20 de marzo de 2026
La historia de dos jugadores de Huracán de Tres Arroyos revela cómo el fútbol también fue víctima del terrorismo de Estado. La firme lucha de los clubes a 50 años de la dictadura cívico-militar.

Nos faltan dos. Piovoso, anteúltimo arriba, y Rivada, tercero abajo, en la formación de Huracán de Tres Arroyos en 1974. Ambos están desaparecidos.
¿Puede una foto, apenas una foto, testimoniar, de un solo parpadeo, cuántos sueños caben en el fútbol y cuánto horror cabe en un país? Puede. Puede porque en esa foto se erige, seguro, respaldo de los compañeros, guantes grandes y cuerpo firme, Antonio Piovoso, el arquero. Puede. Puede porque, en la fila de abajo, en el lugar que esas postales de muchachos en pantaloncitos suelen concederle a la línea ofensiva, posa en cuclillas y se imagina magias Carlos Alberto Rivada, audaz, encarador, dúctil, carta de creatividad y esperanza de gol. Puede porque ambos, en 1974, comparten equipo en Huracán de Tres Arroyos. Puede porque ambos, también ambos, están desaparecidos.
Alberto Eduardo García Allende, docente, entrenador, técnico industrial, muy de Bahía Blanca y residente en Cañuelas, va de tanto en tanto sobre aquella foto. La cobija en algún archivo gráfico y la guarda, aún mejor, en el archivo que, en cada segundo, le habita el corazón. No aparece en la foto porque, aunque en sus días de futbolista integraba ese plantel con Rivada y con Piovoso, se calzó poco con esa camiseta. Pero conoce al mango que esa imagen porta algo imborrable de su biografía y de la biografía de su tierra. Rivada ejerció de puente para que llegara a ese club. Piovoso fue su interlocutor en charlas que retornan para todo menos el olvido.
Al Tano Piovoso lo secuestraron en La Plata, su patria más patria, el 6 de diciembre de 1977. Tenía 24 años, dedos de dibujante, recorrido avanzado en la carrera de Arquitectura, un empleo en la oficina de la que se lo llevaron entre golpes y sangres y tres presentaciones en la Primera de Gimnasia –una institución que lo homenajea cada año–, honrado de ser el sustituto de Hugo Orlando Gatti, prócer del arco y su espejo en el puesto. García Allende lo retrata fenómeno: «Un arquero importante. Tenía pinta y físico de malo, pero, por dentro, era un gran tipo. En los tres palos, reflejaba su identidad: era corajudo, se entrenaba muchísimo y se comportaba como lo que llamamos un hombre del área. Había jugado un tiempo al básquetbol y se le notaba. Como compañero, ese tipo que parecía rudo resultaba muy querible. De la gente sincera de este mundo: jamás te fallaba».
Rivada respiraba tanto fútbol que disputó el último de sus partidos solo unas horas antes de la madrugada en la que una banda criminal se metió en su hogar para capturarlo. Apilaba 27 cumpleaños y un desarrollo paralelo como basquetbolista, en una doble condición deportiva que había heredado de Héctor, su papá, además dirigente. Una derrota frente a Estación Quequén, campeón del torneo zonal, le había frustrado parte del 3 de febrero de 1977, pero sin impedirle el ritual de cenar con sus compañeros de Huracán de Tres Arroyos, con Ramón Palacio, por ejemplo, el papá de Rodrigo, gran delantero de Banfield, Boca y la selección. Era ingeniero electrónico, militante peronista, pareja de la profesora de literatura María Beatriz Loperena, padre de los pequeñísimos Diego y Josefina, quienes, en la madrugada del espanto, quedaron abandonados en la puerta de un hospital local, donde los halló la enfermera María Rosalía Fernández, lo que permitió que sus abuelos los recuperaran. «El Chivo Rivada –desgrana García Allende– era un jugadorazo. Habilidoso, con gol. Los técnicos dudaban sobre si jugaba de volante o de delantero. Muy parecido a Diego Latorre como futbolista. Y, además, luchador. Podía jugar de 8, pero, sobre todo, sabía armar. Lo distinguía una guapeza que hacía que entrenadores como Alfredo Cortez, de avanzada en esa época y que dirigió muchos equipos de la zona, lo ubicaran como centrodelantero porque, encima, remataba bien».
