21 de marzo de 2026
Apodado «Chispa» por su destreza con la picana, Gonzalo Sánchez formaba parte de la patota de la ESMA que emboscó al periodista y disparó el arma que le atravesó el pecho. Hoy es juzgado por crímenes de lesa humanidad.

Ese hombre. Walsh fue asesinado el 25 de marzo de 1977 en en barrio porteño de San Cristóbal.
Cosas de la modernidad: el 19 de noviembre pasado, la segunda audiencia de este juicio por delitos de lesa humanidad –a cargo del Tribunal Oral Federal N° 5 de la CABA– no se desarrolló en un lugar físico, sino por Zoom.
A la hora prevista para su inicio, las pantallas exhibían a todas las partes en sus respectivas cuadrículas, menos al acusado, quien participaría del asunto desde la Unidad 34, en Campo de Mayo, donde se encuentra alojado.
Su demora parecía contrariar a los magistrados Germán Castelli y Daniel Obligado, mientras la jueza Adriana Palliotti leía unas fojas del expediente.
El acusado persistía en no presentarse.
Un guardia penitenciario tomó por un instante su lugar para justificarlo:
–Ya vendrá. Lo que pasa es que él suele tardar en salir de su habitación.
O sea, las celdas en ese penal son denominadas «habitaciones», un detalle lingüístico que le arrancó una leve sonrisa al fiscal Félix Crous.
Pues bien, transcurrieron casi cinco minutos hasta la llegada del tipo, un anciano con gesto adusto. Sus ojos, en todo momento, esquivaban la cámara.
Se trataba de un antiguo integrante del Grupo de Tareas (GT) 3.3.2., cuya base era la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Su nombre: Gonzalo Sánchez (a) «Chispa». Costaba creer que aquel sujeto fuera nada menos que el asesino de Rodolfo Walsh.
No solo por eso su historia merece ser reconstruida.
La canción del verdugo
En rigor, Sánchez no pertenecía a «la valiente muchachada de la Armada», dado que era un suboficial de la Prefectura Naval Argentina asimilado «en comisión» al aparato represivo de esa fuerza a partir de 1976. Y él, por cierto, supo tomar con beneplácito tal destino. Pero su alegría no le duró demasiado.
Es que los marinos menospreciaban a los efectivos de la Prefectura que operaban con ellos, a quienes habían bautizado con el mote de «hidrocanas». De hecho, estos cumplían las funciones más serviles. Y Sánchez –nacido 23 años antes en la ciudad de Esquel– vivía mortificado por el desprecio. Eso moldeó su carácter acomplejado; el resentimiento le afloraba por los poros. Él creía que estaba para más. Y se daba dique ante las personas secuestradas hablándoles de su vocación por el diseño naval, sobre lo cual solo tenía estudios incompletos.
En este punto, hay que destacar su nivel de –diríase– comunicación con un grupo de cautivos sometidos al trabajo esclavo. Ellos se hacinaban en un sótano de la ESMA, llamado la «huevera».
Chispa, apodado así por su destreza con la picana, cultivaba el hábito de visitarlos, quizás para sacudirse así el estrés de la «guerra sucia».
Había que verlo en aquellas circunstancias: siempre bronceado; siempre vestido con camisas a cuadros y vaqueros; siempre mostrándose muy amigable y expansivo. Esto último lo prueban ciertas confidencias que hacía, forzando un tono exageradamente coloquial, acerca de –por ejemplo– las modificaciones en los hábitos de exterminio que allí se practicaban.
Al respecto, decía que, en un principio, los prisioneros eran colocados en un automóvil y se los incendiaba; luego, los ahorcaban en la ESMA para tirarlos al mar desde un avión y, tras otro cambio, se los arrojaba dopados con Pentotal.
Chispa también solía protagonizar en aquel sótano, con suma recurrencia, un acting casi surrealista al dar rienda suelta a su pasión por el rock nacional. A tal efecto, se instalaba con una guitarra en la cabecera de ese sótano, rasgueando los acordes de Confesiones de invierno y Rasguña las piedras, entre otros hits de Sui Géneris, cuyas letras desafinaba sin pudor, al igual que algunos temas de Moris. Dicho sea de paso, El oso y De nada sirve eran sus preferidos.
En esos momentos, el horror adquiría una dimensión sobrenatural.

Sánchez. Tras ser extraditado desde Brasil, es juzgado por el Tribunal Oral Federal N° 5 de la Ciudad de Buenos Aires.
Variaciones en rojo
Ahora es necesario situarse en la noche de 24 de marzo de 1977, una efeméride celebrada en el Salón Dorado de la ESMA con un brindis en el que también alzó su copa su máximo jerarca, el capitán de fragata Jorge «Tigre» Acosta.
