18 de marzo de 2026
Artista, docente y diseñador, Rocambole creó las imágenes de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota que hoy integran el patrimonio de la cultura argentina. La muestra y el libro que llevan su firma.

Hay artistas que hacen tapas de discos. Y hay otros que construyen imaginarios. Rocambole pertenece a la segunda categoría y más: es el arquitecto visual de la experiencia musical más intensa del rock argentino, la de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sin embargo, reducirlo al «artista de Los Redondos» sería injusto.
Nacido en La Plata como Ricardo Cohen, con otro apodo, el «Mono», es también docente, ensayista visual, diseñador y, si se quiere, profeta: muchas de sus obras –siniestras, oscuras– anticiparon situaciones. Sus pinturas y dibujos dialogan con la historieta, con la ciencia ficción de mediados del siglo XX, con otros artistas plásticos como Goya, Carpani e incluso Berni, y con la gráfica política. Hay en sus dibujos una mezcla de amenaza, ironía y lirismo, que parece diseñar distopías y, al mismo tiempo, retratar el presente.
«Toda la vida he transitado ese límite impreciso entre el diseño de comunicación, la gráfica y una parte más íntima que sería una carrera pictórica.»
A propósito de su muestra El jardín de los fantasmas, que expone en el Centro Cultural Recoleta, y de la reedición actualizada del libro Rocambole: Arte, diseño y contracultura, se entrega a la entrevista con pasión y compromiso. Tiene 82 años y su mirada se conserva joven. Habla sobre memoria, tecnología, inteligencia artificial, dictaduras visibles e invisibles y la vigencia –«increíble, incomprensible», dirá– del fenómeno ricotero.
–¿Qué es El jardín de los fantasmas? ¿Cuáles son esos fantasmas?
–A cierta altura de la vida uno empieza a ser asaltado por los fantasmas. Algunos todavía sobreviven en el mundo, pero muchos ya están en el jardín. Entonces, se transforman en amigos. Hablás con ellos. Uno parece un loco y tal vez lo sea. Además, El jardín de los fantasmas se me ocurrió por el hecho de que me invitaran a exponer en el Centro Cultural Recoleta, que es contiguo a un cementerio.
–La muestra está dividida en dos salas: una corresponde a tu trabajo en general; la otra, a tu rol dentro de Los Redonditos de Ricota. ¿Cómo funciona esa división?
–Hay dos trayectos, es cierto. Toda la vida he transitado ese límite impreciso entre el diseño de comunicación, la gráfica, incluso la comunicación publicitaria y una parte más íntima que sería una carrera pictórica, llamémosle «artística», así, entre comillas. Ese es el camino que recorrí. Yo nunca sentí que tuviera que anclarme en algún lugar. Desde muy joven me inicié pintando carteles por la calle, ofreciéndome en alguna verdulería, algún quiosco, a pintar el cartel. Así me fui formando hasta que, en algún momento, fui a la Universidad de La Plata, a la Facultad de Bellas Artes. Me vinculé con artistas diversos que me dieron una gran mano. Así seguí. Son dos caminos y ninguno me parece más artístico que el otro.
–Lo que cambia es el alcance: no es lo mismo una obra de sala que una tapa de disco.
–Claro. En el transcurso de los tiempos, los medios de comunicación y otros asuntos fueron evolucionando, cambiando. En un momento el capitalismo eran los príncipes del Renacimiento que bancaban a los artistas de su época, adquirían sus obras o les daban trabajo. Ahora son los grandes capitales los que necesitan comunicación. La imagen es el único instrumento comunicativo que tiene el ser humano. Recuerdo que un profesor de la universidad decía que el ser humano es un animal óptico, porque piensa con imágenes. Incluso cuando se habla a sí mismo no se habla con palabras escritas o leídas: se habla con las imágenes que le aparecen en su cabeza. Siendo la imagen tan influyente, tan importante dentro de la vida y del espíritu de los seres humanos, ahora habita los teléfonos, la televisión y las computadoras. Es decir: las pantallas. Una vez hice una muestra que se llamó La batalla de las pantallas, porque me había puesto furioso el hecho de que ya no se podía leer en los bares: ahora estás rodeado de pantallas que transmiten deporte, música, noticias, lo que sea. Es infernal.
–Muchas veces te señalan como un «poeta que pinta», alguien que anticipó imágenes del horror.
–Sí, me lo han dicho. Yo no sé… Lo que sí soy consciente es que tuve la suerte de que mi niñez transcurriera en los años 50, en la mitad del siglo XX. Fue la época de oro de la historieta y se inició la ciencia ficción. Yo era fanático de ambas disciplinas. Entonces me nutrí de eso. No me es extraño que en este momento llegara Terminator o que de repente las máquinas se apoderaran del control de la humanidad. Leí a grandes autores que ya me la contaron: Isaac Asimov, Lester del Rey, Ray Bradbury. Ahora observo una preocupación sobre la Inteligencia Artificial. ¿Recién ahora se dan cuenta?
«La historia va y viene. ¿Fracasaron las ideas de los griegos cuando fueron copados por el Imperio romano? Hay ideas antiquísimas que siguen vigentes.»
–¿Qué posición tenés respecto de la IA?
