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Por amor al candombe

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Mariano del Mazo

Grabado en Montevideo, Taracá marca el regreso de Jorge Drexler a un ritmo que es también una huella de identidad colectiva. Canciones que orbitan entre el peso de la historia y el pulso contemporáneo.

Arquitectura sonora. En Taracá conviven el tambor y el algoritmo, el barrio Sur y la IA.

Foto: Prensa Manuel Velez

Integrante por mérito propio de la aristocracia de la canción en castellano, Jorge Drexler no deja de ser un músico singular. Pertenece a la estirpe de la juglaría, pero desde hace décadas combina con destreza e inteligencia dos universos que a veces van por separado: el sonoro y el lírico. Le importa tanto un loop bajado de YouTube como la perfección métrica de una décima. De Bob Dylan a Joan Manuel Serrat, la idea del cantautor se apoya mayormente en el desarrollo de letra y melodía. El acompañamiento musical es eso: mero acompañamiento del decir.

A partir de Frontera (1999), el compositor uruguayo se ha interesado por construir sólidos edificios sonoros donde confluyen la electrónica, el pop y el folclore, movido por cierto afán de vanguardia a lo Beck o a lo Caetano. Taracá, su flamante disco, profundiza esa senda con una particularidad: la columna vertebral es el candombe. El título, un neologismo, surge del repiqueteo del tambor chico y, a la vez, suena a «estar acá».

La referencia a Frontera no es caprichosa. Todo Taracá parece una coda luminosa de la notable «Memoria del cuero», canción de aquel trabajo que historizaba el candombe «desde la bodega de un barco negrero». Grabado en Montevideo, Taracá es, de alguna manera, un regreso a sus barrios más afrouruguayos. Pero sería un error leer Taracá como un simple retorno: no hay aquí nostalgia sino reconfiguración.

Drexler no vuelve al origen porque sabe que ese tipo de regresos están hechos de fantasías o de gestos contaminados por la melancolía. No es el tipo de artista que añora el pasado. Vuelve con lo aprendido en Europa y como un hábil artesano que ha probado muchas formas de concebir discos y que, hoy, con la claridad que da la distancia, observa en el candombe más que un mero ritmo, una comunidad, historia, cuerpo. Con la intuición de que, en tiempos de dispersión digital, esa experiencia tiene algo de resistencia.


Madera y cuero
Se rodea y comparte: convida a la manera del «samba de roda» a la Rueda de Candombe y en diferentes temas suma al uruguayo Américo Young, a la histórica murga Falta y Resto, a la rapera puertorriqueña Young Miko, al guitarrista Julio Cobeli y a la intérprete de flamenco Ángeles Toledano. Homenajea al cantaor granadino Enrique Morente («Cuando cantaba Morente») y, en el mismo tema, a través del arreglo de las guitarras, a Alfredo Zitarrosa. Juega con tributos velados o no y, como siempre, combina una letrística que va de lo romántico a la árida trama de la tecnología. De hecho lo primero que se escucha, en la canción que abre el álbum, «Toco madera», es: «Tu geolocalización dice que estás aquí».

Además de boutade ingeniosa, la frase se escucha como un gesto íntimo y al mismo tiempo político. Después de décadas de residencia en España, subraya lo de «estar acá». El propio Drexler lo dijo en una entrevista: «Volver a Uruguay para grabar este disco es una decisión política». Tiene que ver con la madera, el cuero, la identidad. «Yo no soy un candombero: soy un cancionista que se aproxima al candombe con amor y con respeto», dice.

Lo que hace Taracá, entonces, no es capturar esa esencia –para eso están músicos señeros como el Lobo Núñez o, incluso Rubén Rada– sino traducirla al lenguaje de la canción. El disco organiza su arquitectura a partir de una idea rítmica. Hay algo circular en esta historia. Lo dice Drexler: «El disco parte de un loop. Esa es la idea motriz».

Alrededor de ese núcleo candombero se despliega un mapa de filiaciones: la milonga, la murga (con la presencia de Falta y Resto en «Las palabras»), la canción brasileña en una adaptación de un tema de Gonzaguinha, e incluso ciertas derivas contemporáneas que conectan con la música urbana. Abraza discursivamente al reggaetón, se deja fascinar y dialoga con Puerto Rico y en ese rasgo, que algunos pares generacionales pueden catalogar como esnob, lo que se observa es curiosidad. Drexler busca combustibles para su obra, vampiriza la actualidad; es, como diría Borges, «fatalmente contemporáneo». «Busco renovar mi entusiasmo, enamorarme de cosas nuevas», dice.

El diálogo con lo contemporáneo no es decorativo. Otra vez: Drexler rastrilla pendularmente diferentes universos. En Taracá conviven el tambor y el algoritmo, el barrio Sur y la inteligencia artificial. En la canción «¿Hay alguien A.I.?» se asoma a ese vértigo, con un enfoque que elude la fascinación ingenua: «No sabemos dónde vamos, pero vamos acelerando».

El álbum está atravesado, además, por una dimensión afectiva. La muerte de su padre sobrevuela «Las palabras», una de las piezas más logradas, donde la murga amplifica el tono comunitario y emocional. «Usemos las palabras para dar matices/ honremos cada letra de lo que se dice», canta. Esa palabra está presente, de forma narrativa –un recurso que suele utilizar, el de decir un texto en el medio de una canción–, en «Ante la duda, baila», otro candombazo.

Taracá es, en síntesis, un gran disco. Encuentra su centro en una idea tan simple como esquiva: el presente. «La necesidad de estar acá y estar ahora», nos quiere decir el cantautor. Lleva la onomatopeya hacia el territorio del pensamiento. No es casual que el impulso del álbum haya surgido en una rueda de candombe: un círculo donde no hay escenario ni jerarquías, donde la música se vuelve espejo social.

Preciosista a su manera, Drexler encuentra una forma de seguir avanzando: no hacia adelante, sino hacia el centro. Donde el lenguaje todavía importa. Donde, como en el estribillo, en un planeta lleno de dudas, siempre hay alguien dispuesto a bailar.

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