En un rincón estaba Chispa, ya algo entonado. Para esa fecha, él tenía en su haber unos 90 secuestros. Sin embargo, no se imaginaba en los umbrales de una «opereta» que lo marcaría para siempre.
En ese mismo instante, Rodolfo Walsh –quien se ocultaba con su pareja, Lilia Ferreyra, en una casa próxima a la laguna de San Vicente–, ensobraba seis copias de la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, un texto que había tardado casi tres meses en redactar. Pensaba despacharlas por correo durante la mañana siguiente, además de cubrir una cita en la Capital.
Pero, en lo que quedaba de ese jueves, ya ajeno a tal perspectiva, salió al jardín abrazado a Lilia para desfrutar de un cielo atravesado por las estrellas.
Quizás no fuera consciente del disgusto que le había causado al «Tigre» Acosta. Porque un paper de su puño y letra, difundido en agosto por la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) –fundada y dirigida por él como parte de su desempeño en la inteligencia de Montoneros–, reveló detalles secretos del GT 3.3.2., como la lista de los agentes que la integraban, hasta con sus domicilios, y detalles (modelo, marca y color) de los vehículos que usaban las patotas.
Fue una hazaña en medio del genocidio. Y no desprovista de un costado cómico. Ya que ANCLA –una sigla de inevitable resonancia marinera– causaba confusión entre los hacedores del terrorismo de Estado: en la ESMA se creía que era un invento del Ejército, y en esa fuerza se sospechaba que sus boletines eran editados por la Armada a raíz de la rivalidad por el control de la Junta Militar.
Ya al clarear el viernes, Walsh partió hacia el centro de la ciudad. Desde luego, ignoraba un detalle: su cita estaba «cantada».
De modo que una jauría de la ESMA –integrada por 14 esbirros– le tendió una emboscada en la esquina de Entre Ríos y San Juan.
Esa zona lucía enrarecida.
La voz de alto, una voz cuartelera y muy nerviosa, le bastó a Walsh para cumplir su decisión de no entregarse vivo.
Entonces, desenfundó su pistola Walter PPK calibre 22 para dispararles a los atacantes. Hasta llegó a gatillar un tiro.
Otro, que salió del arma de un sujeto bronceado que vestía una camisa a cuadros y vaqueros, le atravesó el pecho.
Así, Walsh logró un final más benévolo.
No obstante, los verdugos empezaron a dispararle de una manera furiosa, pese a estar ya sin vida, mientras Chispa los escrutaba con un dejo sobrador.
El cuerpo del autor de Operación Masacre fue llevado a la ESMA.
Esa noche, Chispa fue con premura a la «huevera» para relatar su hazaña con lujo de detalles. Estaba muy orgulloso de ser el autor material de ese crimen.
En base a sus infidencias vertidas allí, pudo saberse la identidad de, por lo menos, nueve genocidas que estaban con él: los marinos Julio Coronel, Juan Carlos Linares, Carlos Fotea, Carlos Generoso, Enrique Yon y Pedro Silva, y los policías Ernesto Weber y Roberto González, junto al prefecto Héctor Febres.
Pero ellos no pudieron evitar que Walsh metiera en un buzón los sobres con la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar.
Aquel texto es aún hoy lo más lúcido y revelador que se haya redactado sobre el mal llamado «Proceso».
Un oscuro día de justicia
Al concluir la dictadura, Gonzalo Sánchez probó suerte con el diseño naval. A eso se dedicó en la provincia de Río Negro, hasta que lo declararon «persona no grata» a raíz de que, en España, juez Baltazar Garzón lo procesó «en ausencia» al aplicar la jurisprudencia global sobre los crímenes de lesa humanidad.
Entonces recaló en la ciudad brasileña de Angra dos Reis.
Allí fue arrestado en 2013 por un pedido argentino de extradición. Pero su fuga malogró tal instancia.
El 15 de junio de 2020, volvió al ser detenido en la ciudad de Paraty.
Su inmediato envío a la Argentina, en medio de la pandemia, incluyó una escena que parecía de ciencia ficción: Chispa, de pie en una pileta Pelopincho vacía, al ser fumigado por figuras con mamelucos, capuchas y mascarillas. Eso ocurrió en el aeropuerto de Cataratas del Iguazú.
Horas más tarde, ya en Buenos Aires, fue ingresado a la Unidad 34.
Desde dicho penal, en el último año, actúa como miembro de «Muertos Vivos», un grupo de represores cercanos a La Libertad Avanza con un rol muy activo en las redes sociales para pedir por su libertad. Pero, ahora, ante un tribunal por Zoom –otro detalle de ciencia ficción–, ese hombre se enfrenta a su pasado.
