas, alambres y maderitas. Glozard andaba loco de alegría porque había conseguido un tapicero que trabajaba en escenografía teatral y entendió enseguida qué clase de trabajo fino hacía falta. Asumió Alfonsín y a la Packard todavía le faltaba.

El nuevo Gobierno abrió el ingreso irrestricto a la universidad y los institutos privados, incluido el de Julito, se fueron al diablo. Por suerte nuestro amigo seguía enganchado en la fábrica de aisladores cerámicos que su suegro tenía desde siempre.

Hay que admitir que hubo mucho trabajo inútil: por ejemplo, estuvieron meses copiando de una foto la parrillita del frente y dos años después un coleccionista les regaló la pieza original.

Julio se cansó de lidiar con talleres y decidió meter la Packard en su propia casa, en el patio techado. Durante tres años o cuatro años, dos chapistas y un ayudante venían a trabajar en el auto todos los sábados. Lidia se quejaba de tener que pasarse la tarde sirviendo café mientras estos lijaban y lijaban vaya a saber qué. De la pintura cremita no quedaba nada y la Packard estaba toda desarmada por milésima vez.

Cuando la volvieron a armar quedó una pinturita. Para entonces había fracasado el plan Austral, el país estaba quebrado, la obra pública suspendida, y la fábrica de aisladores del suegro, que había funcionado cincuenta años con licitaciones del Estado, empezó a perder plata. Julito, que era un busca, se puso con un amigo arquitecto un negocio de venta de choripán en una esquina de Corrientes, cerca del Obelisco. Lindo boliche, casi demasiado lindo. No podía andar mal. Pero anduvo. Incluso tuvieron accidentes graves, como el del colectivo que se les metió en el local. La familia Glozard tuvo que hipotecar su casa y recién se libraron de las deudas varios años después, cuando ganaron el juicio contra la empresa de transportes. El sueldito de maestra de Lidia se volvía cada vez más importante.

Lidia era una compañera de fierro y ni siquiera en el peor momento insinuó que se podría vender la Packard. Hay que ver que el auto daba alegrías pero también disgustos, como el tema de los faros de bronce. Alguien le prestó a Julio el vidrio original para copiarlo: había que hacer un molde en siliconas y llenarlo con resina. Cuando el vidrio prestado se rompió, fue duro para Julio explicarle al dueño que no le iba a poder devolver esa pieza única.

Cuando parecía que la moda de la bijouterie iba a ser eterna, Julito lo convenció al suegro de que se metiera con él en el negocio. Con la excusa de un viaje a Corea para comprarle chafalonía a un mayorista, pasó por Los Ángeles y se trajo los pads de la pedalera, las partes de goma que cubren el acelerador y el freno, y los gaskets del aro de las luces. Las había encontrado en un catálogo que solía mirar extasiado durante horas: «Lyn H. Steel Quality Reproductions – Rubber parts for Packards».   

El pibe de Julito no resultó tuerca, como el padre hubiese querido. La chica crecía preciosa y a Lidia empezó a molestarle que el fin de semana la casa estuviera llena de mecánicos y chapistas. Se puso firme y la Packard empezó otra vez a yirar por los talleres. Verla tirada así, en cualquier parte, a Julito le dolía.

Después del intento con la bijouterie y de liquidar la fábrica de galletitas (había comprado una de esas máquinas yanquis que hacían galletitas feísimas de gusto, pero lindas para ver cómo se fabricaban en la vidriera), Julito se terminó de fundir en el primer Gbierno de Menem con la importación de ropa usada. Se trajo un container lleno de pulóveres apolillados y malolientes que no querían ni los linyeras. Y la radio original de la Packard, que le salió solamente cien dólares.

El gran cambio, la novedad esencial y profunda, fue Internet. Ahora ya no necesitaba revistas ni catálogos. Ahí estaba todo, casi a su alcance. 

El otro día me lo encontré manejando un taxi que alquila por día. Tenía cara de cansado pero cuando le pregunté por la Packard, le volvió la luz a los ojos.

–Está divina, toda cremita otra vez: catorce capas de pintura como los Volvos –me dijo Julio–. Encontré a uno más fanático que yo y los cromados están quedando joya. ¡La estrenamos el año que viene para festejar que mi nieto mayor se recibe de ingeniero!

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