Cultura | Vuelve el reality más famoso

El virus Gran Hermano

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Julián Gorodischer

En su última edición, el género de masas muta, infecta al sistema y lo pone a su servicio. Una versión híbrida que le da más lugar que nunca a la ficción, con Andrea del Boca a la cabeza.

Foto: Captura

Mutaciones del reality más famoso: como un gusano informático, un malware que infecta el sistema y lo pone a su servicio, Gran Hermano se chupa y deglute la ficción televisiva, esa que le falta a la pantalla, la que fue expulsada de una TV barata de paneles y formatos calcados. En un nuevo marco, se ha llegado al fin de las estructuras estamentarias conocidas: es el final de la figura, como se entendía antiguamente; de la protagonista de una ficción en tira diaria, una telenovela, aquel fósil gimiente expulsado de las pantallas.

Hay que reconocerle habilidad y osadía a Andrea del Boca, para liderar la conversión de la actriz –o antigua heroína de melodrama– en un engranaje más –cachet millonario y visibilidad asegurados mediante– del coro de figuritas para una protoficción, que se esconde en la realidad de sus biografías problemáticas y relacionamientos conflictivos para reproducir cada vez más roles estereotipados, llámense «la negra aguerrida Mavinga», la Miss Venezuela –como llaman a la fresca y liviana Cinzia–, el «crosfitter» recio e inexpresivo Martín, o la trans «mete-púa» Danelik. 

Toma fuerza en su mutación y contorsiona hacia un nuevo estadío más editado, con separadores y clips que se notan guionados, ensayados, recreando una escena tan hiperproductiva que exige quemar etapas; ya no alcanza con esperarlos hasta el premio mayor, ni aguantarse la construcción de un ídolo al estilo del reality de primera y segunda generación. ¡No! La nueva usina de la inmediatez los entrena y al mismo tiempo los pone a laburar de actores a las dos semanas de haber ingresado, a las órdenes de Andrea, que dirige la remake de alguna escena del más pobretón de los films de Alejandro Doria, Cien veces no debo.

Éxito de casting
Como el propio reality hace explícito, el mérito es de la conformación de un elenco variopinto, que elevó las edades y llenó de dramatismo de inmediato a una casa de colores más intensos, más fluo, donde cada vez más, incluso más que la última vez, jugar significa una abstracción indecodificable que los panelistas y el mismo conductor de siempre, Santiago del Moro, no cesan de repetir, y no escatiman halagos a «la que / el que» mejor «juega». Tampoco se dosifica la crueldad a la hora de atribuirle el mote descalificatorio de «planta» a aquel que (¿por edad?, se preguntan) no sabe jugar.

Se trataba de Tomy, el cuasi púber de 18 que entró en llanto profundo mientras lo retiraba, escoltándolo, el «hombre planta». El día 1, con la salida de «Dani» tras la muerte de su padre y de «Divina», en cuadro de hipertensión que hoy se sospecha «ataque de pánico», el GH dorado –explosivo, kitsch– puso en escena algunos atributos que no aparecían en su historia de 25 años: el artificio, el mundo «del afuera», los estatus profesionales (del mundo del espectáculo), el  personaje del mediático (Kennys, Danelik, Zilli); esos residuos de una TV del 2000 (la TV pobre) que se reciclan en una casa que ama las ficciones de la vieja escuela, a Andrea besando y llorando a mares y también a Yanina Zilli y sus plumajes de exvedette y a Kennys con todo su mundo «Wanda» asociado. También acoge a lo nuevo de la mano de los youtubers y su «aesthetic» universo de trivialidades con buen punch y timing pero sin debate sobre «temas».

Para que el reality se imponga –eso sí– tiene que haber tonos y volumen altos, personalidades y estampas bien identificables, porque este género vive y vibra en el plano de lo icónico: la mostración de esas 24 horas de intimidad que tardaron en llegar pero que, por estos días, se ofrece como un plus de DirecTV, a sabiendas de que venía habiendo poco baño, poco culo, poca teta, y la barra inflamada de hoters que asola al streaming –ese eslabón infaltable en tiempos de viraje hacia un nuevo star system digital– empezó a pedir a gritos más pecho de Nick y de Zunino, más culo de Lola y de Luana, a la que las noticias, en otro segmento, le habrían atribuido cercanía con una banda de trata liderada por un influencer que ya habría sido condenado por ese caso. Por si fuera poco el ex de Luana entró en la flamante sección «Derecho a réplica», y le dijo de todo, por haberlo dejado y humillado en el mass media. Ella amenazó con irse porque «así no se expone a una mujer». El «vivo» se roba la adrenalina de la jornada, en cada gala, y MasterChef se empequeñece ante estos ambientes rugientes que Santiago sabe arengar, y muy bien, convirtiendo a Wanda en una aprendiz de aquello que a GH no le falta: «conciencia de big show».

Ave Fénix
Lo de Andrea es un fenómeno aparte: extraña renaissance que hoy la lleva con ese bendito sobrepeso que porta con dignidad y sin melancolía por la rubia y esbelta mujer joven hegemónica que fue a sus veintipico. «La doña con olor a sopa» –como la rebajó Moria Casán– logró, sin embargo, que hoy toda la TV la haya devuelto a su centro, actualizando sus «escándalos» como si fuera ayer, cuando Mirtha le delató el embarazo que le valió su enemistad o cuando Silvestre la eligió por sobre la que era «su mujer».

Adentro, da cátedra de humildad, siendo compañera inseparable del grupo de «Las Puras», el que conforma con Yipio, Dani y Mavinga, como una más entre los seres del montón, y bien «gauchita» con respecto a la trama, tras haber coqueteado sin suerte con el maduro Eduardo o de haber entrado en riña con la exvedette Yanina Zilli, aunque todo resuene un poco artificial. Pero Andrea le pone garra y las horas fluctúan entre sus diversas poses y gesticulaciones directas a cámara, en un soliloquio que ya empezó a hacer mermar los comentarios sobre su vida pasada, ya que como siempre la casa se los traga. Hoy solo quedan visos de su voz suave y quebradiza, sus ojos llorosos, una emocionalidad fotogénica que las cámaras y los informes explotan y mucho. Andrea, de nuevo en el núcleo del imaginario colectivo de dos o tres generaciones y su sueño de un amor romántico que ya es parte del pasado de todos, y de cada uno. 

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