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Una guerra con historia

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Telma Luzzani

El ataque de EE.UU. e Israel contra Irán debe leerse en clave histórica. El golpe de la CIA en 1953 y la Revolución Islámica de 1979 modificaron el mapa geopolítico. El nuevo orden multipolar abre las puertas a un final impredecible.

Ofensiva militar. Humo sobre un edificio en Teherán, capital iraní, luego de bombardeos el 1 de marzo de 2026.

Foto: Getty Images

La riqueza petrolera de Irán fue siempre objeto de la codicia estadounidense así como en el pasado lo había sido del imperio británico. La ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel, este año, contra Irán, debe leerse en clave histórica.

No por casualidad el bautismo de fuego de la CIA fue la Operación Ajax, organizada junto a la agencia de inteligencia del Reino Unido (MI6), en 1953, con el objetivo de derrocar al Gobierno democrático del primer ministro iraní Mohamed Mosaddeq y reinstalar la monarquía entreguista de Reza Pahlavi. El pecado de Mosaddeq –además de ser un gobernante muy popular– fue nacionalizar el petróleo. 

La monarquía duró hasta 1979. El primer opositor público del régimen monárquico fue el ayatolá Ruhollah Jomeini, quien criticaba abiertamente no solo la posición del sha respecto del islam sino también sus reformas contra las clases más desprotegidas y la pérdida de soberanía del país. Jomeini tuvo que exiliarse en Francia y desde allí organizó lo que históricamente se conoce como la Revolución Islámica, con dos pilares básicos (además del religioso): el nacionalismo iraní y el concepto de justicia social.

La movilización de masas que logró, el 1º de febrero de 1979, derribar la poderosa monarquía iraní en nombre del islam fue una bisagra a nivel interno e internacional. Como marca acertadamente el académico Khatchik DerGhougassian, en aquel momento «el fenómeno sorprendió al mundo que no asociaba “revolución” con “religión” y menos consideraba al islam una fuerza revolucionaria».

Hombre clave. El ayatolá Ruhollah Jomeini, en un acto en 1979.

Foto: Getty Images

Un cambio drástico
Al asumir Jomeini reivindicó de inmediato la causa palestina, renombró a Estados Unidos como el Gran Satán y marcó distancia de la lógica binaria de la Guerra Fría.

Un primer gran éxito del nuevo sistema fue desafiar a la gran potencia norteamericana con la ocupación de su embajada en Teherán, en noviembre de 1979. En protesta por la injerencia de la CIA, los estudiantes iraníes retuvieron 444 días a 52 diplomáticos estadounidense.

Poco después, EE.UU. provocó una larga guerra entre vecinos. Irak invadió Irán en 1980 y la contienda duró 8 años. Siempre de manera artera, en julio de 1988, el Pentágono lanzó dos misiles contra un avión de pasajeros iraní produciendo una masacre. Al mes siguiente, Irak e Irán firmaron el cese del fuego.

A partir de los años 90, la Casa Blanca incrementó las sanciones económicas y penalizó las inversiones extranjeras en el sector energético.

Ya en el siglo XXI, un arrogante EE.UU. como único hegemón global, intensificó el hostigamiento contra el Gobierno islámico. El expresidente Ronald Reagan puso a Irán en la lista de los «Estados canallas» y luego otro republicano, George Bush hijo, lo incluyó entre los países del «eje del mal» y consideró operaciones bélicas con la excusa de evitar que el país persa constuyera la bomba atómica.

Desde 1979, Irán viene afirmando que por decisión de los líderes supremos está prohibido fabricar la bomba atómica. En efecto, un decreto religioso (fatua) prohíbe su elaboración (este decreto puede modificarse a través de otra fatua). El uso de energía atómica es con fines medicinales y pacíficos.

Otra era
Ni bien asumió la presidencia Barak Obama, América Latina vivía un proceso de integración y políticas soberanas inédito; Rusia había recuperado en gran parte su peso en las decisiones mundiales; China se consolidaba como un gran actor y un nuevo organismo internacional de gran potencial –BRICS– empezaba a proponer un nuevo orden mundial.

