18 de marzo de 2026

Hoy por hoy, tener un trabajo estable se está convirtiendo en un lujo, en una actividad pensada para minorías, cada vez más chicas.
Además, con este afán del Gobierno de hacer crecer el país cerrando industrias, ser laburante es vivir con el corazón en la boca, porque en cualquier momento llega a la fábrica y se encuentra con un cartelito que agradece los servicios prestados y le avisa que ya no trabaja más, que la empresa no lo conoce, que ellos no tienen la culpa y que le desean la mejor de las suertes… si es que eso existe…
Por eso, porque yo tengo que cuidar el mío, me vestí, salí de mi casa, esquivé una cuadrilla que estaba rompiendo la vereda para cambiar las baldosas, que después van a romper, para poner baldosas nuevas, que después van a romper, para poner baldosas nuevas, que después van a romper…
Llego a la esquina y veo, en medio de una galleta de tránsito, que una moto, para pasar por donde no puede pasar, le toca apenas el espejito a un coche. ¡Para qué! Del coche bajó un energúmeno con un matafuegos con la santa intención de romperle el casco y el cráneo al motoquero, en ese orden. El de la moto, para no ser menos, sacó un fierro y, mientras se puteaban de lo lindo, comenzaron a pelearse ante la vista de varios transeúntes que, en lugar de intentar separarlos, sacaron sus celulares para filmarlos, pensando en verse en algún noticiero, de esos que viven mostrando peleas y asaltos callejeros.
Mientras estos se seguían dando, apareció el analista social Pepe Tecantolajusta.
–Pepe, vos que sabés, ¿qué pasa que cada vez estamos más violentos, más intolerables, más si me mirás mal te rompo todo?
–Lo que pasa –me dijo mientras se acomodaba el chaleco antibalas– es que la gente está mal porque se siente agredida. Las facturas de los servicios públicos son como trompadas: la luz un uppercut al cuerpo, el gas un cross a la mandíbula, el agua un jab al flanco, el consorcio un gancho al hígado. El problema es que a vos te sacuden, pero vos no podés pelear mano a mano contra una empresa transnacional. Entonces estás con toda la bronca, sin guita y con el primero que te roce sin querer, te agarrás a las trompadas. Y además está el milagro argentino.
–¿Qué es eso?
–Somos el único país del mundo donde baja la inflación y suben los precios. Es milagroso.
Cuando Pepe se las tomó me quedé pensando que, en realidad, la inflación baja porque, con la fórmula que usa el INDEC, ni los peinetones, ni el esténcil para mimeógrafo, ni los discos de 78, ni las polainas, ni la Bidú aumentaron.
Creo que deberíamos estar agradecidos.