–Estamos en la prehistoria. La cosa se irá afinando, como ocurría con cada avance tecnológico. En este caso no sé qué pasará. Supongo que no hay que asustarse. Todo lo nuevo provoca tremendas resistencias. Yo estudié bien el Renacimiento: en el siglo XIV los pintores se indignaron porque en Holanda empezaron a mezclar los pigmentos con aceite. Lo normal era el llamado «temple», con huevo. Decían: «Esto no es pintura, esto no es arte». Y pocos siglos después todos pintaban al óleo. Más tarde, a comienzos del siglo XIX, aparece la fotografía y otra vez el grito en el cielo: «Nos va a reemplazar». Y la fotografía se transformó en un arte por derecho propio, una herramienta imprescindible. Cuando aparece el cine, que unió literatura, imagen, teatro, como una ópera moderna, pasó lo mismo. Desarrolló su lenguaje propio. No soy apocalíptico. Por ahora, a la inteligencia artificial yo la llamaría «tontería artificial». Todavía no es tan inteligente. Es eficaz en situaciones meramente tecnológicas y mecánicas. Supongo que cuando se transforme en verdadera inteligencia artificial va a ser más inteligente que los seres humanos. Entonces hay dos caminos, nos destruye o nos alegra la vida.
–Tus obras se ven en museos, en discos, en remeras y en tatuajes. ¿Tenés preferencia?
–Mi almita de pintor, esa que cuando era chico soñaba con ser artista, se siente muy contenta cuando expone en un museo. Mi espíritu de diseñador y de comunicador social se siente muy alegre cuando hago una pieza de diseño, una tapa de disco, un afiche. Con los tatuajes, no sé… me siento desconcertado. Una vez un chico me mostró un tatuaje en toda la espalda con un trabajo mío, «El esclavo con la cadena», la imagen de Oktubre. Me la mostró de golpe, a la salida de un recital. Y me asusté, realmente. Le dije: «Yo de esto no tengo la culpa. Te va a durar toda la vida». Vi muchos tatuajes, incluso llegué a coleccionarlos, porque me envían las fotos. Y en cuanto a las remeras, sí, me gustan. ¿Qué voy a decir si en los 70 me ganaba unos mangos estampando remeras con serigrafías? Las remeras las tengo en un rincón del corazón.
–Como diseñador de tapas de discos, ¿cómo viviste el pasaje del vinilo al CD?
–Fue horrible. El arte de tapa en vinilo terminó, en los Redonditos, con ¡Bang! ¡Bang!… estás liquidado. A partir de entonces fue el CD. Con mis amigos diseñadores nos miramos con horror, nos abrazamos llorando. Teníamos que prescindir de una maravillosa superficie de 30 por 30 centímetros y pasar a una de 12 por 12. Fue una tragedia que nos forzó a pensar. Justo empezó el tema de la piratería. Charlando con los Redondos nos preguntamos: «¿Y si hacemos como con los perfumes, que la gente atesora el envase? ¿Y si pensamos que la obra también es lo que la contiene?». Así salió la idea de Luzbelito, donde prescindimos del envase plástico estándar y armamos algo similar a aquellos álbumes de música clásica, con lomo y sobres de papel kraft. Después vino otro desafío con Último bondi a Finisterre. Se abría como una navaja y tenía elementos que auguraban un futuro tecnológico. La idea de Solari era que el disco representara simbólicamente el paso del pasado al futuro. Decidimos emular una nave espacial. Esta vez nada de lápiz y papel, todo en máquina, todo adentro de la Mac.
–La piratería terminó generando una forma artística.
–Sí, el arte como consecuencia. Muchas veces fue así en la historia. Nos pasó con la dictadura. He vivido de todo: gobiernos autoritarios, seudodemocracias. Creo que la peor dictadura está dentro de la cabeza. La que nos instauran, la que nos dice lo que tenemos que hacer sutilmente. Las dictaduras militares son desde afuera, uno puede luchar contra ellas. Lo más complejo es resistir a las dictaduras que te meten adentro. Hay que tener una actitud de alerta y raciocinio para determinar cuándo una cosa es más o menos buena o más o menos peligrosa.

–Viendo la marcha del mundo actual, ¿fracasaron las ideas de los 60?
–La historia va y viene. ¿Fracasaron las ideas de los griegos cuando fueron copados por el Imperio romano? Hay ideas antiquísimas que siguen vigentes. Son flujos y reflujos. Yo creo que va a imperar alguna lógica para la subsistencia de la especie.
«En los 50 o 60 uno veía fenómenos artísticos que subían, llegaban a un clímax y decaían. Con los Redondos no ocurre. Es una forma de locura colectiva.»
–¿Qué reflexión te merece la vigencia que conservan Los Redonditos?
– Es una locura. Me genera interrogantes. ¿Hasta cuándo puede durar un fenómeno así? En los años 50 o 60 uno veía fenómenos artísticos que subían, llegaban a un clímax y después decaían. Incluso músicos que habían tenido su momento de fama y después bajaban. Con los Redondos no ocurre. Doy charlas y se me acercan chicos de 12 o 13 años con un CD para que se los firme. Les pregunto si es del papá. «No, es mío», me dicen. No quiero caer en el autobombo. He conocido manifestaciones muy grandes que después bajaron. Esto es increíble.
–Tal vez tenga que ver con el conjunto de ideas que sostuvieron los Redondos: la autogestión, no salir en la TV, no hacer giras fuera del país.
–Sí, y con la formación. Muchos fuimos estudiantes vinculados a la política, testigos de la revolución cubana, de dictaduras tremendas, del rock and roll, los Beatles, la generación beat, el pop art. Ese menjunje tal vez otorgó cierta estabilidad emocional para no comprar lo que te vende el capitalismo. Leíamos la revista Eco Contemporáneo, filósofos que nos atraían. Éramos bastante refractarios a creer que el premio era la riqueza. Ser un tipo con mucha plata para viajar en yate nos parecía aburrido. Pero volviendo a la pregunta, no tengo idea de qué pasa con los Redondos. Es una forma de locura colectiva.