En plena crisis del capitalismo global, el proyecto hegemónico de EE.UU. estaba en cuestión y el imperio ya no podía asegurarse ni el control de la política global ni su monopolio en la extracción y distribución de los recursos naturales.

Hubo dos gestos de Obama que indicaron un giro y la posibilidad de acercamiento entre Washington y Teherán. El primero fue en 2009, cuando admitió que la Casa Blanca había mentido y que efectivamente la CIA había ejecutado el golpe de Estado de 1953 junto a los británicos. Luego, pidió disculpas. Solo esta escena permite comprender el odio que el actual presidente Donald Trump le tiene a Obama

El otro gesto fue durante el segundo mandato, cuando impulsó negociaciones que culminaron en el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC). Washington se comprometió a levantar la sanciones y Teherán –entre muchas otras cosas– a eliminar sus reservas de uranio enriquecido y permitir las inspecciones de la Organización Internacional de Energía Atómica en todas sus instalaciones, cosa que empezó a cumplirse.

Además de estos dos países, el acuerdo fue firmado por China, Francia, Rusia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea. 

Cuando llegó Trump al poder en 2018 rompió de manera unilateral el PAIC; reanudó las sanciones económicas contra el país persa y, poco tiempo después, ordenó asesinar a un altísimo dirigente iraní, el general Qassem Suleimani, líder de la Fuerza Quds. La guerra ya estaba en ciernes, pero quedó interrumpida porque en noviembre de 2020 Trump perdió la presidencia en manos del demócrata Joseph Biden.

En este segundo (y supuestamente último) gobierno, Trump –quien tiene una visión muy clara de la irreversible declinación del imperio– pareciera estar dispuesto a todo. El doble proyecto de mantener la hegemonía global y ayudar a que Israel domine Oriente Medio ocupando y expandiendo su poder en toda la región requiere un triunfo fundamental: eliminar a la Revolución Islámica en su rol clave en el tablero geopolítico.

Hace décadas que EE.UU. no logra este objetivo. Por el contrario, las políticas trumpistas han conseguido una aproximación de Teherán a Beijing y Moscú. En 2021, el país persa firmó una asociación estratégica integral con China por 25 años con un potencial de inversiones en el campo de la energía y la infraestructura.

En 2023, Irán se integró a la Organización para la Cooperación de Shangai (asociación euroasiática centrada en seguridad y economía); en 2024 a los BRICS+ y en 2025 consolidó una «asociación estratégica integral» con el Kremlin focalizada en cooperación militar, defensa, comercio y energía. 

Estas alianzas se profundizaron aún más en junio pasado, cuando EE.UU. e Israel lanzaron de forma artera su operación «Martillo de Medianoche» contra las centrales atómicas iraníes de Fordow, Natanz e Ishafa. Conocida también como la «Guerra de los doce días», los ataques aéreos sorpresivos se produjeron cuando estaban en marcha, entre los países, negociaciones que los testigos calificaban de muy positivas. Trump anunció un alto el fuego el 23 de junio de 2025.

El pasado 28 de febrero, Washington y Tel Aviv reiniciaron las embestidas. Ese mismo día, un misil mató al líder supremo Alí Jameneí y a varios altos cargos iraníes. El objetivo de, una vez decapitada la dirigencia, incentivar una revolución de colores para derrocar al islamismo fracasó. Por el contrario, el pueblo persa se abroqueló más que nunca. Lo que iba a ser una operación relámpago se convirtió entonces en una guerra de desgaste con variantes inesperadas como el control por parte de Teherán del Estrecho de Hormuz. En qué puede terminar el tembladeral económico y político que esta conflagración está provocando es, por ahora, un enigma. Lo que es seguro es que la declinación imperial de EE.UU. no tiene marcha atrás.

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