Una nómina larga
Rivada y Piovoso integran la lista cada vez más larga de futbolistas desaparecidos. Ese cada vez devela una profundidad. Con frecuencia, se incorpora a la nómina una nueva historia, una historia que cuesta creer que no fuera asimilado a lo que el fútbol cuenta o debe contar. En los tiempos inmediatos que siguieron al final del genocidio, surgieron investigaciones sobre el horror político y económico y se organizaron tributos a las víctimas en campos diversos. El deporte demoró. Como si la vieja idea del desvínculo entre política y deporte –«el apoliticisimo deportivo» lo llamó el científico social Jean Meynaud en los sesenta– perdurara como máscara para tapar que toda negación de un lazo político es, justamente, un lazo político. A lo sumo, emergían revelaciones imprescindibles y terribles sobre el mundial de 1978 y sobre las presencias megalómanas de personajes a los que la barbarie les había concedido espacios. Pero en torno a los deportistas, nada. Y de los futbolistas, acaso menos. Un silencio heredado de la ferocidad de los silencios políticos entretejidos por la dictadura y de otros silencios, más sutiles, labrados por esa concepción insostenible, pero persistente, que establece que si la política se arrima al deporte lo mancha. Autor del libro Deporte, desaparecidos y dictadura, el periodista Gustavo Veiga demuele esos silencios: ya detalló más de 220 casos.
Ese escenario explica que los clubes no actuaran como vanguardia en la construcción de memoria. En cambio, en los últimos años, pasaron a desempeñar un papel bastante más potente, bajo el impulso de minorías intensas de socios y de socias. Sin embargo, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) adeuda un reconocimiento a los futbolistas desaparecidos. Es eso lo que propone, en el marco del medio siglo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino. Sergio Smietniansky, uno de los motores de que Banfield reinstalara en sus padrones a sus desaparecidos, lo argumenta: «Nosotros planteamos la colocación de una placa en el predio Lionel Messi, el lugar de las selecciones nacionales, en Ezeiza. Pero no solo entendemos que hay que hacer constar allí los nombres de los futbolistas desaparecidos. También es necesario que, desde el fútbol, quede manifiesto lo relevante que es persistir en los conceptos de memoria, verdad y justicia».
Memoria, verdad y justicia. Dice García Allende con memoria, con verdad y con justicia: «Piovoso era muy inteligente. Cuando terminábamos los entrenamientos, solíamos ir al departamento de Raúl García, dirigente y primo mío, y las charlas políticas o de lo que fuera transcurrían larguísimas mientras comíamos asado al horno entre varios. A Rivada lo conocí cuando era muy joven. Yo nací cerquita de la cancha de Liniers de Bahía Blanca y él jugaba ahí. La vida nos fue reuniendo en distintos ámbitos. Políticamente, era una luz. Tenía una intuición tremenda».
Memoria, verdad y justicia. Eso que abrevia Diego Rivada, el chiquito tirado en la puerta de un hospital con su hermanita, el hombre que tomó el legado paterno para ser dirigente del Deportivo Barracas de la bonaerense ciudad de General Lamadrid –una entidad al borde del abismo que se levantó para ser casa y pertenencia de mucha gente– y, siempre y para siempre, el hijo: «Para mí, como para muchos, el fútbol es un lenguaje común, una forma de comunicarnos. Y, en mi caso, es la forma más concreta que he encontrado para charlar y estar cerca con mi viejo».
Memoria, verdad y justicia. En esa foto sigue estando el fútbol. Y en esa foto siguen faltando dos.
